Festín de Nochebuena

Era un frío invierno, la familia se reunió en la sala para que el calor de la chimenea ayudara a todos a entrar en calor. Según las noticias, en todo el mundo había temperaturas extremadamente bajas, incluso en lugares donde se supone en estos meses del año hace calor, nadie sabía exactamente qué sucedía, muchos culpaban al cambio climático, otros a las tormentas solares, y las teorías aumentaban de manera exponencial.

Por fortuna para nosotros, era la época en la que nos reuníamos y pasábamos tiempo juntos, así que tener a tantas personas en casa era una ventaja con fríos tan extremos. Hace un par de días decidimos sellar las puertas y ventanas menos usadas, para evitar que el poco aire tibio que teníamos escapara. En total, 3 puertas de la planta baja y absolutamente todas las ventanas de arriba fueron selladas.

Se acercaba el día de la gran cena navideña, éramos 13 personas en la casa y sólo 7 podíamos estar en la cocina, porque el resto eran mis primos pequeños. Nosotros nos repartimos las tareas de cocinar y hornear. Mantener la estufa encendida y tanta gente reunida haciendo actividades ayudó a que el ambiente se mantuviera agradable y cálido. Esa noche, mis primos comenzaron a cuchichear entre ellos y cuando algún adulto se acercaba, mantenían silencio, como si escondieran algo. La noche siguiente me acerqué a ellos para preguntar qué sucedía, sospechando que era una travesura de la que no querían que los adultos se enteraran.

– Shhh… Te va a escuchar, nos observa desde la chimenea-. Me dijo Pablo, de 6 años, mientras observaba el fuego, convencido que algo o alguien estaba entre las llamas. 

Me senté con ellos, decidida a pasar el rato jugando antes de ir a cenar con el resto de la familia. Por alguna razón, se me erizó el vello de la nuca al voltear hacia el fuego, aunque no logré ver nada. Fingí no estar preocupada y me concentré en armar figuras y colorear, mientras permanecíamos cerca de la mayor fuente de calor de la sala, atenta a cualquier sonido extraño.

Nos llamaron a cenar y ayudé a los más pequeños a levantar y limpiarse antes de ir a la mesa, poco a poco olvidándome del tema por completo. La cena fue sencilla y tibia, pues estábamos guardando el gran banquete para Nochebuena. 

Era cerca de medianoche cuando un suave ruido me despertó, como lejanos murmullos que no lograba entender. Intrigada, salí de entre las cobijas y silenciosamente bajé las escaleras, siguiendo el origen del sonido. Podía observar mi respiración frente a mi rostro con cada paso que daba hacia la sala, donde logré ver que Pablo estaba sentado frente a la chimenea, sus pequeñas manos manchadas con ceniza, al igual que sus rodillas, la poca luz proveniente del exterior no me permitió descubrir lo que se encontraba al interior del agujero donde horas antes estaban las llamas, pero el pequeño parecía estar hablando con alguien.

– Toda la comida que cocinaron mis tíos es para mañana, no puedes comer ahorita. 

– Mañana seguro se acabarán todo y no podré probar nada de las delicias que me dijiste cocinaron.- La voz sonaba rasposa, me recordaba a la voz del tío Pepe días antes de su muerte, pero había algo en esa voz que me daba escalofríos.

– Te guardaré tantito, pero no lastimes a nadie, promételo por la garrita-, pude ver que Pablo levantaba su manita y estiraba su dedo meñique, esperando que la voz hiciera lo mismo. A la vez, desde la chimenea salió una mano extremadamente delgada, casi huesuda y oscura, con largas uñas y tomó el pequeño dedo de Pablo.

Miré horrorizada y sentí mi corazón palpitar cada vez más rápido, temiendo por la seguridad de mi primo. Di un paso para acercarme y de pronto me encontré paralizada de miedo. Levanté la mirada y frente a mi había unos espeluznantes ojos amarillos que brillaban tanto como estrellas, pero que transmitían una sensación de peligro tan fuerte que mi cuerpo no podía moverse.

– ¡No! Déjala, ella es buena.- Pablo corrió y se puso entre la figura y mi cuerpo, sus pequeños brazos intentando abrazar mis piernas. 

Logré cerrar los ojos y colocar mis manos en los hombros del niño, aterrorizada por nuestra seguridad y de pronto, el aire a mi alrededor se comenzó a sentir más cálido, y los brazos de Pablo se relajaron alrededor de mis piernas.

– No le digas a nadie, o no volverá.- El niño no me miró en ningún momento y una vez que me soltó, corrió a acostarse nuevamente.

Regresé a mi cama, confundida y aún con miedo, no logré entrar en calor esa noche y cada que comenzaba a quedarme profundamente dormida veía esos enormes y amarillos ojos frente a mí. 

Al día siguiente, las cosas estaban tan normales como siempre, los niños jugando en la sala mientras los adultos terminábamos de cocinar o adornar la casa, preocupados, ya que al parecer ese día haría más frío, así que reforzamos los sellos que pusimos en las ventanas, y las puertas restantes se terminaron de cerrar para evitar congelarnos durante la noche. Durante el día observé a Pablo y nada delató lo sucedido la noche anterior, así que conforme pasaron las horas me relajé un poco. Cerca del atardecer, todos comenzamos a salir de la cocina y la sala para arreglarnos, pues pronto cenaríamos. Una vez que terminé de peinarme, me dirigí a la cocina para ayudar con los últimos detalles pero al entrar a la sala me encontré a Pablo completamente solo frente a la chimenea. 

Me acerqué y sentí el fuerte calor proveniente del fuego, pero ahora entre las llamas pude ver esos aterradores ojos amarillos, Pablo no parpadeaba y asentía con la cabeza. Puse mi mano sobre su cabeza y súbitamente dejó de mirar la chimenea para verme a mí, con cara de terror. Fijó su mirada en mis ojos y pude ver que sus pequeñas y negras pupilas no terminaban de enfocar, como si estuviera viendo el vacío. Lo tomé de la mano y caminamos a la cocina.

– Tienes que ponerte zapatos para que podamos sentarnos a la mesa, ¿acaso no quieres cenar? – Le di un vaso con agua para intentar distraer su aparente trance y caminamos a buscar sus zapatos.

– Lala…- Me sorprendió que usara el apodo por el que me llamaba cuando empezó a hablar, me sorprendió aún más que lo recordara pues tenía cerca de 3 años que no me decía así, sin embargo, no pude terminar de pensar en eso porque su voz sonaba llena de miedo, era casi un murmullo lleno de temor por lo que sea que haya pasado frente a la chimenea en esta ocasión. Sus ojos poco a poco regresaron a la normalidad y me sonrió-. ¿Te sentarás conmigo? 

La pregunta me hizo reír, siempre me sentaba con él cuando la familia se reunía, asentí y lo ayudé a ponerse los zapatos para que pudiéramos ir a cenar con el resto. La casa ya olía a múltiples platillos y se me hacía agua la boca de sólo recordar lo que mis tías habían cocinado. Pablo y yo bajamos más animados y nos acercamos a los demás, poco a poco se iban acomodando en las sillas para comenzar a cenar.

– No, lejos de la chimenea. Acá-. Pablo susurró y me jaló hacia el lado opuesto del fuego. Lo seguí y nos sentamos donde él podía ver el fuego sin tenerlo cerca. 

La cena transcurrió como suelen hacerlo las cenas familiares, había risas y pláticas, todos opinaban de la comida y disfrutaban del maravilloso banquete que se había cocinado. Rápidamente dejé atrás lo sucedido con la chimenea, Pablo y la figura de ojos amarillos. Decididos a ignorar las inclemencias del clima, disfrutamos la compañía familiar y el festín de la mesa. El momento de partir el pavo llegó y los niños se acomodaron junto al abuelo, sólo Pablo se quedó a mi lado, se le veía ligeramente nervioso, pero nadie le dio importancia porque seguía comiendo pasta verde, ignorando a los demás. 

El abuelo clavó el trinche en el pavo y comenzó a cortar poco a poco la carne, los niños gritaban de emoción “¡yo quiero el pedazo más grande!”, “yo quiero el pedazo más jugoso”, poco a poco las tías fueron acercando los platos para comenzar a servir y que todos tuviéramos una porción. Una vez que todos los platos estuvieron servidos, el abuelo y los niños se sentaron en sus lugares y comenzamos a comer, felicitando a aquellos que se encargaron de marinar y preparar ese platillo. Después vino el postre y sabíamos que había pastel de manzana, de chocolate y galletas de jengibre, nuestras bocas estaban inundadas de distintos sabores y poco a poco la familia se fue dispersando a la sala para acomodarse alrededor del árbol y la chimenea.

– Lejos de la chimenea -, murmuró Pablo antes de que nos levantáramos para unirnos al resto.

Asentí y dejé que tomara mi mano para guiarme al lugar donde quería que nos quedáramos. 

Era cerca de la medianoche cuando comencé a escuchar rasguños y ligeros golpes en las ventanas, parecía que nadie los escuchaba así que culpé al viento y la nieve de semejantes ruidos y continué platicando con mis primas más grandes, con Pablo a mi lado, sin dejarme un segundo. Los demás niños comenzaron a bostezar y mamá los mandó a la cama con la amenaza de que no habría regalos bajo el árbol si no se iban a dormir, a lo que todos hicieron caso, menos el pequeño junto a mí. 

El resto de la familia se quedó platicando, pero los ruidos en las ventanas comenzaron a hacerse más notorios y la temperatura comenzó a descender. Pablo me abrazó, acercándose más pero sin dejar de ver la chimenea, me di cuenta que también había ruidos que provenían de ese oscuro y caliente túnel. Entre las llamas logré ver un par de ojos amarillos, pero decidí ignorarlo y concentrarme en la conversación, diciéndome a mí misma que era un juego de mi mente. 

Al sonar las campanadas de las 12, pude sentir el aire tornarse frío a nuestro alrededor, el calor del fuego se dejó de sentir y pude ver nuestra respiración cada que hablábamos, miré a Pablo, que me apretaba fuertemente con sus brazos y escondía su rostro. Los rasguños se volvieron más insistentes y de pronto las luces se apagaron. Todo estaba en completo silencio pues todos estaban sorprendidos. Rápidamente papá culpó al frío de haber ocasionado el corte de luz, sin embargo, ese frío era terriblemente familiar para mí, y sospechaba que también para Pablo. Me levanté, a pesar de las protestas del niño y lo atraje hacia mí, direccionándonos a un pequeño rincón entre una vieja mecedora y el gran mueble donde mamá tenía las fotos familiares. 

– Shh… ¿Él está aquí, verdad?- Pablo sólo asintió y cubrió su rostro con sus manos, visiblemente asustado.

Miré hacia la chimenea y pude ver que el fuego comenzaba a extinguirse y un humo oscuro entraba a la sala. En medio de la sala se formó una sombra negra, en la cual sólo podían verse claramente un par de grandes y escalofriantes ojos amarillos. La abuela ahogó un grito al ver la figura y el resto sólo se intentó alejar, pero el miedo en sus rostros era prueba suficiente de la imposibilidad de moverse, como ya me había pasado. 

Mi cuerpo se paralizó pero Pablo y yo permanecimos escondidos mientras la criatura de humo y ojos amarillos observaba a la familia, su mirada se detuvo en el abuelo y con un espantoso ruido de rasguños de sus garras contra el piso se acercó a él y lentamente levantó lo que parecía un brazo. Pude ver nuevamente esas negras y largas garras acercarse al rostro del abuelo. Logré tapar los ojos de Pablo que permanecía acuclillado a mi lado, para evitar que viera el momento en que las largas garras de la criatura se clavaban en la piel del abuelo y la sangre comenzaba a brotar. Mis tías comenzaron a gritar, en pánico. Una mirada de esos grandes ojos amarillos bastó para que dejaran de hacerlo y comenzaran a implorar que no les hiciera daño. De pronto, una oscura bruma inundó el lugar y los rasguños que había escuchado en las ventanas aumentaron de volumen, pues el origen del ruido era la criatura y ahora el ruido se había trasladado al interior de la casa. Poco a poco pude observar cómo los cuerpos de mis tíos tenían rasguños en la piel y sangre brotaba de cada herida. El ambiente se llenó de olor a humo y ese sabor metálico de la sangre inundó el lugar.

La criatura no tenía clemencia con nadie en ese lugar, uno a uno los fue matando y sus cuerpos quedaron como cascarones vacíos en el piso de madera de la sala. Una vez que todos los ahí reunidos habían muerto, la criatura levantó sus espectrales brazos y sus garras se cerraron en puños, como si estuviera estirándose y disfrutando de los últimos respiros de cada uno de los cuerpos. 

– Tienen suerte que esté terriblemente lleno después de semejante festín-. La voz sonaba aterradora y gélida. 

La criatura volteó hacia donde estábamos y pude ver una macabra sonrisa en lo que parecía ser su rostro. Poco a poco se desvaneció de nuevo dentro de la chimenea, dejándonos rodeados de muerte y sangre. Pablo comenzó a llorar a mi lado y sólo pude abrazarlo, rogando que los niños que estaban arriba estuvieran a salvo y dormidos, decidí que lo mejor era asegurarme de eso, así que cargué a Pablo y subimos. Así como abrí la puerta la cerré, evitando que aquel en mis brazos viera la masacre dentro de la habitación, los cuerpos de mis primos pequeños se encontraban tendidos sobre sus camas, con los ojos abiertos y mirando aterrorizados a la nada, con múltiples heridas en su piel. 

Corrí a la cocina y tomé el teléfono, llamé al 911 y en menos de 10 minutos llegó la policía. Para mi fortuna, el oficial que se acercó a hablar conmigo era un viejo amigo y después de escucharme, decidió que la familia había sufrido una intoxicación que ocasionó que se mataran unos a otros, pero al no haber comido tanto como el resto, Pablo y yo habíamos sobrevivido.

Y así fue cerrado el caso de la masacre en nuestra casa, con sólo dos sobrevivientes, Pablo y yo, con un aterrador secreto y una nota que decía “Vivan y disfruten, nos veremos pronto” con tinta roja, la cual yo siempre he sospechado es sangre. 

Pablo tiene 15 años y no hemos vuelto a hablar de la figura de ojos amarillos que arruinó nuestra cena navideña. Pero, yo temo que ese “pronto” se esté acercando… Me imagino que él también.