La falda

Una ambulancia pasa a su derecha por la avenida, con la sirena encendida. Es bastante tarde y ha llovido. Le ofrecieron ride, pero lo rechazó. Pensó que sería bueno caminar un rato, tener un momento a solas para disfrutar el frescor de la noche, y además le apenaba aceptar el favor. A la izquierda las vías del tren corren, paralelas a la banqueta por la que transita. Oye los grillos, el murmullo de la ciudad, lejos, y el gemido de los autos junto a ella.

Se ajusta el vestido, y se abotona el ligero suéter. El paso de los carros agita el viento y la hace tiritar. Se siente, de pronto, demasiado expuesta, con aquella falda holgada a medio muslo. La estira, jalándola por la orilla hacia abajo. Saca la cajetilla de su bolso, pero no encuentra el encendedor. Mientras vuelve a guardar los cigarros ve aquello, por el rabillo del ojo izquierdo, caminando detrás de ella. Endereza el cuello y mira hacia el frente, fingiendo no haberlo visto. Camina una decena de pasos y luego voltea el rostro hacia la avenida, para ver disimuladamente tras de sí, pero no hay nada.

Regresa la mirada adelante y aprieta el paso. Hay que pasar desapercibida, no delatarse, no dar cabida al miedo. Aquello último sería fatal. Tararea una tonadita estúpida, de una canción que detesta, pero es lo único que viene a su mente. Se calla de golpe: un ruido, como el siseo de una serpiente, llega hasta ella, desde atrás. Decide encararlo, pero al tornarse no ve nada. La larga banqueta sigue, sola, su curso recto entre la avenida y las vías del tren. Retoma el camino, intentando convencerse de que ha sido tan solo su imaginación.

Pero apenas un tanto más adelante lo vuelve a ver, ésta vez en la banqueta opuesta, de pie junto a un poste. Gira el rostro para mirarlo bien, pero no está. Saca su celular, piensa en llamar a alguien, mas vuelve a guardarlo cuando comprueba que no le queda batería. Se apresura aún más y vuelve a acomodarse la falda. Otro siseo llega por su izquierda, casi como si le susurraran al oído. “¡¿Qué chingados quieres, pendejo?!”, le grita mientras da un brinco, pero nuevamente la soledad la encara. Siente ganas de llorar, y comienza a correr. 

La avenida se ha quedado vacía. En la banqueta opuesta los locales, cerrados y a oscuras, franquean la calle. Solo se escuchan los grillos y aquél taconeo veloz. Mira de nuevo sobre su hombro: lo detecta apenas, varios metros detrás. Solloza, desesperada. Otro siseo, a su derecha. Ésta vez no voltea, solo intenta correr más rápido. La avenida, de pronto, parece muy larga, exageradamente larga. A la carrera lo vuelve a ver, de reojo, de pie sobre las vías. “¡Ayuda, ayuda por favor!”, grita, sin saber a quién, pues no hay otra alma a la vista. Otro siseo. Siente que la falda le llega a la entrepierna, empujada hacia arriba por los muslos, pero no logra hacerla bajar. Sus piernas la impulsan a largas zancadas, en un acto de equilibrio circense sobre los tacones. 

Ve el puente peatonal, y un poco más allá el semáforo. A la izquierda, cruzando las vías del tren, se interna la calle que la lleva a casa. Lo ve de nuevo, asomado por la baranda del puente, los ojos como dos puntos húmedos que reflejan las luminarias. Se siente acorralada, y vuelve a gritar pidiendo ayuda. Baja por el terraplén, hacia las vías, tratando de acortar el camino hacia el barrio, pero justo entonces el tren hace bramar sus bocinas, atajándola. Quiere ir más rápido, ganarle el paso a la locomotora, mas es imposible. Sus tacones se clavan en la tierra húmeda, y los tobillos se le doblan. En cosa de unos segundos, una larga hilera de vagones se le interpone. 

Un dolor caliente, que casi la hace caer, le nace del tobillo derecho. Llega al cruce y se detiene sobre la plancha de concreto, mirando alrededor suyo. Aquello no se ve por ningún lado. Se acomoda torpemente la falda, una vez más, y se mira el pie derecho. No parece estar hinchado, aún, pero le punza por encima del talón. De pronto, un nuevo siseo la sacude, y ve de soslayo una silueta en medio de la avenida. Grita, despavorida, y se da la vuelta. No hay escapatoria: el tren corre frente a ella, con decenas de vagones de carga, muy largo y pesado, tan largo como la avenida, perdiéndose a cada lado del oscuro horizonte. Siente que algo frío le roza el muslo, por debajo de la falda, algo largo y cubierto de escamas, algo que repta y sisea. 

Grita, pero su grito se pierde bajo el gruñido de los vagones, que corren, pesados, sobre los rieles.

Pesadilla

Las luces lastimaban mis ojos, no podía recordar dónde estaba ni cómo había llegado ahí. Intenté volver a dormir para evitar el ardor en mis ojos e ignorar el dolor que me recorría.

…Íbamos en una carretera, varios coches alrededor, estábamos contando chistes y disfrutando la compañía. Nadie se dio cuenta del accidente que estaba a la vuelta…

Desperté gritando, una mujer vestida de azul intentaba sostenerme en la cama para que no cayera. Decía algo pero yo estaba demasiado alterada y no entendía. Al darse cuenta de que no podría tranquilizarme de esa manera, vi cómo otra persona vestida de azul se acercaba y de pronto todo se tornó borroso.

…Había una pendiente y los coches se destruían en la caída. Nos subíamos a una placa metálica que resbalaba por la pendiente y así evitar rodar y lastimarnos. Había tierra y piedras alrededor de nosotras. Sentía tus brazos en mi cintura para evitar separarnos por la velocidad de la caída…

Podía escuchar a alguien hablando, aparentemente de mí.

– Sus signos vitales están estables. Me preocupa su nerviosismo y las pesadillas pero son reacciones normales ante tales sucesos.

 – ¿Ya puede irse o deberá permanecer más tiempo aquí?

Intenté moverme, en vano. Me dolían las articulaciones, sentía un gran peso en ellas; la cabeza me zumbaba y los ojos me ardían. Quise hablar para que las personas que estaban cerca pudieran oírme, pero no logré más que causarme una molestia en la garganta.

– La mantendremos en observación antes de dar el alta. Fue un trauma muy fuerte y podría necesitar revisión psiquiátrica.

Eso último me asustó, ¿qué pudo pasar para que necesite «revisión psiquiátrica»? ¿O no se refería a mí? Dejé de poner atención a las voces, comenzaban a decir cosas que no entendía y la cabeza me dolía al tratar de comprender.

…Estábamos en una casa de fraternidad. Había personas platicando; habíamos llegado a una fiesta, al parecer. Te estaba ayudando a caminar cuando un par de muchachas se acercaron a nosotras, nos ofrecieron ayuda y entramos a la casa…

Sentí un piquete en el brazo, abrí los ojos y vi a la misma mujer que me sostuvo cuando grité. Estaba sacándome sangre.

– Hola, linda. No te asustes, sólo es un poco para revisar que ya estés bien y puedas ir a casa.

La miré con extrañeza, no sabía dónde estaba y ella estaba demasiado segura de que iría a casa. A menos que estuvieras aquí, no tenía cómo irme. Tú eras quien siempre manejaba. ¿Dónde estabas? Me quedé dormida pensando en ti.

…Pasamos varios días en ese lugar, convivíamos con todos. Un día vi que, ya muy entrada la noche, una chica caminaba hacia el jardín y a la mañana siguiente no apareció. Me dio curiosidad y comencé a prestar más atención a los que me rodeaban…

– Melissa, necesito que despiertes.

Abrí los ojos. Era de noche y la misma mujer que me sacó sangre estaba en mi habitación. Me ayudó a incorporarme en la cama y se sentó en una silla que no había visto.

– Nadie ha venido a decirte dónde estás ni qué está sucediendo, ¿cierto? – Asentí ligeramente para no ocasionarme ninguna molestia -Estás en el hospital, te encontramos en el estacionamiento con varias heridas e inconsciente. Necesitamos que recuerdes lo qué pasó para poder darte de alta.

Mi mente estaba nublada, no recordaba mucho y menos por qué había llegado al hospital. La enfermera salió de la habitación, dejándome pensando, buscando las respuestas a lo que había sucedido.

…Una noche decidí seguir a una chica al jardín, justo a la zona donde desapareció la primera. Lo que encontré detrás de los arbustos fue aterrador, una de las chicas estaba en el pasto, el vaso de alcohol tirado a sus pies, su piel se veía pálida y dura mientras sus ojos estaban abiertos con una expresión de terror. Su garganta tenía una gran herida, al igual que sus muñecas y se veía un poco de sangre seca…

Un grito me despertó, el mío. Estaba sentada en la cama del hospital y había un hombre sentado enfrente con una libreta.

– Melissa, ¿recuerdas qué sucedió?

– No, no exactamente-. Mi voz sonaba ronca y rasposa. El hombre anotó algo en su libreta.

–  ¿Qué recuerdas?

– Recuerdo que había sangre y un par de personas mordiendo a una chica en medio del bosque.

El hombre asintió e hizo alguna anotación, se levantó y llamó a una enfermera, no pude escuchar lo que decían. Salieron de mi habitación y me acosté.

…Días después de encontrar varios cuerpos en las mismas condiciones, llegué a la conclusión de que el alcohol tenía algún tipo de somnífero que impedía que las personas gritaran. Te busqué por la casa, estabas en nuestro cuarto.

Necesito que permanezcas aquí dentro,- abrí el vestidor.

 – Prométeme que no saldrás hasta que yo venga por ti.

¿Por qué? – Tus ojos de duda me observaban, inquietos.

No puedo explicarte ahora, pero debes escucharme y hacer lo que te digo.

Melissa, si algo está pasando debes decirme,- fruncías el ceño y cruzabas los brazos, consciente de que te estaba ocultando algo.

Algo pasa aquí, no sé qué es pero es malo. No quiero que algo te pase, por eso te estoy pidiendo que te quedes.

No me quedaré, iré contigo. Así que, habla.

Eres necia. Ven conmigo pero prométeme que no te alejarás.

Lo prometo, no tienes que preocuparte todo el tiempo por mí- te sentaste junto a mí. Te abrazaba mientras recargabas tu cabeza en mi hombro, el olor de tu cabello me tranquilizaba…

Los ruidos en la ventana me despertaron, estaba en otra habitación. Había altas ventanas con barrotes y no había decoración en las paredes. Una enfermera desconocida entró y revisó mis monitores, sin decir palabra volvió a salir pero pude ver que afuera decía «Pabellón psiquiátrico». A lo lejos podía escuchar gritos y algo dentro de mí se alborotó, poniéndome sumamente nerviosa.

…Estábamos cerca de la barra, ibas tomada de mi mano mientras te dejabas llevar por la música. Todos actuaban normal, enfiestados, gritando y bebiendo.

Deja de estar tan rígida, alguien se dará cuenta que no te estás divirtiendo,- sonreías mientras hablabas, esa sonrisa radiante que más de una vez me ha dejado sin palabras. Te sonreía y te atraía hacia mí, besando ligeramente tu frente. Nos acercábamos a la barra, para ver a las personas que se acercaban a tomar. Me llamaron y me alejé un minuto, pero ese minuto bastó para que alguien te diera un vaso y comenzaras a tomar…

Oía las voces pero no estaba segura de quién hablaba, decían que había empeorado y que tenía que quedarme más tiempo. Después de todo lo que llevaba en el hospital ya no importaba si me quedaba un día más o un mes, mi cabeza estaba llena de preguntas, sobre todo acerca de tu paradero.

…Estabas bailando junto a la alberca, me acercaba y percibía el olor a alcohol en tu aliento.

¿Estás bien? – Ponías tus brazos alrededor de mi cintura y continuabas bailando, dejándote llevar por el ritmo que emitían las grandes bocinas. Dabas un paso atrás y caíamos dentro de la alberca, te reías y disfrutabas del agua, música y alcohol. A lo lejos podía ver cómo dos chicas salían al jardín, con vasos en sus manos y cantando mientras caminaban. Salí de la alberca y corrí tras ellas. Estabas junto a mí, a punto de salir al jardín cuando oímos un grito. Al ver al interior del lugar, había una joven tirada en el suelo con sangre alrededor de su cuello. Hincado junto a ella había un muchacho cuya dentadura se veía modificada, largos y afilados colmillos. Gritabas y todo se salía de control…

Desperté sudando, había poca luz en la habitación y sólo se escuchaban los gritos de los otros pacientes. Miraba a la ventana y te veía, tan hermosa como siempre.

– ¿Eres tú?- Mi voz sonaba ronca y temía estar imaginándote.

– Tranquila- tu voz era dulce y melodiosa, te sentabas en la orilla de mi cama. Acomodabas mi cabello detrás de mi oreja y me mirabas, tu rostro cada vez más cerca de mí, tus ojos brillaban, pude ver tus labios y como al momento de separarlos tenías esa dentadura tan aterradora como la que vi en mi sueño. Grité cuando te abalanzaste a mis venas.

…Cuando abrí los ojos, vi tu cuerpo en el piso de madera de la fraternidad, sangre en tu cuello y muñecas. Miraba alrededor y sólo veía cuerpos y pedazos de terror. Oí tu voz por última vez y me desmayé…

Instinto Felino

…Ónix afiló sus garras una última vez sobre el cadáver de su dueño.

Era una fría tarde de invierno, época en que los animales buscan un refugio cálido para no morir congelados, pero ese gatito negro caminaba entre la nieve como si no le afectaran las bajas temperaturas del bosque. Se aproximó al poblado y trepó un árbol, tranquilamente se acomodó en una rama y comenzó a limpiar sus patas de los restos de nieve y tierra que pudieran quedar tras su larga caminata. Detenidamente observó la veintena de luces de las casas cercanas, como si pudiera observar todo lo que pasaba dentro de cada una. Dejando su patita a medio aire, fijó sus ojos en la casa más ruidosa y llamativa. Ágilmente bajó el gran árbol y reanudó su caminata hacia el pueblo.

Se movía entre las sombras, evitando a la gente y los carros que se dirigían a sus hogares para terminar el día, la energía de la casa lo guiaba entre el tumulto. Finalmente llegó y rápidamente se acercó a la ventana y observó lo que sucedía. En el interior se veía una familia sentada lista para cenar, sin embargo, se palpaba un aire tenso y casi no hablaban entre ellos.

Sin mayor preámbulo, comenzó una tormenta y el animalito decidió rascar la ventana para hacerse notar por la familia. La adolescente fue la primera en levantar la mirada y no pudo resistir correr a abrirla para meter al pobre minino que estaba empezando a mojarse. Lo tomó con cuidado y se acercó a la chimenea para que el negro y suave pelaje se secara y pudiera entrar un poco en calor, cargándolo intentó convencer a sus padres de permitir que se quedara.

– Al primer destrozo se va a la calle-, fue lo último que dijo su padre.

Emocionada con la respuesta de sus padres, se dirigió a su habitación con el animal y un plato con un poco de agua y algo de comida que supuso no le haría daño. El gato se comportaba inmensamente dócil y cariñoso con la joven, y al llegar la noche se acurrucaron juntos en las cobijas, resguardándose del frío de la tormenta.

Alrededor de la medianoche, la joven comenzó a quejarse y moverse, resultado de una pesadilla. Acto seguido, el negro animal se acercó a su cabeza y comenzó a ronronear para calmarla. Así se acoplaron a una rutina nocturna, si ella tenía pesadillas, el minino subiría a su almohada para ronronear y calmar a su nueva dueña.

Sin embargo, las pesadillas sólo fueron el comienzo, pues cada noche eran más vívidas y atemorizantes, ocasionando que la joven despertara aterrorizada y con pequeñas y desconocidas heridas en sus manos. 

El negro animal llevaba ya cinco días viviendo con la familia, veía que cada día se alejaban más unos de otros, especialmente la joven que lo había adoptado, quien se estaba aislando casi totalmente de los demás. Al mismo tiempo, las heridas en sus manos y piernas aumentaban y se volvían cada vez más profundas pero su origen seguía siendo un misterio para la familia. Apenas y comía, y su piel palidecía de manera alarmante, pero nada delataba la razón de lo que sucedía. A la vez, el pelaje del animal se veía más brilloso y suave, sus amarillos ojos brillaban cada que la joven se acercaba y lo acariciaba.

Una noche, la joven se encontraba cerca de la chimenea cuando comenzó a escuchar un terrible zumbido en los oídos y de pronto se quedó inerte, como si se hubiera apagado. Segundos después, se levantó del mullido cojín sin emitir palabra. Sus ojos estaban desenfocados, actuaba como marioneta mientras se dirigía a la cocina y tomaba el cuchillo más filoso. Sigilosamente, subió hasta la habitación de sus padres, quienes se preparaban para irse a dormir.

Al abrir la puerta, pudo ver a su madre sentada en la cama, poniéndose crema en las manos, tranquilamente caminó hacia ella. Sin darle oportunidad a la mujer de reaccionar, la joven le clavó el cuchillo en el cuello. La sangre salpicó por todas partes, inundando la habitación con su olor metálico. Estoica, ella recuperó el ensangrentado cuchillo, sin inmutarse cuando este hizo un ruido desagradable al salir de la carne de su madre. Se dirigió al baño, donde su padre estaba lavándose los dientes, ajeno a lo que había sucedido. Aprovechando el momento en el que se agachó a enjuagarse, apuntó la punta del cuchillo a su nuca y rápidamente lo clavó en su cuerpo.

Tras admirar un par de minutos ambas sangrientas escenas, se dirigió nuevamente a la cocina, donde el negro minino la observaba con sus grandes ojos amarillos. Se sentó frente al animal y giró su muñeca, direccionando la punta del cuchillo a las costillas, clavándolo lentamente hasta lograr perforar su pulmón. En ese momento algo dentro de ella despertó y sus ojos se llenaron de terror. La joven pudo ver al gato acercarse, con una mirada que no parecía tan inofensiva como cuando permitió que entrara a la casa para resguardarlo de la lluvia, una mirada de gozo ante lo que observaba. Lentamente, la joven fue perdiendo el aire hasta no poder respirar más y quedar inerte en la silla de la cocina.

Ónix afiló sus garras una última vez sobre el cadáver de su dueña, rejuvenecido y más fuerte que nunca, antes de regresar al exterior en búsqueda de su próxima familia.

Festín de Nochebuena

Era un frío invierno, la familia se reunió en la sala para que el calor de la chimenea ayudara a todos a entrar en calor. Según las noticias, en todo el mundo había temperaturas extremadamente bajas, incluso en lugares donde se supone en estos meses del año hace calor, nadie sabía exactamente qué sucedía, muchos culpaban al cambio climático, otros a las tormentas solares, y las teorías aumentaban de manera exponencial.

Por fortuna para nosotros, era la época en la que nos reuníamos y pasábamos tiempo juntos, así que tener a tantas personas en casa era una ventaja con fríos tan extremos. Hace un par de días decidimos sellar las puertas y ventanas menos usadas, para evitar que el poco aire tibio que teníamos escapara. En total, 3 puertas de la planta baja y absolutamente todas las ventanas de arriba fueron selladas.

Se acercaba el día de la gran cena navideña, éramos 13 personas en la casa y sólo 7 podíamos estar en la cocina, porque el resto eran mis primos pequeños. Nosotros nos repartimos las tareas de cocinar y hornear. Mantener la estufa encendida y tanta gente reunida haciendo actividades ayudó a que el ambiente se mantuviera agradable y cálido. Esa noche, mis primos comenzaron a cuchichear entre ellos y cuando algún adulto se acercaba, mantenían silencio, como si escondieran algo. La noche siguiente me acerqué a ellos para preguntar qué sucedía, sospechando que era una travesura de la que no querían que los adultos se enteraran.

– Shhh… Te va a escuchar, nos observa desde la chimenea-. Me dijo Pablo, de 6 años, mientras observaba el fuego, convencido que algo o alguien estaba entre las llamas. 

Me senté con ellos, decidida a pasar el rato jugando antes de ir a cenar con el resto de la familia. Por alguna razón, se me erizó el vello de la nuca al voltear hacia el fuego, aunque no logré ver nada. Fingí no estar preocupada y me concentré en armar figuras y colorear, mientras permanecíamos cerca de la mayor fuente de calor de la sala, atenta a cualquier sonido extraño.

Nos llamaron a cenar y ayudé a los más pequeños a levantar y limpiarse antes de ir a la mesa, poco a poco olvidándome del tema por completo. La cena fue sencilla y tibia, pues estábamos guardando el gran banquete para Nochebuena. 

Era cerca de medianoche cuando un suave ruido me despertó, como lejanos murmullos que no lograba entender. Intrigada, salí de entre las cobijas y silenciosamente bajé las escaleras, siguiendo el origen del sonido. Podía observar mi respiración frente a mi rostro con cada paso que daba hacia la sala, donde logré ver que Pablo estaba sentado frente a la chimenea, sus pequeñas manos manchadas con ceniza, al igual que sus rodillas, la poca luz proveniente del exterior no me permitió descubrir lo que se encontraba al interior del agujero donde horas antes estaban las llamas, pero el pequeño parecía estar hablando con alguien.

– Toda la comida que cocinaron mis tíos es para mañana, no puedes comer ahorita. 

– Mañana seguro se acabarán todo y no podré probar nada de las delicias que me dijiste cocinaron.- La voz sonaba rasposa, me recordaba a la voz del tío Pepe días antes de su muerte, pero había algo en esa voz que me daba escalofríos.

– Te guardaré tantito, pero no lastimes a nadie, promételo por la garrita-, pude ver que Pablo levantaba su manita y estiraba su dedo meñique, esperando que la voz hiciera lo mismo. A la vez, desde la chimenea salió una mano extremadamente delgada, casi huesuda y oscura, con largas uñas y tomó el pequeño dedo de Pablo.

Miré horrorizada y sentí mi corazón palpitar cada vez más rápido, temiendo por la seguridad de mi primo. Di un paso para acercarme y de pronto me encontré paralizada de miedo. Levanté la mirada y frente a mi había unos espeluznantes ojos amarillos que brillaban tanto como estrellas, pero que transmitían una sensación de peligro tan fuerte que mi cuerpo no podía moverse.

– ¡No! Déjala, ella es buena.- Pablo corrió y se puso entre la figura y mi cuerpo, sus pequeños brazos intentando abrazar mis piernas. 

Logré cerrar los ojos y colocar mis manos en los hombros del niño, aterrorizada por nuestra seguridad y de pronto, el aire a mi alrededor se comenzó a sentir más cálido, y los brazos de Pablo se relajaron alrededor de mis piernas.

– No le digas a nadie, o no volverá.- El niño no me miró en ningún momento y una vez que me soltó, corrió a acostarse nuevamente.

Regresé a mi cama, confundida y aún con miedo, no logré entrar en calor esa noche y cada que comenzaba a quedarme profundamente dormida veía esos enormes y amarillos ojos frente a mí. 

Al día siguiente, las cosas estaban tan normales como siempre, los niños jugando en la sala mientras los adultos terminábamos de cocinar o adornar la casa, preocupados, ya que al parecer ese día haría más frío, así que reforzamos los sellos que pusimos en las ventanas, y las puertas restantes se terminaron de cerrar para evitar congelarnos durante la noche. Durante el día observé a Pablo y nada delató lo sucedido la noche anterior, así que conforme pasaron las horas me relajé un poco. Cerca del atardecer, todos comenzamos a salir de la cocina y la sala para arreglarnos, pues pronto cenaríamos. Una vez que terminé de peinarme, me dirigí a la cocina para ayudar con los últimos detalles pero al entrar a la sala me encontré a Pablo completamente solo frente a la chimenea. 

Me acerqué y sentí el fuerte calor proveniente del fuego, pero ahora entre las llamas pude ver esos aterradores ojos amarillos, Pablo no parpadeaba y asentía con la cabeza. Puse mi mano sobre su cabeza y súbitamente dejó de mirar la chimenea para verme a mí, con cara de terror. Fijó su mirada en mis ojos y pude ver que sus pequeñas y negras pupilas no terminaban de enfocar, como si estuviera viendo el vacío. Lo tomé de la mano y caminamos a la cocina.

– Tienes que ponerte zapatos para que podamos sentarnos a la mesa, ¿acaso no quieres cenar? – Le di un vaso con agua para intentar distraer su aparente trance y caminamos a buscar sus zapatos.

– Lala…- Me sorprendió que usara el apodo por el que me llamaba cuando empezó a hablar, me sorprendió aún más que lo recordara pues tenía cerca de 3 años que no me decía así, sin embargo, no pude terminar de pensar en eso porque su voz sonaba llena de miedo, era casi un murmullo lleno de temor por lo que sea que haya pasado frente a la chimenea en esta ocasión. Sus ojos poco a poco regresaron a la normalidad y me sonrió-. ¿Te sentarás conmigo? 

La pregunta me hizo reír, siempre me sentaba con él cuando la familia se reunía, asentí y lo ayudé a ponerse los zapatos para que pudiéramos ir a cenar con el resto. La casa ya olía a múltiples platillos y se me hacía agua la boca de sólo recordar lo que mis tías habían cocinado. Pablo y yo bajamos más animados y nos acercamos a los demás, poco a poco se iban acomodando en las sillas para comenzar a cenar.

– No, lejos de la chimenea. Acá-. Pablo susurró y me jaló hacia el lado opuesto del fuego. Lo seguí y nos sentamos donde él podía ver el fuego sin tenerlo cerca. 

La cena transcurrió como suelen hacerlo las cenas familiares, había risas y pláticas, todos opinaban de la comida y disfrutaban del maravilloso banquete que se había cocinado. Rápidamente dejé atrás lo sucedido con la chimenea, Pablo y la figura de ojos amarillos. Decididos a ignorar las inclemencias del clima, disfrutamos la compañía familiar y el festín de la mesa. El momento de partir el pavo llegó y los niños se acomodaron junto al abuelo, sólo Pablo se quedó a mi lado, se le veía ligeramente nervioso, pero nadie le dio importancia porque seguía comiendo pasta verde, ignorando a los demás. 

El abuelo clavó el trinche en el pavo y comenzó a cortar poco a poco la carne, los niños gritaban de emoción “¡yo quiero el pedazo más grande!”, “yo quiero el pedazo más jugoso”, poco a poco las tías fueron acercando los platos para comenzar a servir y que todos tuviéramos una porción. Una vez que todos los platos estuvieron servidos, el abuelo y los niños se sentaron en sus lugares y comenzamos a comer, felicitando a aquellos que se encargaron de marinar y preparar ese platillo. Después vino el postre y sabíamos que había pastel de manzana, de chocolate y galletas de jengibre, nuestras bocas estaban inundadas de distintos sabores y poco a poco la familia se fue dispersando a la sala para acomodarse alrededor del árbol y la chimenea.

– Lejos de la chimenea -, murmuró Pablo antes de que nos levantáramos para unirnos al resto.

Asentí y dejé que tomara mi mano para guiarme al lugar donde quería que nos quedáramos. 

Era cerca de la medianoche cuando comencé a escuchar rasguños y ligeros golpes en las ventanas, parecía que nadie los escuchaba así que culpé al viento y la nieve de semejantes ruidos y continué platicando con mis primas más grandes, con Pablo a mi lado, sin dejarme un segundo. Los demás niños comenzaron a bostezar y mamá los mandó a la cama con la amenaza de que no habría regalos bajo el árbol si no se iban a dormir, a lo que todos hicieron caso, menos el pequeño junto a mí. 

El resto de la familia se quedó platicando, pero los ruidos en las ventanas comenzaron a hacerse más notorios y la temperatura comenzó a descender. Pablo me abrazó, acercándose más pero sin dejar de ver la chimenea, me di cuenta que también había ruidos que provenían de ese oscuro y caliente túnel. Entre las llamas logré ver un par de ojos amarillos, pero decidí ignorarlo y concentrarme en la conversación, diciéndome a mí misma que era un juego de mi mente. 

Al sonar las campanadas de las 12, pude sentir el aire tornarse frío a nuestro alrededor, el calor del fuego se dejó de sentir y pude ver nuestra respiración cada que hablábamos, miré a Pablo, que me apretaba fuertemente con sus brazos y escondía su rostro. Los rasguños se volvieron más insistentes y de pronto las luces se apagaron. Todo estaba en completo silencio pues todos estaban sorprendidos. Rápidamente papá culpó al frío de haber ocasionado el corte de luz, sin embargo, ese frío era terriblemente familiar para mí, y sospechaba que también para Pablo. Me levanté, a pesar de las protestas del niño y lo atraje hacia mí, direccionándonos a un pequeño rincón entre una vieja mecedora y el gran mueble donde mamá tenía las fotos familiares. 

– Shh… ¿Él está aquí, verdad?- Pablo sólo asintió y cubrió su rostro con sus manos, visiblemente asustado.

Miré hacia la chimenea y pude ver que el fuego comenzaba a extinguirse y un humo oscuro entraba a la sala. En medio de la sala se formó una sombra negra, en la cual sólo podían verse claramente un par de grandes y escalofriantes ojos amarillos. La abuela ahogó un grito al ver la figura y el resto sólo se intentó alejar, pero el miedo en sus rostros era prueba suficiente de la imposibilidad de moverse, como ya me había pasado. 

Mi cuerpo se paralizó pero Pablo y yo permanecimos escondidos mientras la criatura de humo y ojos amarillos observaba a la familia, su mirada se detuvo en el abuelo y con un espantoso ruido de rasguños de sus garras contra el piso se acercó a él y lentamente levantó lo que parecía un brazo. Pude ver nuevamente esas negras y largas garras acercarse al rostro del abuelo. Logré tapar los ojos de Pablo que permanecía acuclillado a mi lado, para evitar que viera el momento en que las largas garras de la criatura se clavaban en la piel del abuelo y la sangre comenzaba a brotar. Mis tías comenzaron a gritar, en pánico. Una mirada de esos grandes ojos amarillos bastó para que dejaran de hacerlo y comenzaran a implorar que no les hiciera daño. De pronto, una oscura bruma inundó el lugar y los rasguños que había escuchado en las ventanas aumentaron de volumen, pues el origen del ruido era la criatura y ahora el ruido se había trasladado al interior de la casa. Poco a poco pude observar cómo los cuerpos de mis tíos tenían rasguños en la piel y sangre brotaba de cada herida. El ambiente se llenó de olor a humo y ese sabor metálico de la sangre inundó el lugar.

La criatura no tenía clemencia con nadie en ese lugar, uno a uno los fue matando y sus cuerpos quedaron como cascarones vacíos en el piso de madera de la sala. Una vez que todos los ahí reunidos habían muerto, la criatura levantó sus espectrales brazos y sus garras se cerraron en puños, como si estuviera estirándose y disfrutando de los últimos respiros de cada uno de los cuerpos. 

– Tienen suerte que esté terriblemente lleno después de semejante festín-. La voz sonaba aterradora y gélida. 

La criatura volteó hacia donde estábamos y pude ver una macabra sonrisa en lo que parecía ser su rostro. Poco a poco se desvaneció de nuevo dentro de la chimenea, dejándonos rodeados de muerte y sangre. Pablo comenzó a llorar a mi lado y sólo pude abrazarlo, rogando que los niños que estaban arriba estuvieran a salvo y dormidos, decidí que lo mejor era asegurarme de eso, así que cargué a Pablo y subimos. Así como abrí la puerta la cerré, evitando que aquel en mis brazos viera la masacre dentro de la habitación, los cuerpos de mis primos pequeños se encontraban tendidos sobre sus camas, con los ojos abiertos y mirando aterrorizados a la nada, con múltiples heridas en su piel. 

Corrí a la cocina y tomé el teléfono, llamé al 911 y en menos de 10 minutos llegó la policía. Para mi fortuna, el oficial que se acercó a hablar conmigo era un viejo amigo y después de escucharme, decidió que la familia había sufrido una intoxicación que ocasionó que se mataran unos a otros, pero al no haber comido tanto como el resto, Pablo y yo habíamos sobrevivido.

Y así fue cerrado el caso de la masacre en nuestra casa, con sólo dos sobrevivientes, Pablo y yo, con un aterrador secreto y una nota que decía “Vivan y disfruten, nos veremos pronto” con tinta roja, la cual yo siempre he sospechado es sangre. 

Pablo tiene 15 años y no hemos vuelto a hablar de la figura de ojos amarillos que arruinó nuestra cena navideña. Pero, yo temo que ese “pronto” se esté acercando… Me imagino que él también.