Instinto Felino

…Ónix afiló sus garras una última vez sobre el cadáver de su dueño.

Era una fría tarde de invierno, época en que los animales buscan un refugio cálido para no morir congelados, pero ese gatito negro caminaba entre la nieve como si no le afectaran las bajas temperaturas del bosque. Se aproximó al poblado y trepó un árbol, tranquilamente se acomodó en una rama y comenzó a limpiar sus patas de los restos de nieve y tierra que pudieran quedar tras su larga caminata. Detenidamente observó la veintena de luces de las casas cercanas, como si pudiera observar todo lo que pasaba dentro de cada una. Dejando su patita a medio aire, fijó sus ojos en la casa más ruidosa y llamativa. Ágilmente bajó el gran árbol y reanudó su caminata hacia el pueblo.

Se movía entre las sombras, evitando a la gente y los carros que se dirigían a sus hogares para terminar el día, la energía de la casa lo guiaba entre el tumulto. Finalmente llegó y rápidamente se acercó a la ventana y observó lo que sucedía. En el interior se veía una familia sentada lista para cenar, sin embargo, se palpaba un aire tenso y casi no hablaban entre ellos.

Sin mayor preámbulo, comenzó una tormenta y el animalito decidió rascar la ventana para hacerse notar por la familia. La adolescente fue la primera en levantar la mirada y no pudo resistir correr a abrirla para meter al pobre minino que estaba empezando a mojarse. Lo tomó con cuidado y se acercó a la chimenea para que el negro y suave pelaje se secara y pudiera entrar un poco en calor, cargándolo intentó convencer a sus padres de permitir que se quedara.

– Al primer destrozo se va a la calle-, fue lo último que dijo su padre.

Emocionada con la respuesta de sus padres, se dirigió a su habitación con el animal y un plato con un poco de agua y algo de comida que supuso no le haría daño. El gato se comportaba inmensamente dócil y cariñoso con la joven, y al llegar la noche se acurrucaron juntos en las cobijas, resguardándose del frío de la tormenta.

Alrededor de la medianoche, la joven comenzó a quejarse y moverse, resultado de una pesadilla. Acto seguido, el negro animal se acercó a su cabeza y comenzó a ronronear para calmarla. Así se acoplaron a una rutina nocturna, si ella tenía pesadillas, el minino subiría a su almohada para ronronear y calmar a su nueva dueña.

Sin embargo, las pesadillas sólo fueron el comienzo, pues cada noche eran más vívidas y atemorizantes, ocasionando que la joven despertara aterrorizada y con pequeñas y desconocidas heridas en sus manos. 

El negro animal llevaba ya cinco días viviendo con la familia, veía que cada día se alejaban más unos de otros, especialmente la joven que lo había adoptado, quien se estaba aislando casi totalmente de los demás. Al mismo tiempo, las heridas en sus manos y piernas aumentaban y se volvían cada vez más profundas pero su origen seguía siendo un misterio para la familia. Apenas y comía, y su piel palidecía de manera alarmante, pero nada delataba la razón de lo que sucedía. A la vez, el pelaje del animal se veía más brilloso y suave, sus amarillos ojos brillaban cada que la joven se acercaba y lo acariciaba.

Una noche, la joven se encontraba cerca de la chimenea cuando comenzó a escuchar un terrible zumbido en los oídos y de pronto se quedó inerte, como si se hubiera apagado. Segundos después, se levantó del mullido cojín sin emitir palabra. Sus ojos estaban desenfocados, actuaba como marioneta mientras se dirigía a la cocina y tomaba el cuchillo más filoso. Sigilosamente, subió hasta la habitación de sus padres, quienes se preparaban para irse a dormir.

Al abrir la puerta, pudo ver a su madre sentada en la cama, poniéndose crema en las manos, tranquilamente caminó hacia ella. Sin darle oportunidad a la mujer de reaccionar, la joven le clavó el cuchillo en el cuello. La sangre salpicó por todas partes, inundando la habitación con su olor metálico. Estoica, ella recuperó el ensangrentado cuchillo, sin inmutarse cuando este hizo un ruido desagradable al salir de la carne de su madre. Se dirigió al baño, donde su padre estaba lavándose los dientes, ajeno a lo que había sucedido. Aprovechando el momento en el que se agachó a enjuagarse, apuntó la punta del cuchillo a su nuca y rápidamente lo clavó en su cuerpo.

Tras admirar un par de minutos ambas sangrientas escenas, se dirigió nuevamente a la cocina, donde el negro minino la observaba con sus grandes ojos amarillos. Se sentó frente al animal y giró su muñeca, direccionando la punta del cuchillo a las costillas, clavándolo lentamente hasta lograr perforar su pulmón. En ese momento algo dentro de ella despertó y sus ojos se llenaron de terror. La joven pudo ver al gato acercarse, con una mirada que no parecía tan inofensiva como cuando permitió que entrara a la casa para resguardarlo de la lluvia, una mirada de gozo ante lo que observaba. Lentamente, la joven fue perdiendo el aire hasta no poder respirar más y quedar inerte en la silla de la cocina.

Ónix afiló sus garras una última vez sobre el cadáver de su dueña, rejuvenecido y más fuerte que nunca, antes de regresar al exterior en búsqueda de su próxima familia.