El Protector

La noticia de la mudanza nos tomó por sorpresa a todos. Una tarde estaba haciendo mi tarea, y de repente entra mi papá a la casa, emocionado, diciéndonos que estaba harto de vivir en un espacio tan chico, en una ciudad tan contaminada y ruidosa, y que acababa de comprar una granja. Que ya no pensaba pagar un mes más de renta, y que alistáramos todo lo que necesitábamos para irnos. Por más que yo me quejé de dejar la escuela, a mis amigos, por más quejas que mi mamá pudo tener sobre el dinero, el trabajo… el daño estaba hecho. Al parecer, meses atrás había habido una fuga de gas metano, que acabó con todos los granjeros, y ahora estaban rematando los terrenos, por la necesidad de que alguien trabajara la tierra y ayudara a suplir de alimentos a los pueblos cercanos, y él vio la oportunidad perfecta para dejar su trabajo de administrador, y “trabajar en algo que sí aportara a la sociedad, y no solo a sus jefes”.

Decir que íbamos contra nuestra voluntad era quedarse corto, pero mi mamá, con su infinita paciencia, me convenció de dejar de pelear al respecto, y hacer lo posible para recibir esta nueva aventura con los brazos abiertos, y con la esperanza de que me esperaría algo mejor. Y aunque no estaba tan seguro de ello, sabía que no podía ganar nada.

El viaje fue largo, y para cuando llegamos al terreno comenzaba a atardecer. La casa era mucho más grande de lo que había pensado, y eso sin contar los terrenos, el granero, las caballerizas… tal vez no sería tan mala idea después de todo.

Mientras ellos iban a inspeccionar que todo lo que les habían prometido estuviera en su lugar, yo entré a la casa, dispuesto a elegir mi nuevo cuarto. Subí las escaleras, y vi al fondo del pasillo un cuarto, con un gran ventanal que daba a los sembradíos. Me senté en la cama y admiré el paisaje, tan distinto a todo lo que me había acostumbrado la ciudad. 

Cuando me alistaba para ir a ver los demás cuartos, pude ver que uno de los tablones del piso parecía sobrepuesto y, lleno de curiosidad, decidí acercarme a él y levantarlo. Para mi sorpresa, debajo del tablón encontré un cuaderno. Prendí la luz, regresé a la cama, y me puse a leerlo:

“Uno de los primeros recuerdos que tengo de ayudar en la granja fue cuando construimos por primera vez un espantapájaros. Papá me dejó decorarlo, mientras él y mamá lo construían, lo rellenaban, le daban forma. Siempre será un momento muy especial para mí.

Por eso, cuando dijo por primera vez que los vecinos le estaban sugiriendo comprar uno de los nuevos espantapájaros automatizados, me negué. Y por un tiempo, parecía que me iban a hacer caso. Pero no duró mucho, pronto empezaron a salir cada vez más artículos, que nos leía durante las comidas: Aumentar hasta 60% la cantidad de cosechas recogidas. El espantapájaros robótico tiene más funciones que ser un espantapájaros, pues su movimiento realiza el papel de arado, removiendo tierra y dificultando que las plantas invasoras crezcan. Su programación le permite detectar posibles amenazas a los cultivos, y atacarlas de la mejor manera para que las plantas estén cuidadas de manera óptima. La conversación fue cambiando en casa, con discusiones sobre las horas de trabajo que nos ahorraríamos, el aumento en ganancias, la presión social… todo jugó su papel importante que orilló a mis padres a comprarlo.

Cuando llegó la caja, papá me dijo que los ayudara a armarlo, como la vez pasada. El contacto con el metal me dio escalofríos, y no quise hacerlo. Cuando quitamos al viejo, les pedí que lo guardáramos, como un recuerdo, y tras mucho rogar, permitieron que se quedara en el granero, escondido en una esquina.

Esa primera noche fue aterradora. El sonido del motor mientras recorría los campos no me dejó dormir, sentía que en cualquier momento se acercaría a mi ventana y trataría de hacerme daño. Al día siguiente le dije a mis papás pero no me hicieron caso, diciendo que eran miedos irracionales de un niño chiquito, y que pensara en lo que era mejor para la familia, sin darse cuenta que eso estaba intentando, cuidarnos. Algo dentro mío me gritaba que, en lugar de ayudar, esa máquina iba a destruir todo lo que habíamos construido.

Ellos, por su parte, estaban muy felices con la compra. Y era difícil discutir porque cada vez teníamos que hacer menos cosas para mantener el campo en buen estado. Pero lo que ellos no notaban era que eso también significaba que pasábamos cada día menos tiempo juntos, y cuando quería decirles, no me escuchaban.

Así que un día, molesto y aburrido, me acerqué a la máquina y le dije que nunca podría reemplazar a mi viejo espantapájaros. Como si pudiera escucharme, se giró en mi dirección. Pensé que se movería, y salí corriendo de regreso a la granja. Podría asegurar que todo el camino me siguió con su mirada, pero no le podía decir eso a mis papás.

A la mañana siguiente amanecimos con la noticia de que alguien había entrado al granero y había robado nuestro viejo espantapájaros, mis papás no le dieron importancia. Pero yo sabía qué significaba eso: Me había escuchado, había detectado una amenaza, y la había eliminado, tal y como dictaba su programación. De inmediato, un pensamiento me acechó: ¿Qué evitaba que me viera a mí como una amenaza?

Me daba miedo comentarlo en la escuela, no quería que los demás niños creyeran que era un miedoso, pero cuando uno empezó a comentar sobre cosas raras que habían estado pasando, todos empezamos a decir lo que habíamos sospechado. En una de las granjas había desaparecido un perro, en otra un gallo, en otra un gato… pero lo único que los adultos decían es que seguramente había un ladrón suelto, y que los oficiales no estaban haciendo bien su trabajo.

Los días siguieron pasando y nuestra incomodidad seguía creciendo, aunque ninguno de los adultos parecía prestar atención, por lo que empezamos a dejarlo ir. O al menos, la mayoría lo hicieron, pero otros de nosotros no. En específico, Carlos, uno de los compañeros uno o dos años más grande que yo, decidió que la mejor estrategia era descomponerlos, por lo que consiguió el instructivo, y tras darle algunas vueltas, decidió que iba a atacarlo ese fin de semana, mientras sus papás iban a otro pueblo a comprar herramientas.

Nunca volvimos a ver a Carlos. Cuando sus papás regresaron, su hijo ya no estaba. La máquina, por su parte, parecía haberse averiado un poco, pero seguía funcionando. Todo el pueblo buscó pero no había rastro de Carlos, o del ladrón que había estado acechando las parcelas. Por supuesto que no nos hicieron caso cuando dijimos que se deshicieran de las máquinas, al contrario, se convencieron de que los problemas que había eran por haber tratado de defender el terreno del atacante. 

Una cosa era clara: Los robots cambiaron a partir de ese día. Su movimiento se volvió mucho más errático, y yo estaba seguro que los rondines nocturnos del de mi familia pasaban cada vez más cerca de mi ventana. Mucho. Más de una vez me despertó el ruido mecánico, y la certeza de que, si hubiera volteado, me habría encontrado cara a cara con él, vigilándome.

Hablar de los robots se volvió un tema prohibido en la escuela, sin que ninguno de nosotros se pusiera de acuerdo. Solo… pasó. Poco a poco los silencios se hicieron más prolongados, las risas más ausentes…

Cuando empezó la temporada de lluvias, los problemas aumentaron. Varios de los robots comenzaron a presentar fallas mecánicas por culpa del óxido, y era necesario llamar a técnicos especializados. No creo que ninguno de los demás niños haya querido ver lo que ellos hacían, pero cuando tocó el turno de desarmar al de mi familia, yo quise ver, sin que nadie lo notara. Me escondí en el techo del granero, donde el técnico iba a estar trabajando, y vi como lentamente lo desarmaba. Ver como las piezas iban saliendo del armazón me producía cantidades iguales de estrés y alegría. Misma alegría que se desvaneció cuando, al eliminar la última capa de protección, pude ver en las entrañas de esa máquina la cabeza de mi antiguo espantapájaros, los ojos que yo había dibujado, mirando, deformes, en mi dirección. El técnico la retiró y la lanzó a la basura, atribuyéndole a eso el comportamiento errático, y procediendo a armarlo de nuevo. Cuando terminó, hizo una serie de pruebas de calibramiento, y puedo asegurar que, al terminarlas, volteó a ver los restos de mi espantapájaros, y lentamente, giró su cabeza hacia donde yo me escondía. Sin pensarlo dos veces, salí corriendo y me escondí en mi habitación el resto del día. El día siguiente, cuando quise recuperar la cabeza para intentar presentársela a mis padres como evidencia de que la máquina era la culpable de los extraños acontecimientos en la granja, no la encontré en ninguna parte.

Después de las costosas reparaciones, mis padres estaban aún menos receptivos a mis quejas, argumentando que habían invertido suficiente dinero en esa máquina para no tener que deshacerse nunca de ella. No hubo plegaria, grito o llanto que los hiciera cambiar de opinión. Así que llegó a mi mente un último plan: Intentar huir de la granja, desaparecer unos días, con la esperanza de que eso los hiciera cambiar de opinión.

Esa noche, una vez estuve seguro que se habían dormido, tomé mi mochila, llena de todo lo que encontré en la alacena para comer y salí de mi cuarto por la ventana. Podía escuchar el sonido de las máquinas en las granjas, a lo lejos, y agradecí que esta vez no estuvieran rondando cerca de la casa.

Cuando me acercaba a los límites de nuestra granja, a la barda que nos separaba de las afueras del pueblo, pude escuchar claramente el ruido de una máquina moviéndose en mi dirección. Y luego otra. Y luego otra. Pareciera que todas las máquinas del pueblo se estaban acercando, así que corrí con todas mis fuerzas. Ya estaba subiéndome en la barda cuando sentí un frío apretón en el brazo, con suficiente fuerza para hacerme gritar. Casi al mismo tiempo, sentí un jalón, seguido de un golpe.

A la mañana siguiente, desperté en mi cama, como si nada hubiera pasado. Mi mochila estaba llena de mis útiles escolares, la comida en la alacena. La única cosa que me decía que no había sido un sueño era la marca en mi brazo, donde me habían agarrado, y unas pequeñas marcas en la duela de mi cuarto, de algo que se veía sospechosamente familiar a las piernas de los robots. Por supuesto, nadie me creyó.

Sé que saben que soy peligroso. Cada vez que voy a la escuela, cada vez que salgo a jugar, puedo escuchar como las máquinas se detienen. Puedo sentir que me observan, que me vigilan. Pero también sé que no puedo huir. No tengo a dónde. No puedo siquiera atacarlos, aprendieron su lección después de lo de Carlos. Estoy seguro que están planeando algo. Yo lo sé. Yo lo sé. No estoy loco, les prometo que no. ¿Escuchan eso? Se acercan. Lentamente se acercan. Su último ataque será pronto, y cuando llegue, yo les habré advertido, aunque para entonces, ya será muy tarde.”

Apenas terminé de leerlo, pude escuchar ruidos en las escaleras, por lo que escondí el cuaderno debajo de la almohada y salí a investigar, nervioso. Subiendo, abiertamente emocionada, venía mi mamá. “Ven, te va a encantar lo que encontramos”. La seguí, con las palabras aún dándome vueltas en la cabeza, hasta llegar al granero. Ahí, sonriente, estaba mi papá, recargado en una gran máquina, que fácilmente podría hacer el papel de un espantapájaros, sus ojos mirándome fijamente.