Un viejo amigo, diciendo adiós…

En más de una ocasión consideré pedirle que se quedara, todo sería más sencillo si nos quedábamos juntos pero en lo profundo de mi corazón sabía que jamás funcionaría. Él debía seguir su camino, cumplir con sus tareas encomendadas por el Inframundo pero eso no quita que, tal vez en ambos, el deseo de permanecer existiera. Hay noches, sobre todo las noches de luna nueva, cuando el cielo está completamente oscuro, en esos momentos en que no se escucha ni un solo ruido, que pareciera que todos duermen, esas noches… Esas noches es cuando más extraño las conversaciones que teníamos. No murió, no te espantes, simplemente tuvo que irse. 

Nuestra última reunión fue amarga, yo estaba convaleciente, así que recuerdo poco. Estaba terriblemente enferma, no lograba salir de la cama, me costaba respirar y mi fuerza menguaba cada día. De alguna manera tenía que atraerlo, y sabía perfectamente que no dejaría ir una oportunidad para venir por mí. Para venir a verme. Llegó una tarde, ni siquiera se esforzó por ocultar su presencia como a veces hacía, me miró horrorizado, revisó su lista un par de veces hasta que finalmente aceptó que mi nombre estaba ahí y tal vez por última vez. Pero yo sabía más que él. Siempre supe más que él, y así estaba consciente que el destino estaba escrito, era la última vez que cruzaríamos palabra, no teníamos mucho tiempo. Nuestra despedida fue corta, amarga, pero creo que ambos sabíamos lo que queríamos decir. Recuerdo haber llorado toda la noche después de que se fue, pocas cosas lograban apagar ese sentimiento de abandono, claro que yo sabía que no me estaba abandonando pero así se sentía. ¿Alguna vez te ha pasado que esa persona especial, aquella con quien compartes lo que te pasa se va? ¿Alguna vez te has tenido que despedir para siempre de alguien, no porque se haya muerto, sino porque no hay manera de mantenerse en contacto y el destino dicta que deben separarse para siempre? 

Tofy y yo nos perdimos ese día por su gran trabajo todos esos años. Un merecido premio para él, una maldición para nosotros. Sólo espero que, cuando llegue mi momento, sea él quien venga por mí y así verlo de nuevo.

Pesadilla

Las luces lastimaban mis ojos, no podía recordar dónde estaba ni cómo había llegado ahí. Intenté volver a dormir para evitar el ardor en mis ojos e ignorar el dolor que me recorría.

…Íbamos en una carretera, varios coches alrededor, estábamos contando chistes y disfrutando la compañía. Nadie se dio cuenta del accidente que estaba a la vuelta…

Desperté gritando, una mujer vestida de azul intentaba sostenerme en la cama para que no cayera. Decía algo pero yo estaba demasiado alterada y no entendía. Al darse cuenta de que no podría tranquilizarme de esa manera, vi cómo otra persona vestida de azul se acercaba y de pronto todo se tornó borroso.

…Había una pendiente y los coches se destruían en la caída. Nos subíamos a una placa metálica que resbalaba por la pendiente y así evitar rodar y lastimarnos. Había tierra y piedras alrededor de nosotras. Sentía tus brazos en mi cintura para evitar separarnos por la velocidad de la caída…

Podía escuchar a alguien hablando, aparentemente de mí.

– Sus signos vitales están estables. Me preocupa su nerviosismo y las pesadillas pero son reacciones normales ante tales sucesos.

 – ¿Ya puede irse o deberá permanecer más tiempo aquí?

Intenté moverme, en vano. Me dolían las articulaciones, sentía un gran peso en ellas; la cabeza me zumbaba y los ojos me ardían. Quise hablar para que las personas que estaban cerca pudieran oírme, pero no logré más que causarme una molestia en la garganta.

– La mantendremos en observación antes de dar el alta. Fue un trauma muy fuerte y podría necesitar revisión psiquiátrica.

Eso último me asustó, ¿qué pudo pasar para que necesite «revisión psiquiátrica»? ¿O no se refería a mí? Dejé de poner atención a las voces, comenzaban a decir cosas que no entendía y la cabeza me dolía al tratar de comprender.

…Estábamos en una casa de fraternidad. Había personas platicando; habíamos llegado a una fiesta, al parecer. Te estaba ayudando a caminar cuando un par de muchachas se acercaron a nosotras, nos ofrecieron ayuda y entramos a la casa…

Sentí un piquete en el brazo, abrí los ojos y vi a la misma mujer que me sostuvo cuando grité. Estaba sacándome sangre.

– Hola, linda. No te asustes, sólo es un poco para revisar que ya estés bien y puedas ir a casa.

La miré con extrañeza, no sabía dónde estaba y ella estaba demasiado segura de que iría a casa. A menos que estuvieras aquí, no tenía cómo irme. Tú eras quien siempre manejaba. ¿Dónde estabas? Me quedé dormida pensando en ti.

…Pasamos varios días en ese lugar, convivíamos con todos. Un día vi que, ya muy entrada la noche, una chica caminaba hacia el jardín y a la mañana siguiente no apareció. Me dio curiosidad y comencé a prestar más atención a los que me rodeaban…

– Melissa, necesito que despiertes.

Abrí los ojos. Era de noche y la misma mujer que me sacó sangre estaba en mi habitación. Me ayudó a incorporarme en la cama y se sentó en una silla que no había visto.

– Nadie ha venido a decirte dónde estás ni qué está sucediendo, ¿cierto? – Asentí ligeramente para no ocasionarme ninguna molestia -Estás en el hospital, te encontramos en el estacionamiento con varias heridas e inconsciente. Necesitamos que recuerdes lo qué pasó para poder darte de alta.

Mi mente estaba nublada, no recordaba mucho y menos por qué había llegado al hospital. La enfermera salió de la habitación, dejándome pensando, buscando las respuestas a lo que había sucedido.

…Una noche decidí seguir a una chica al jardín, justo a la zona donde desapareció la primera. Lo que encontré detrás de los arbustos fue aterrador, una de las chicas estaba en el pasto, el vaso de alcohol tirado a sus pies, su piel se veía pálida y dura mientras sus ojos estaban abiertos con una expresión de terror. Su garganta tenía una gran herida, al igual que sus muñecas y se veía un poco de sangre seca…

Un grito me despertó, el mío. Estaba sentada en la cama del hospital y había un hombre sentado enfrente con una libreta.

– Melissa, ¿recuerdas qué sucedió?

– No, no exactamente-. Mi voz sonaba ronca y rasposa. El hombre anotó algo en su libreta.

–  ¿Qué recuerdas?

– Recuerdo que había sangre y un par de personas mordiendo a una chica en medio del bosque.

El hombre asintió e hizo alguna anotación, se levantó y llamó a una enfermera, no pude escuchar lo que decían. Salieron de mi habitación y me acosté.

…Días después de encontrar varios cuerpos en las mismas condiciones, llegué a la conclusión de que el alcohol tenía algún tipo de somnífero que impedía que las personas gritaran. Te busqué por la casa, estabas en nuestro cuarto.

Necesito que permanezcas aquí dentro,- abrí el vestidor.

 – Prométeme que no saldrás hasta que yo venga por ti.

¿Por qué? – Tus ojos de duda me observaban, inquietos.

No puedo explicarte ahora, pero debes escucharme y hacer lo que te digo.

Melissa, si algo está pasando debes decirme,- fruncías el ceño y cruzabas los brazos, consciente de que te estaba ocultando algo.

Algo pasa aquí, no sé qué es pero es malo. No quiero que algo te pase, por eso te estoy pidiendo que te quedes.

No me quedaré, iré contigo. Así que, habla.

Eres necia. Ven conmigo pero prométeme que no te alejarás.

Lo prometo, no tienes que preocuparte todo el tiempo por mí- te sentaste junto a mí. Te abrazaba mientras recargabas tu cabeza en mi hombro, el olor de tu cabello me tranquilizaba…

Los ruidos en la ventana me despertaron, estaba en otra habitación. Había altas ventanas con barrotes y no había decoración en las paredes. Una enfermera desconocida entró y revisó mis monitores, sin decir palabra volvió a salir pero pude ver que afuera decía «Pabellón psiquiátrico». A lo lejos podía escuchar gritos y algo dentro de mí se alborotó, poniéndome sumamente nerviosa.

…Estábamos cerca de la barra, ibas tomada de mi mano mientras te dejabas llevar por la música. Todos actuaban normal, enfiestados, gritando y bebiendo.

Deja de estar tan rígida, alguien se dará cuenta que no te estás divirtiendo,- sonreías mientras hablabas, esa sonrisa radiante que más de una vez me ha dejado sin palabras. Te sonreía y te atraía hacia mí, besando ligeramente tu frente. Nos acercábamos a la barra, para ver a las personas que se acercaban a tomar. Me llamaron y me alejé un minuto, pero ese minuto bastó para que alguien te diera un vaso y comenzaras a tomar…

Oía las voces pero no estaba segura de quién hablaba, decían que había empeorado y que tenía que quedarme más tiempo. Después de todo lo que llevaba en el hospital ya no importaba si me quedaba un día más o un mes, mi cabeza estaba llena de preguntas, sobre todo acerca de tu paradero.

…Estabas bailando junto a la alberca, me acercaba y percibía el olor a alcohol en tu aliento.

¿Estás bien? – Ponías tus brazos alrededor de mi cintura y continuabas bailando, dejándote llevar por el ritmo que emitían las grandes bocinas. Dabas un paso atrás y caíamos dentro de la alberca, te reías y disfrutabas del agua, música y alcohol. A lo lejos podía ver cómo dos chicas salían al jardín, con vasos en sus manos y cantando mientras caminaban. Salí de la alberca y corrí tras ellas. Estabas junto a mí, a punto de salir al jardín cuando oímos un grito. Al ver al interior del lugar, había una joven tirada en el suelo con sangre alrededor de su cuello. Hincado junto a ella había un muchacho cuya dentadura se veía modificada, largos y afilados colmillos. Gritabas y todo se salía de control…

Desperté sudando, había poca luz en la habitación y sólo se escuchaban los gritos de los otros pacientes. Miraba a la ventana y te veía, tan hermosa como siempre.

– ¿Eres tú?- Mi voz sonaba ronca y temía estar imaginándote.

– Tranquila- tu voz era dulce y melodiosa, te sentabas en la orilla de mi cama. Acomodabas mi cabello detrás de mi oreja y me mirabas, tu rostro cada vez más cerca de mí, tus ojos brillaban, pude ver tus labios y como al momento de separarlos tenías esa dentadura tan aterradora como la que vi en mi sueño. Grité cuando te abalanzaste a mis venas.

…Cuando abrí los ojos, vi tu cuerpo en el piso de madera de la fraternidad, sangre en tu cuello y muñecas. Miraba alrededor y sólo veía cuerpos y pedazos de terror. Oí tu voz por última vez y me desmayé…

Bibliotecas…

Visitar bibliotecas siempre es un viaje al pasado, es un ir y venir sin moverse del espacio físico en el que estoy en estos momentos.

Los libros no son únicamente las letras que cada autor dejó plasmadas en el papel, son mucho más, parte de ellos, pedacitos que fueron dejando para que el resto del mundo los conozca, aún cuando ellos ya no están entre nosotros.

Me paseo entre los pasillos y veo tanto nombres conocidos como unos completamente nuevos. Al verlos, logro hacer conexiones entre ellos, pensando que habrían logrado tener conversaciones maravillosas a pesar del tiempo que los separó, o que habrían debatido hasta el cansancio sobre el punto de vista respecto a algo.

Visitar librerías es un viaje al pasado sin moverme de mi espacio, es una oportunidad para que mi mente vaya a algún otro lugar, a aquellos momentos en que esa persona plasmaba sus ideas, esos instantes en que me compartían lo que pensaban y la manera en que lo iban a contar. 

Caminar entre libros es sentir como si todos ellos siguieran vivos.

-N

Las muñecas

La tienda de muñecas había estado cerrada por más de cincuenta años, nadie quería que los terribles sucesos se repitieran. 

Amelia y sus primas estaban de visita en casa de sus abuelos mientras sus padres viajaban, las jóvenes exploraban el pueblo donde sus abuelos habían crecido y la vieja tienda de muñecas les había llamado la atención. Cuando regresaron a casa le pidieron a su abuela que les dijera por qué la tienda estaba cerrada y parecía vacía. La abuela se espantó y les dijo que no se acercaran; cuando el abuelo llegó le preguntaron lo mismo y el abuelo únicamente miró a la abuela.

Al día siguiente, la prima más chica de Amelia salió sin las demás. Karen se acercó a la tienda y se asomó por las polvorientas ventanas queriendo descubrir qué había dentro. De pronto sonó una campanilla y la puerta se abrió un poco. Karen entró llena de curiosidad, dentro de la tienda encontró el viejo mostrador vacío y un rastro de relleno en el piso. Exploró la tienda hasta que el reloj de la catedral tocó sus campanas a mediodía, Karen salió sin cerrar por completo la puerta y corrió a casa de sus abuelos.

Esa tarde las primas se quedaron solas con la abuela, y de nuevo le pidieron que les explicara la razón por la cual la tienda estaba abandonada. La abuela se notaba incómoda y se levantó del sillón para agarrar una manta y sus agujas de tejer. Cuando se sentó de nuevo su mirada se veía lejana, recordando los terribles acontecimientos de su infancia.

– Cuando cumplí 7 años mis padres me regalaron una muñeca de porcelana, era preciosa y había sido la primera muñeca que se había vendido en esa tienda. Los dueños se acababan de establecer y estaban ansiosos por ver el negocio despegar. Yo llevaba mi muñeca a todos lados y mi mamá me compró cambios de ropa para que estuviéramos coordinadas todo el tiempo. Con el paso de las semanas las demás niñas del pueblo obtuvieron sus muñecas, cada una más parecida a las niñas que vivíamos aquí.

«La fabricación de muñecas aumentó en la tienda, el esfuerzo que hacían para que las muñecas se parecieran a las niñas era enorme. Las niñas actuaban como si las muñecas fueran sus amigas y poco a poco se olvidaron de sus verdaderas amigas, las de carne y hueso. Los padres pensaron que era una etapa por ser el juguete de novedad hasta que mi amiga Rosa empezó a actuar de manera extraña en su casa. Casi no salía de su cuarto y en las noches tenía que poner su muñeca en una silla junto a la ventana porque decía que tenía pesadillas si dormía con ella. Sus padres pensaron que había escuchado alguna historia de terror, de esas que contaban los viejos en los parques durante la caída del sol, así que no pusieron mucha atención a las continuas pesadillas de Rosa.

Una noche Rosa despertó gritando, sus padres corrieron a verla y encontraron a la muñeca en el piso, entre la silla donde la ponían al darle las buenas noches a la niña y la cama. Rosa gritaba que había visto moverse a la muñeca, que se había levantado y caminado a la cama; mi amiga estaba aterrorizada. Sus padres tomaron la muñeca y se la llevaron a la sala, donde la dejaron en el sillón para que la niña pudiera dormir. Regresaron a la habitación de Rosa y la arroparon, asegurándole que la muñeca no podía subir escaleras, con lo que ella se quedó tranquila e intentó volver a dormir.

Todo parecía normal al amanecer, por lo que Rosa volvió a jugar con su muñeca pero, entre juego y juego, una parte de un brazo de la muñeca se rompió. La niña corrió a la tienda y les enseñó la muñeca a los dueños, ellos sin dudarlo tomaron a la muñeca y la metieron en una canasta llena de hilos y tela. La dueña abrió una puerta de lo que parecía un armario y sacó otra muñeca, ésta se parecía aún más a Rosa. La niña agradeció el cambio y salió corriendo en dirección al parque para seguir jugando.

Varias muñecas se rompieron y los dueños de la tienda las reponían sin comentario alguno, pero la diferencia entre las muñecas y las niñas iba desapareciendo. Las niñas del pueblo volvieron a jugar entre ellas, pero ahora las muñecas tenían un papel importante en los juegos. Los adultos pensaron que era algo normal, un juego entre niñas que incluía a sus muñecas. Mi mamá no me dejaba salir tanto, así que yo jugaba un poco con mi muñeca y luego la metía en su cajita de cristal.

La mayoría de las niñas comenzaron a actuar diferente, tenían pesadillas recurrentes e intentaban que las muñecas no estuvieran en sus cuartos durante las noches. Cada que algún padre de familia movía las muñecas lejos de las niñas, éstas se rompían y las pequeñas llevaban los pedazos a los dueños, quienes simplemente daban una muñeca nueva, más detallada.

El negocio iba tan bien que no tenían problema en cambiar las muñecas rotas por unas nuevas. La gente venía de pueblos cercanos para llevarse muñecas como regalo para las niñas que los rodeaban. La tienda se iba haciendo famosa y las muñecas eran cada día más bellas. El parecido entre las niñas y las muñecas era tan asombroso que se fueron confundiendo, al grado en que los padres a veces no alcanzaban a distinguir quién estaba en la habitación de la niña. Éstas, mientras tanto, se volvieron temerosas de las muñecas y preferían mantenerse calladas durante el día.

Rosa dejó de salir, casi no comía y su interacción con sus padres iba disminuyendo, al grado en que dejó de bajar y se mantenía en su habitación jugando con su muñeca. Una noche, sus padres entraron a la habitación de Rosa y se dieron cuenta que la niña no estaba, la muñeca dormía tranquilamente en la cama y en el piso había un gran charco rojo. La madre de Rosa salió corriendo de la habitación y bajó rápidamente al teléfono para hablarle a mi madre. Mi mamá le dijo que no había notado nada raro en mí o en la muñeca y que seguramente Rosa había tirado jugo en el piso y se estaba escondiendo para no ser regañada.

Rosa estuvo desaparecida todo el día siguiente y su mamá me pidió que entrara a su cuarto para que saliera y hablara con mi mamá en privado. Cuando entré no vi nada fuera de lo normal, la ventana seguía cerrada y la cama estaba deshecha. Me asomé dentro del armario y no encontré nada, busqué en los baúles y tampoco encontré a mi amiga. La mamá de Rosa abrió la puerta y me dijo que ya saliera, que ella ya había buscado a su hija ahí dentro; antes de salir algo me llamó la atención y temerosa me acerqué a la cama. Debajo de la cama se veían las marcas de una mancha, la cual había sido limpiada pero aún se notaba. Le pedí a la mamá de mi amiga que me prestara algo para alumbrar ahí abajo y se agachó junto a mí.

Es difícil describir lo que vi. Fue espantoso, tengo la imagen en mi mente, pero no existen palabras para describir el horror que presenciamos. Cuando quisimos salir del cuarto vimos a la muñeca en la ventana y rápidamente la agarramos y bajamos a la sala. La mamá de Rosa tiró la muñeca a la chimenea y pudimos oler la piel que se quemaba y de entre los pedazos de muñeca un gruñido de dolor.

Las muñecas no tenían alma al ser creadas, para tener una tenían que asesinar a sus dueñas, por eso las muñecas buscaban generar paz y tranquilidad a su niña, para que una vez que confiaran en ellas pudieran matarla. En todas las casas sucedió lo mismo y así, las muñecas reemplazaron a las niñas de toda la ciudad, dejando tras de sí charcos de sangre inocente. La gente estaba aterrorizada y las madres lloraban desconsoladamente por sus hijas. Los padres se organizaron y buscaron todas las muñecas, las atraían como si fueran niñas y cuando podían las atrapaban para llevarlas a la gran fogata que se hizo en el centro del parque…»

– Mi muñeca fue tirada a la pila de fuego, quemada junto con las pocas que fueron encontradas. Nadie encontró los cuerpos de mis amigas y, de la nada, la tienda cerró pues sus dueños desaparecieron una noche. Muchos dijeron que las muñecas que tenían guardadas los asesinaron por no salvar a las demás y otros cuantos dijeron que cambiaron de ciudad para continuar vendiendo las muñecas-. La abuela de las niñas terminó la historia de la tienda de muñecas, dejando claro que era un misterio sin resolver, pero lo mejor era mantenerse alejados.

Las niñas se quedaron calladas, observando mientras su abuela se limpiaba una lágrima que caía por su mejilla.

– Pero abuela, ¿por qué quemaron todas si la tuya nunca te hizo nada? – Karen era demasiado curiosa y no pudo evitar preguntarse si su abuela estaba ocultando algo.

– No estoy segura, mi muñeca nunca me hizo nada, quizá no jugué lo suficiente con ella o cómo era la primera, no se parecía a mí y no habría podido reemplazarme mientras que todas las víctimas eran parecidas a las muñecas-. La mirada de la abuela regresó a sus nietas y les sonrió dulcemente. – No se acerquen a ese lugar y que nadie las vea por ahí. El pueblo quedó dañado y todos quieren superar lo sucedido.

La abuela se levantó y dejó a las niñas en la sala. Las tres se quedaron pensativas y fue Amelia quien decidió que debían ir por un helado y comenzar a empacar, pues sus padres regresarían a la mañana siguiente. Después de comprar el helado, Karen se separó de ellas, diciendo que quería caminar un poco antes de volver con la abuela. Despidiéndose, se dirigió a la tienda.

Entró rápidamente y siguió explorando el lugar. Vio una puerta, como de armario y decidió abrirla. Ahí dentro había una muñeca, tan hermosa como las que su abuela había descrito. Una vez que se terminó el helado tomó la muñeca y la puso en el mostrador. La muñeca se veía normal, con la manga de su suéter le limpió la cara y pudo ver un brillo extraño en los ojos de cristal. Cuando escuchó las campanas que marcaban las 6 de la tarde, corrió fuera de la tienda, dejando la puerta abierta, en dirección a casa de sus abuelos.  

Las maletas estaban listas cuando sus padres llegaron y las jóvenes se despidieron de sus abuelos, tomaron sus maletas y las guardaron en la camioneta del padre de Amelia. Las niñas se acomodaron en los asientos y cerraron las puertas para comenzar el camino a sus casas. Todos iban platicando tranquilamente sin saber que en una de las mochilas de Karen venía una vieja muñeca, deseosa por salir de ese pueblo tras tantos años de espera.