Simples Objetos

Recuerdo perfectamente el día que conocí a Carla. Tenía examen de Cálculo, y necesitaba que me fuera muy bien para poder aspirar a mantener mi beca. Sin embargo, y a pesar de haber estudiado mucho a lo largo del fin de semana, no sentía que había aprendido nada y estaba completamente aterrado. Al llegar a la Universidad, mis nervios eran más que evidentes, por lo que uno de mis amigos de semestres más altos, al notarlo, me dijo: “Pídele ayuda a Carla, ella te ayudará”.

Yo había visto a Carla antes, siempre estaba en el mismo lugar, pero nunca le había hablado. Le dije a mi amigo que no quería ser una molestia, y lo único que me dijo fue “Si estás tan desesperado, y no quieres reprobar, ve con ella. Si no, reprueba”. La dureza de sus palabras fue lo que necesitaba para convencerme.

Apenado, acudí a ella. Estaba trabajando en una computadora, sin hablar con nadie, completamente aislada. Aunque me daba un poco de pena molestarla, el miedo que me producía el examen era demasiado grande que me acerqué a pedirle ayuda en desesperación.

Sin saber cómo presentarme con ella, toqué su hombro y le sonreí. Ella se dio la vuelta en su silla, y sin decirme nada, me dirigió una mirada fría e insensible, analizándome. Debo aceptar que me aterró en un principio. Ni siquiera me preguntó mi nombre, únicamente sobre qué necesitaba, y rápidamente le dije que tenía un problema con Cálculo. De manera automática e inmediata, y sin el menor cambio en su cara, hizo a un lado sus cosas, sacó un cuaderno, y me empezó a explicar.

Una hora le bastó para aclarar absolutamente todas mis dudas. En cuanto empezaba a preguntarle algo, guardaba un silencio absoluto, y en cuanto terminaba comenzaba a explicarme los procedimientos que tenía que seguir. Su razonamiento era tan claro que incluso me hizo sentir mal por haberle hecho perder su tiempo. Pero a ella pareció no importarle, y en cuanto se dio cuenta que yo ya estaba listo, volvió a tomar sus cosas, y continuó trabajando. Horas más tarde, salí de mi examen, seguro de haber dominado todos los temas.

A partir de ese día recurrí a su ayuda con regularidad. A veces me tocaba esperar a que terminara de explicarle a alguien más, pero siempre me recibió. Y no solo eso, ya que no hubo un solo tema con el que yo necesitara ayuda que ella que no dominara, o al menos, del que no fuera capaz de resolver todas y cada una de mis dudas. Su capacidad intelectual era increíble, incluso me atrevería a decir que era abrumadora. Intimidante. Más de una vez aseguré que no volvería a pedirle ayuda, pero inevitablemente pronto tenía algún problema con alguna materia, y tenía que volver a preguntarle. Y ella me recibía, siempre en el mismo lugar.

Un día, después de una ayuda especialmente valiosa, decidí que era tiempo de agradecerle con algo más que un simple “gracias”, y le compré unos chocolates, en una especie de símbolo de agradecimiento por las incontables horas que había pasado explicándome. Esperé todo el día el momento indicado para estar solo con ella, cosa que probó ser muy complicado. Me sorprendí de la cantidad de gente que se acercaba a pedirle ayuda y a los que nunca antes había puesto atención, quienes parecían fluir como cadena de producción buscando su ayuda. Y a pesar de eso, nunca la vi poner una mala cara, negar una ayuda o desconocer un tema.

Sin embargo, y a pesar de la alta demanda de ayuda que recibía, tras varias horas de espera, por fin llegó mi turno sin que hubiera nadie más esperando. Me acerqué como siempre hacía, y la vi repetir la rutina de siempre. Tomó sus cosas, las hizo a un lado, y me preguntó, inexpresiva: “¿Qué necesitas?” Dudé un segundo, pensando en aprovechar esa ocasión para despejar unas dudas, pero me mantuve firme a mi intención de solamente agradecerle, y le entregué los chocolates. Ella los vio, inexpresiva, y me dijo, sin sentimiento alguno: -¿Qué se supone que haga yo con esto?-

-Nada, nada. Es un regalo- le respondí. Ella lo vio, me miró, y cuando se dio cuenta que no le pediría ayuda, tomó sus cosas, y siguió trabajando.
Tardé unos segundos en analizar lo que había pasado, frío. No sabía bien cómo reaccionar ante eso. No estaba preparado para que los ignorara sin más. -¿Acaso no te gustan los chocolates?- Le pregunté, en una reacción casi natural.
-Qué me gusta y qué no me gusta no debería preocuparte en absoluto.
-Pero… te lo estoy preguntando para saber qué te gustaría que te regalara la próxima vez-
-Regalarme algo es completamente innecesario.
-Pero… Quiero agradecerte por todo lo que me has ayudado…
-Innecesario. Irrelevante. Inútil.
-¿Por qué lo dices? ¿Acaso no hubieras podido usar ese tiempo en algo mejor?
-No. Soy un objeto, a los objetos no se les cuestiona. Solamente se les usa.- No hizo ninguna inflexión de voz. No trastabilló. Pude estar seguro de que lo decía en serio. Y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
-¿Disculpa?
-Me oíste bien. No te veo agradeciéndole a tu lápiz por escribir, ni a tu mochila por guardar tus cosas. Yo también soy un simple objeto, ¿por qué entonces me agradeces a mí?
 -¿Por…? ¡Porque tú eres un ser humano! ¡Puedes elegir qué hacer y qué no hacer!
-Falso. Tú me has usado más de una vez. Has dispuesto de mí. Y llegará el momento en que a mí me toque usarlos a ustedes.- Me hundí en el vacío de sus ojos, y pude reconocer que verdaderamente pensaba en ella misma como una máquina.

No dije más. Sabía que no podía ganar. Que no podría hacerla cambiar de opinión. Me di la vuelta y me fui, para no volver a recurrir a ella. A alejarme para siempre del lugar donde ella estaba, y que se había vuelto tan familiar para mí.

Muchas veces a lo largo de mi carrera necesité su ayuda. Muchas veces me recomendaron que la viera, para hacer alguna otra cosa en lugar de estudiar. Pero recordaba sus palabras y no me quedaba de otra sino contenerme. Me enorgullezco de nunca volver a pedirle ayuda. De nunca darle el gusto de “volver a usarla”.

A pesar de ya no verla, no había día que no recordara sus palabras, sus ojos vacíos de vida, su voz inflexible… Era una pesadilla recurrente, y también, una motivación para seguir adelante. Y seguir sin ella. Debo admitir que era muy difícil, mucho más que con su ayuda, pero era lo mejor para mí. Tenía suficiente con mis pesadillas como para hacerlas realidad.

Más lento de lo que me hubiera gustado, me gradué, y eventualmente entré a trabajar. Con cada día que pasaba, su recuerdo se hacía más lejano, y poco a poco fui superando la sensación que me traía. Al menos, hasta que mis amigos de la universidad empezaron a hablarme de “una compañera de trabajo”. Uno a uno, todos y cada uno de ellos, lentamente, me hablaban para preguntarme si recordaba a Carla. Me contaban de ella, y más de uno me comentó que ahora era su nueva jefa. Pronto se volvió una figura recurrente en las revistas de negocios, en los programas de finanzas, incluso en las pláticas de sobremesa, muy a mi pesar. Su crecimiento empresarial era excepcional, y parecía que estaba construyendo un imperio al cual ninguna empresa se podía resistir, sin importar su giro o su tamaño.

Esos mismos amigos, uno por uno, venían a mí para hablar de ella, quejarse de las prácticas despóticas que tenía, de lo difícil que se había vuelto su trabajo a raíz de su nombramiento como encargada, jefa, dueña. De cómo se sentían usados, simples objetos a su disposición. Y yo temía, como cuando me dijo su pensamiento, hace ya muchos años. Era la hora de su venganza, y nosotros éramos tareas pendientes.

Por más que trataba de huir de ella, parecía perseguirme. Sentía que yo sería el próximo, y no quería ni verla. Las pesadillas volvieron. Y fue solo cuestión de tiempo para que comprara mi empresa también. Y una vez que lo hizo, inevitablemente, llegó el día en que tendría que volver a verla, después de tantos años. Un día que había empezado como uno más, me llegó un citatorio para verla en su oficina. Y no había ninguna manera de decirle que no a una cita con la dueña. Ninguna.

Llegué puntualmente a verla. La secretaria me dijo que ya me esperaba, me abrió la puerta, y entré a su oficina. Clara no había cambiado nada desde la última vez que la vi. En cuanto me senté, y sin siquiera mirarme, tomó sus cosas, las hizo a un lado, y sacó una libreta, una rutina que me fue muy familiar -Hace muchos años, hablé contigo, y desde entonces no te volví a ver. Lo recuerdas.
-Así es, lo recuerdo…
-No era pregunta.- Su voz reflejaba la misma inflexibilidad que recordaba, y me daba los mismos escalofríos.
-¿Qué necesita de mí?
-Insistes en tratarme como si fuera un superior. Pensé que hace años había quedado claro que yo…
-Sí, pero yo sigo resistiéndome a verla como un objeto.- No dijo nada, pero por un instante, creo que sonrió.
-Veo que tú tampoco has cambiado. Por eso estás aquí. Desde que compré tu empresa, he recibido una cantidad inconmensurable de quejas a mi forma de hacer negocios. de tratar al personal, y en general de mi manera de trabajar. Simultáneamente, he escuchado una cantidad casi equivalente de comparaciones con tu manera de trabajar, todas ellas positivas en tu favor. Es por ello, y tras un análisis concienzudo, que he tomado la decisión de heredarte todos mis negocios a partir del día de mi muerte.- Me extendió una especie de contrato y una pluma. -Una vez firmes, será todo tuyo.

La noticia me tomó por sorpresa. No hubiera podido suponer nada así previo a esa cita, y aún ahora me costaba trabajo asimilarlo.
-No entiendo… ¿Por qué hacer este tipo de planes? ¿Por qué elegirme a mí?
-Porque las cosas somos reemplazables, efímeras, destruibles. Los humanos no. Y al único al que considero digno de reemplazarme a mí es al mejor humano que he conocido. Prepárate porque el día que tendrás que tomar mi lugar se acerca con velocidad.
-¿El mejor ser humano? Vamos, estoy seguro de que ha conocido mejores seres humanos que yo.
-Falso. Todos ellos, como te dije en su momento, me usaron hasta cansarse. Hasta no poder más. Sin excepción. Tú fuiste el único que me intentó tratar como si no fuera una máquina. El único que decidió no usarme, aunque hubieras podido seguir haciéndolo sin consecuencias inmediatas. El único que pensó, aunque sea por un momento que era un ser humano, y que mi opinión tenía algún valor. Por eso, cuando se invirtieron los papeles, yo los usé a ellos hasta cansarme. Por eso a ti no. Por eso, te dejo como encargado de mi imperio.

Clavó sus ojos en mí, grises e inexpresivos como siempre, tomé el contrato, y después de firmarlo, me levanté, y en un acto impulsivo, la abracé.
-Muchas gracias por confiar en mí.
Una vez la solté, escuché su voz decirme: -Darme las gracias es un gasto inútil de energía.
-También lo es esperar que no lo haga- dije, sonriendo, al tiempo que salía de su oficina.

Pasé el resto del día leyendo el contrato. Estaba claramente redactado por ella, con toda la claridad con la que antes me hubiera explicado en incontables ocasiones. Estaba seguro de que nadie sabía de su existencia, pero que nadie dudaría tampoco de su autenticidad. Cada clausula tenía un objetivo claro, y mostraba un claro ejemplo de la metódica forma de pensar que ella siempre había demostrado. Al final, poco antes de su pulcra firma, decía: “Contrato vigente a partir del catorce de mayo de 2033”. Me sorprendió un poco que hubiera planeado hasta la fecha exacta para dármelo, pero era de esperar de ella.

Dejé mi oficina muy tarde, cuando ya no había nadie. Supongo que todos pensaron que había recibido una reprimenda por parte de Carla, y, sabiendo lo que eso significaba, me dejaron en paz. No fue sino hasta que llegué a mi casa que me enteré de la noticia más importante del día. Habían encontrado el cadáver de Carla en su casa horas antes, tras una denuncia anónima. Al parecer, fue víctima de un paro cardíaco dado que los policías encargados de la inspección de la escena del supuesto crimen no encontraron nada sospechoso en su casa, ni en su organismo. Lo único que les llamó la atención fue el cuaderno que tenía en su escritorio, el mismo en el que había tomado notas conmigo en la mañana, donde decía, con su letra pulcra: “Fecha de caducidad: 14/05/2033”. Supe que ese mensaje era solamente para mí.

Resulta ser que Carla había escrito en su testamento que yo era el sucesor de su imperio desde tiempo atrás, antes incluso de haber comprado mi compañía, así que nadie creyó que yo hubiera orquestado su asesinato. Eso no detuvo los cuestionamientos, evidentemente, sobre todo de aquellos que sabían que había tenido una reunión con ella ese mismo día. Yo, por mi parte, me vi envuelto en todos los trámites de cesión de derechos, al grado de que me costó trabajo encontrar un momento para organizar su funeral.

Toda la crema y nata de los negocios asistió ahí, a darme el pésame. Socios comerciales, dueños de empresas que ella había comprado, empleados de alto rango…Y a pesar de haber reunido a tantas personas, nadie parecía triste por su pérdida, incluso, más de una persona parecía estar realmente alegre de que “por fin se hubiera ido”. Me quedó claro de inmediato que todas esas personas estaban ahí para impresionarme, para quedar bien conmigo, y no por ningún motivo que estuviera relacionado con Carla. Y por eso no me sorprendió darme cuenta de que fui el único que se quedó todo el tiempo.

Mientras iba de regreso a casa, me puse a pensar en la última conversación que tuvimos. Tal vez no fui el mejor humano que ella conoció. Creo que, en realidad, fui el único.

My darkest hour

After a long day of work, I finally walked into my room, changed into my pajamas and went back to the kitchen to have something to eat before going to bed. From there, I could see Anger sleeping peacefully at her bed, undisturbed by my noise, used to my nightly routine. I ignored her as I poured some milk into a cup and grabbed a toast with some strawberry jam. I sighed as I saw my reflection on the oven, tired and untidy. I shook my head and sat by the counter.

The night was very calm and dark. I could almost say, surprisingly so, for a night with a Full Moon, but there may have been many clouds blocking it.

I finished my toast and milk, washed my dishes and went on with my night. I walked back into my room and turned on my side table lamp. I had been reading a short story compilation lately, one each night, as a way to lull myself into sleep, but the past few ones had failed to grab me, and made me consider change genres altogether, and so, with a romance novel that was recommended by a coworker, I slipped under the covers and started to read.

The pace was relaxing, the setting was comfy, and the character dynamic was sweet. It felt like a hug, and it managed to lull me a little. When I finished the chapter, and returned the book to the side table, I noticed something. I could barely see outside the light of the lamp.

The closet door was slightly open, I couldn’t remember if I actually closed it but somehow, when everything was as dark as it was, that disturbed me a little. As soon as I got up to close it, I could feel something weird behind me. I turned immediately, but couldn’t see anything at all. I went back to my bed, scared to turn the light of the lamp off.

I sat there, without moving. There was absolute silence in my apartment, which felt inexplicably eerie. I got under the covers and turnt to the side, taking deep breaths to calm myself. I spent a good five minutes trying to get my nerves in check. I tried picturing the couple from the book, but I could not focus on them. Only the darkness existed in my mind, my focus being on the oppressive silence. I even tried to read a few more chapters from the book to try and distract my brain, but I could not shake off this feeling that something was somehow wrong.

I checked my cellphone to see what time it was. It was out of battery. Bad night to forget my charger at my desk. I could go look for it, but that would mean going out of my bed, and the idea seemed crazy

So, I sat on the bed and started to analyse everything. I was alone, Anger was asleep outside of my room and if she wasn’t upset, then I probably shouldn’t be either. Too many horror movies could do that to your brain.

I turnt to my side, closed my eyes hard, and tried to force myself to sleep by not thinking too much. And it may have been working, until I heard a noise. A very distinctive one. My door was opening. The creak was clear. I started feeling really nervous, cold sweat down my spine.As much as I wanted to check the door, verify if I had imagined it, I was frozen in place. And the creaking kept going

I closed my eyes harder, trying to convince myself I was just imagining noises and that I was about to fall asleep. But I could slowly feel a dark presence start to fill the room. A feeling that I couldn’t ignore any longer. I sat down on my bed, and glanced over at the now slightly open door.

My room was…empty. No one was in front of my bed, but the cold feeling was still there

I looked around, straight at the darkness, looking for something, until I finally decided to look down. A wave of relief took over me. There, watching me from beside my bed, was Anger. My cute little pup was just looking up at me by the edge of the mat I have in front of my bed

As soon as she noticed me watching her, she jumped into my bed, and crawled into my arms, taking my fears away. It may be dark, but at least I am not alone

I sighed and relaxed. I curled under my covers with Anger next to me. I finally started to fade away into a sleepless dream

And then, a sound made me shiver from head to toe. A snore, coming from the living, where Anger’s bed was. And immediately, the door shut with a crash.

I froze in bed, feeling how whatever thing that was in the bed with me started to move, the sound of bones cracking next to me filling the previous oppressive silence. And as much as I opened my eyes, I couldn’t see anything. I tried to scream, but something was pressing against my mouth. A crushing weight pushed me into my bed.

The last thing I saw before losing myself into the darkness was a pair of red yellowish eyes in front of my face and sharp white teeth…

A trip with the guys

We all got the invitation. We were supposed to go to the forest, to the old cabins and stay the whole weekend.

We were received by a young man, who cheerfully invited us in, showed us around, and welcomed us in. The first thing we did was to look around the place, explore the cabin, discover it had several rooms and a kitchen. It was nice and felt cozy. I chose a room that looked out into the forest.

After that, we joked around and started preparing the grill. We saw some trees around the edge of the forest that were already cut down, so we had plenty of wood available. We all had brought some food from home, as well as some drinks. Our host took out of the cabin a cooler stuffed with beers and then swiftly helped us build the fire, placing the wood in the ideal places for it to lit for hours. I was still uncertain if he was the one who had sent the invite or not.

I talked about that with the boys, and one of them, Paul, said that this had been his idea. We all cheered him on, and we opened our first beer of the trip. I went to check the grill while the rest drank to his name, taking some seats around the fire. The host disappeared inside the cabin and when he came back, he was carrying a huge chunk of meat for the fire. The mix of spices in the meat smelled delicious. When I saw that,I got some sausages ready, they were crisp and juicy. Kevin had even brought marshmallows, which got a laugh from all of us. Paul got up and helped the host with the meat, chatting, but I couldn’t hear what they were saying with the noise of the bonfire.

I looked around, getting an eerie feeling from the forest behind me. I turned my head over there, but I was only welcomed by darkness and nature. I turned back to the fire and closed my eyes. I tried to feel good, focusing on the sounds of my friend’s laughter, but all I could focus on was the rustle of the leaves and the faint whispers from far away, which I wish would stop. Not even the food gave me the comfort I so desperately wished for.

Paul came up to me and gave me a plate with meat. I took a bite and it felt weird. Yes, it was soft but there was something odd about it. “Does anyone notice anything… Weird with the meat?” I asked out loud. “Must be the spices. Local grown”. Paul answered back, almost immediately. Weird that he knew that… Nobody else said a word, chewing and drinking, and laughing. Everyone seemed to be enjoying the food, they ate almost all the meat. The host just watched us eat and talk among ourselves.

The night was falling fast, and the dark was feeling closer and closer. I could only see the edge of the forest now, barely.The bright eyes of the host creeped me out but I said nothing. My friends kept on eating but I just couldn’t anymore. I just waited for them to finish so we could move on with our night.

Kevin was a little drunk already by the time he finished his food. He had always been a lightweight. He said, way too loudly, that he had to pee. He got up and walked into the forest, wobbling around the roots and branches on the floor. He went behind a couple of trees and disappeared from sight.

I wanted to go with him. I wanted to go to my cabin. I wanted to go as far away from the host as possible. But I waited for Kevin to return. And waited. And waited. And then, I heard it: A loud scream coming from the forest, specifically from the area Kevin had disappeared in. No one seemed to have noticed it, everyone kept on talking and eating and drinking. I stood up and looked into the forest, paling a little bit as the panic in the voice sunk in. It could have been Kevin, but somehow, it felt… wrong. It felt alien. It sounded dangerous. 

Paul looked at me, smiling “Want to take a pee too?”. The rest of the crew laughed. I was paralyzed. I looked around, frightened. The noises and smells were overwhelming. I couldn’t think straight. I just ran.

I thought I was running in the direction of the cabins, but I couldn’t see them. Everything was dark. I could hear Paul tell me “Where are you going?”, like he was standing next to me

I turned around and I could see him, only it wasn’t really Paul. His face had a horrible evil grin and his laugh, Gods his laugh sounded so wrong, it gave me chills as soon as I heard it.

It then showed me Kevin’s face. And the host. And mine. The grin kept growing, I could feel it engulfing me. “Everything will be fine. We will have fun together”.

He tried to grab my arm, his hand felt slimy and warm. I jerked back, afraid. I tried to run into the forest, away from them and their crazed smiles.

I could hear the voices behind me, but I didn’t stop. I knew I couldn’t. I saw the trees, getting closer, and yet, somehow, getting darker.

I ran until I didn’t hear them anymore. I was alone, only darkness and trees around me. The only thing I could hear was my breathing. I leaned into the nearest tree to try and catch my breath, while I tried to think of a possible solution and explanation to my situation.

I decided to keep going deeper and deeper into the forest, where I could notice the trunks of the trees getting closer and closer. I could feel the foliage against my legs and arms. And then, I stepped on something. Something… unexpected. Something gooey. I stopped and looked down, the little light the moon provided let me see blood and something like a gelatin. I took my foot out of it and I leaned down, it smelled funny and I could feel an awful warmth coming out of it.

I wanted to look away from the scarlet liquid, but couldn’t help but follow the trail, which led me straight to a bag of marshmallows, and a hand that looked familiar. I looked closely, covering my mouth and nose with my hand. The hand on the floor had a small cross tattooed. I let out a gasp and took a step back. It was Kevin’s hand.

Coming from his direction, I could hear his voice telling me “Come with me. It will be fun”. I knew better than to stop any longer, and kept running towards the dark trees.

I kept listening to the laughs and the deep voice of Kevin, the tree branches scratched my face but I didn’t stop until I reached a lake and suddenly everything was quiet. I was completely alone. No noise around me. No evidence of what just happened. I sat by the shore and took deep breaths. In and out, in and out. I felt my heartbeat back to normal and decided it was a good moment to analyze what had just happened.

Paul never laughed in our gatherings, he was always so grumpy and mean towards all of us… why was he laughing so much? Was it the alcohol? Perhaps the meat the host gave us?

After a couple of deep breaths I turned around to look at the forest. If that thing had been following me, I wouldn’t let it surprise me. Everything was quiet, no movement nor noise around me, even the voices from the cabin had disappeared.

Every time I closed my eyes, I could see Paul’s face, laughing at me, hunting me. We were never that close, but I had never suspected he could be so… mad. I wondered if the guys had noticed anything like that before. Hadn’t thought of them at all since this nightmare started. I closed my eyes and stood up, I had to go back, I knew that. I had to figure out what was really going on. 

I saw towards the forest, and could make out the path to the cabin, the lights still on, and I started walking, careful of not making any noise. The silence was absolute, which was quite disturbing. I walked faster, careful not to step into anything and make myself heard. 

After a couple of minutes walking I started to hear things again, the peace and quiet from the lake slowly disappearing. As I got near the clearing of the forest by the fire of the cabin I regretted my decision. I should have stayed by the lake, away from all of this. People were laughing hysterically, their faces had disturbing smiles and their eyes, those eyes I will never forget, large dark pupils in all of their eyes, as if they were on drugs but we’ve all eaten the same meat. How was this happening?

I tried to play it cool, act as if nothing had happened, and casually asked out loud: “Hey guys, have you seen Kevin?”. They didn’t answered me directly, just kept laughing, louder each time. I was about to go back to my car, drive as far away as I could from there, when someone placed a hand on my shoulder, and handed me a beer. “I’ve been looking for you! Kev just went to the bathroom. You feeling good?” It was Paul.

I walked backwards, trying to keep myself away from him, and stumbled. He grabbed me before I could fall. “Sit down, take a drink, and relax. You will feel better soon, you are among your friends”.

I tried to check for anything wrong with all of them. Their smiles. Their eyes. They looked like my friends, but my gut told me they were not. I close my eyes and took a sip of the beer, staying away from the meat. The beer tasted good against my tongue, so I took another sip, a larger one and sighed. I could feel my body relaxing. My panic was going away, and I could see them having fun. The fear seemed so far away… maybe it had been a vivid hallucination.

I had almost finished my beer when I thought of Kevin again. It had been too long for a bathroom break. The panic started to come back, so I got up from my chair. Almost immediately, Paul came with me. “You want some steak? You like it rare, don’t you?” I shivered at the thought of it, and finished my beer instead. “No, thanks, I… have to go to the bathroom”.

I walked to the bathroom of the cabin, and found it wide open. Kevin was nowhere to be found. The memory of his bloody arm haunted me, so I went inside and splashed some water in my face, trying to get rid of that image, unsure if it had been real, or if it was one my brain made me believe. 

When I lifted my head and looked in the mirror I saw how my face started to shift, slowly, oh so slowly, my lips started to lift, to become a wicked smile, the one I saw earlier. I tried to think what could have caused it. And then I felt a beer aftertaste in my mouth. And I smiled. 

Pesadilla

Las luces lastimaban mis ojos, no podía recordar dónde estaba ni cómo había llegado ahí. Intenté volver a dormir para evitar el ardor en mis ojos e ignorar el dolor que me recorría.

…Íbamos en una carretera, varios coches alrededor, estábamos contando chistes y disfrutando la compañía. Nadie se dio cuenta del accidente que estaba a la vuelta…

Desperté gritando, una mujer vestida de azul intentaba sostenerme en la cama para que no cayera. Decía algo pero yo estaba demasiado alterada y no entendía. Al darse cuenta de que no podría tranquilizarme de esa manera, vi cómo otra persona vestida de azul se acercaba y de pronto todo se tornó borroso.

…Había una pendiente y los coches se destruían en la caída. Nos subíamos a una placa metálica que resbalaba por la pendiente y así evitar rodar y lastimarnos. Había tierra y piedras alrededor de nosotras. Sentía tus brazos en mi cintura para evitar separarnos por la velocidad de la caída…

Podía escuchar a alguien hablando, aparentemente de mí.

– Sus signos vitales están estables. Me preocupa su nerviosismo y las pesadillas pero son reacciones normales ante tales sucesos.

 – ¿Ya puede irse o deberá permanecer más tiempo aquí?

Intenté moverme, en vano. Me dolían las articulaciones, sentía un gran peso en ellas; la cabeza me zumbaba y los ojos me ardían. Quise hablar para que las personas que estaban cerca pudieran oírme, pero no logré más que causarme una molestia en la garganta.

– La mantendremos en observación antes de dar el alta. Fue un trauma muy fuerte y podría necesitar revisión psiquiátrica.

Eso último me asustó, ¿qué pudo pasar para que necesite «revisión psiquiátrica»? ¿O no se refería a mí? Dejé de poner atención a las voces, comenzaban a decir cosas que no entendía y la cabeza me dolía al tratar de comprender.

…Estábamos en una casa de fraternidad. Había personas platicando; habíamos llegado a una fiesta, al parecer. Te estaba ayudando a caminar cuando un par de muchachas se acercaron a nosotras, nos ofrecieron ayuda y entramos a la casa…

Sentí un piquete en el brazo, abrí los ojos y vi a la misma mujer que me sostuvo cuando grité. Estaba sacándome sangre.

– Hola, linda. No te asustes, sólo es un poco para revisar que ya estés bien y puedas ir a casa.

La miré con extrañeza, no sabía dónde estaba y ella estaba demasiado segura de que iría a casa. A menos que estuvieras aquí, no tenía cómo irme. Tú eras quien siempre manejaba. ¿Dónde estabas? Me quedé dormida pensando en ti.

…Pasamos varios días en ese lugar, convivíamos con todos. Un día vi que, ya muy entrada la noche, una chica caminaba hacia el jardín y a la mañana siguiente no apareció. Me dio curiosidad y comencé a prestar más atención a los que me rodeaban…

– Melissa, necesito que despiertes.

Abrí los ojos. Era de noche y la misma mujer que me sacó sangre estaba en mi habitación. Me ayudó a incorporarme en la cama y se sentó en una silla que no había visto.

– Nadie ha venido a decirte dónde estás ni qué está sucediendo, ¿cierto? – Asentí ligeramente para no ocasionarme ninguna molestia -Estás en el hospital, te encontramos en el estacionamiento con varias heridas e inconsciente. Necesitamos que recuerdes lo qué pasó para poder darte de alta.

Mi mente estaba nublada, no recordaba mucho y menos por qué había llegado al hospital. La enfermera salió de la habitación, dejándome pensando, buscando las respuestas a lo que había sucedido.

…Una noche decidí seguir a una chica al jardín, justo a la zona donde desapareció la primera. Lo que encontré detrás de los arbustos fue aterrador, una de las chicas estaba en el pasto, el vaso de alcohol tirado a sus pies, su piel se veía pálida y dura mientras sus ojos estaban abiertos con una expresión de terror. Su garganta tenía una gran herida, al igual que sus muñecas y se veía un poco de sangre seca…

Un grito me despertó, el mío. Estaba sentada en la cama del hospital y había un hombre sentado enfrente con una libreta.

– Melissa, ¿recuerdas qué sucedió?

– No, no exactamente-. Mi voz sonaba ronca y rasposa. El hombre anotó algo en su libreta.

–  ¿Qué recuerdas?

– Recuerdo que había sangre y un par de personas mordiendo a una chica en medio del bosque.

El hombre asintió e hizo alguna anotación, se levantó y llamó a una enfermera, no pude escuchar lo que decían. Salieron de mi habitación y me acosté.

…Días después de encontrar varios cuerpos en las mismas condiciones, llegué a la conclusión de que el alcohol tenía algún tipo de somnífero que impedía que las personas gritaran. Te busqué por la casa, estabas en nuestro cuarto.

Necesito que permanezcas aquí dentro,- abrí el vestidor.

 – Prométeme que no saldrás hasta que yo venga por ti.

¿Por qué? – Tus ojos de duda me observaban, inquietos.

No puedo explicarte ahora, pero debes escucharme y hacer lo que te digo.

Melissa, si algo está pasando debes decirme,- fruncías el ceño y cruzabas los brazos, consciente de que te estaba ocultando algo.

Algo pasa aquí, no sé qué es pero es malo. No quiero que algo te pase, por eso te estoy pidiendo que te quedes.

No me quedaré, iré contigo. Así que, habla.

Eres necia. Ven conmigo pero prométeme que no te alejarás.

Lo prometo, no tienes que preocuparte todo el tiempo por mí- te sentaste junto a mí. Te abrazaba mientras recargabas tu cabeza en mi hombro, el olor de tu cabello me tranquilizaba…

Los ruidos en la ventana me despertaron, estaba en otra habitación. Había altas ventanas con barrotes y no había decoración en las paredes. Una enfermera desconocida entró y revisó mis monitores, sin decir palabra volvió a salir pero pude ver que afuera decía «Pabellón psiquiátrico». A lo lejos podía escuchar gritos y algo dentro de mí se alborotó, poniéndome sumamente nerviosa.

…Estábamos cerca de la barra, ibas tomada de mi mano mientras te dejabas llevar por la música. Todos actuaban normal, enfiestados, gritando y bebiendo.

Deja de estar tan rígida, alguien se dará cuenta que no te estás divirtiendo,- sonreías mientras hablabas, esa sonrisa radiante que más de una vez me ha dejado sin palabras. Te sonreía y te atraía hacia mí, besando ligeramente tu frente. Nos acercábamos a la barra, para ver a las personas que se acercaban a tomar. Me llamaron y me alejé un minuto, pero ese minuto bastó para que alguien te diera un vaso y comenzaras a tomar…

Oía las voces pero no estaba segura de quién hablaba, decían que había empeorado y que tenía que quedarme más tiempo. Después de todo lo que llevaba en el hospital ya no importaba si me quedaba un día más o un mes, mi cabeza estaba llena de preguntas, sobre todo acerca de tu paradero.

…Estabas bailando junto a la alberca, me acercaba y percibía el olor a alcohol en tu aliento.

¿Estás bien? – Ponías tus brazos alrededor de mi cintura y continuabas bailando, dejándote llevar por el ritmo que emitían las grandes bocinas. Dabas un paso atrás y caíamos dentro de la alberca, te reías y disfrutabas del agua, música y alcohol. A lo lejos podía ver cómo dos chicas salían al jardín, con vasos en sus manos y cantando mientras caminaban. Salí de la alberca y corrí tras ellas. Estabas junto a mí, a punto de salir al jardín cuando oímos un grito. Al ver al interior del lugar, había una joven tirada en el suelo con sangre alrededor de su cuello. Hincado junto a ella había un muchacho cuya dentadura se veía modificada, largos y afilados colmillos. Gritabas y todo se salía de control…

Desperté sudando, había poca luz en la habitación y sólo se escuchaban los gritos de los otros pacientes. Miraba a la ventana y te veía, tan hermosa como siempre.

– ¿Eres tú?- Mi voz sonaba ronca y temía estar imaginándote.

– Tranquila- tu voz era dulce y melodiosa, te sentabas en la orilla de mi cama. Acomodabas mi cabello detrás de mi oreja y me mirabas, tu rostro cada vez más cerca de mí, tus ojos brillaban, pude ver tus labios y como al momento de separarlos tenías esa dentadura tan aterradora como la que vi en mi sueño. Grité cuando te abalanzaste a mis venas.

…Cuando abrí los ojos, vi tu cuerpo en el piso de madera de la fraternidad, sangre en tu cuello y muñecas. Miraba alrededor y sólo veía cuerpos y pedazos de terror. Oí tu voz por última vez y me desmayé…

Bibliotecas…

Visitar bibliotecas siempre es un viaje al pasado, es un ir y venir sin moverse del espacio físico en el que estoy en estos momentos.

Los libros no son únicamente las letras que cada autor dejó plasmadas en el papel, son mucho más, parte de ellos, pedacitos que fueron dejando para que el resto del mundo los conozca, aún cuando ellos ya no están entre nosotros.

Me paseo entre los pasillos y veo tanto nombres conocidos como unos completamente nuevos. Al verlos, logro hacer conexiones entre ellos, pensando que habrían logrado tener conversaciones maravillosas a pesar del tiempo que los separó, o que habrían debatido hasta el cansancio sobre el punto de vista respecto a algo.

Visitar librerías es un viaje al pasado sin moverme de mi espacio, es una oportunidad para que mi mente vaya a algún otro lugar, a aquellos momentos en que esa persona plasmaba sus ideas, esos instantes en que me compartían lo que pensaban y la manera en que lo iban a contar. 

Caminar entre libros es sentir como si todos ellos siguieran vivos.

-N

Un último adiós

Veo como todo continúa; vas caminando por la calle, te ves feliz. Espero realmente lo seas y no estés fingiendo para que la gente evite preguntar por tu bienestar. Después de verte regresé a mi departamento, las cajas invadían el lugar, mis maletas estaban listas y Luna, mi perrita, corría entre ellas mientras Venus, mi gatita, dormía sobre la caja más grande. Ya casi llegaba el día, mañana me iría de este lugar. Era un gran paso, algo difícil porque aquí crecí de maneras que creí imposibles a tan corta edad. El boleto de avión descansa sobre los estantes de la cocina. Me senté entre las cajas. 

De pronto sonó mi celular, era Claudia insistiendo que todos nos juntáramos para disfrutar mi última noche en la ciudad. Tomé mi bolsa y salí hacia la dirección que me había dicho, no era desconocida pues normalmente nos reuníamos ahí. Llegué y ya había cervezas y comida en la mesa. Todos me recibieron con abrazos y comenzamos a platicar, varios preguntaban si estaba nerviosa y si ya estaba todo listo en mi ciudad destino. Fue una noche terriblemente amena y dulce, me di cuenta de lo mucho que iba a extrañar a mis amigos. Habían pasado varias horas, casi al final de la noche, cuando sonó el timbre. Entraste a la sala donde estábamos todos reunidos, te acercaste y me saludaste como si fuera cualquier reunión, esa actitud era normal entre nosotros.

Muy entrada la madrugada informé que ya me retiraba, pues salía temprano al aeropuerto. La despedida definitiva había llegado. Abracé a todos y cada uno de los ahí reunidos, dejándote para el último. Ofreciste llevarme a mi casa, tranquilamente acepté. 

Caminamos al carro, me abriste la puerta y después te sentaste tras el volante. Nos quedamos en silencio durante el trayecto a mi casa; una vez ahí apagaste el motor y nos quedamos en silencio por unos minutos. 

– ¿Ya tienes todo? -Tu voz estaba por debajo de lo normal, me di cuenta que temías la respuesta, lo cual me sorprendió.

– Sí, mañana en la noche viene el camión que llevará cosas a la bodega y el resto se enviará a la nueva casa-. Suspiraste ante mi respuesta, tu serenidad de la noche estaba desapareciendo. Giré mi mirada hacia ti, sin saber qué esperaba ver. Tu mirada estaba centrada en el volante, evitando dirigir tus ojos hacia mí. Estiré mi mano y toqué la tuya, que aún descansaba en la palanca. Al sentir el contacto de mi piel volteaste a verme, no podía leer tus ojos pero sabía que querías decirme algo y por primera vez, no te atrevías a hablar. Iba a retirar mi mano cuando la apretaste, jalando mi cuerpo cerca del tuyo, me abrazaste. -Necesito entrar, faltan pocas horas para que tenga que viajar. 

El abrazo duró unos segundos y bajaste del auto, hice lo mismo. Abrí la puerta y entraste conmigo, dejé mi bolsa en la repisa junto a mi boleto. Dirigí mi mirada hacia ti, me miraste con esos ojos que pocas veces me pude resistir. En un arranque desenfrenado, ya sea por mis sentimientos o porque sabía que no te volvería a ver en mucho tiempo, te besé al mismo tiempo que tus brazos me rodeaban. 

Volviendo a las andadas…

Tenía años sin escribir aquí, han pasado muchas cosas pero a la vez no. No estoy segura qué fue lo último que sucedió, qué me llevó a recordar que yo escribía para no olvidar lo que vivía. Llevo aquí tantos años que ya no recuerdo cuándo comencé esto. 

A lo largo de los años he perdido amigos, personas amadas, he enfrentado enemigos y diversas enfermedades. Sin embargo, enfrentar la pandemia de COVID ha sido uno de los mayores retos. Me mantuve al margen de los sucesos, evitando los lugares de muerte pues sabía que tarde o temprano alguien vendría por esas almas y no quería ver a ese alguien. Tal vez es por eso mismo que decidí olvidarme de este diario y continuar con mi día a día, explorando la ciudad y ayudando un poco dando palabras de esperanza, nunca he pertenecido a una fe específica así que prefería dar únicamente palabras de aliento.

Fueron dos años muy pesados, la muerte rodeaba a todo el mundo, nadie escapaba de la enfermedad. Después de ver tanta perdida, algo en mí despertó y decidí compartir mi historia y así redescubrir quién soy y lo que ha pasado en las sombras a lo largo de los años.

-N

Conexión Letal

Muchas generaciones fueron capaces de definir su historia tomando como guía algún momento en específico que todos recordaban: Las guerras mundiales, el hombre llegando a la luna, la caída del muro, el atentado de las torres… momentos que cambiaron la manera en que el mundo funcionaba. Era natural pensar en la siguiente instancia, el siguiente gran momento. Hasta que llegó, y me quedó claro que sería la última vez que se viviría algo así.

Yo estaba en el trabajo, cuando se fue la luz. Mis compañeros y yo esperamos varios minutos a que volviera, hasta que mi jefe salió de su oficina, molesto, y nos dijo que podíamos irnos. Todos se dirigieron al estacionamiento, y aunque me ofrecieron un aventón, me negué, fiel a la idea de que caminar a casa era lo único que me mantenía saludable. Me despedí de todos, y me fui a cambiar, para tener una caminata más cómoda, sin saber que sería la última vez que los vería

La ciudad estaba más ruidosa que de costumbre, pero conforme iba avanzando y me alejaba del centro de la ciudad, la atmósfera se volvió más silenciosa, con apenas algunos ruidos de autos a lo lejos. Algunos negocios ya habían cerrado, antes de la hora habitual, pero no le di importancia. Pero conforme me acercaba a mi casa, la sensación empezaba a alterarme cada vez más. Traté de usar mi celular, pero la pila se la había terminado, y no había podido cargarlo antes del apagón. Pensé que al llegar a mi casa me sentiría más tranquilo, pero cuando noté que aún no había electricidad, perdí la cabeza. Desesperado por saber qué estaba pasando, recordé la vieja radio de baterías que me había quedado de cuando desocupamos la casa de mi abuela y la prendí, como una última esperanza.

Lo que encontré al prender la radio me dejó helado. Una alerta de emergencia nacional, pidiéndole a la gente tener mucho cuidado, no usar aparatos eléctricos y de preferencia no salir de sus casas. Que pronto tendríamos más detalles. El mensaje se repetía cada minuto, sin parar, en todas las estaciones. Escuché ese mensaje al menos una vez al día, con la esperanza de que cambiara, hasta que se volvió ruido de fondo. Para cuando se acabaron las baterías, varios meses después, ya me había hecho a la idea de que las cosas no cambiarían.

Los primeros días acaté las instrucciones a la perfección. La vida sin electricidad hizo que priorizara comer lo que estaba en el refrigerador, pero ni mi mejor esfuerzo podía hacer que durara más de una semana, así que me empecé a hacer a la idea de salir a la tienda, tal vez alguien encontraría a alguien más, que pudiera darme más información.

Nada pudo haberme preparado para la desolación a mi alrededor. El silencio, que antes había buscado con ansias, ahora me parecía desesperante, y el vacío en las calles, sumado a la oscuridad en las ventanas, me hacía sentir en un pueblo fantasma. Las tiendas a mi alrededor mostraban signos de haber sido saqueadas, pero no de una manera ordenada, mucho menos total, y pude agarrar algunas cosas, tanto para ese momento, como para llevar a casa. Poco a poco se volvió parte de mi rutina, buscar nuevas tiendas, con nuevas cosas, y una esperanza cada vez menor.

A veces, sobre todo en las noches, escuchaba ruidos metálicos a la distancia. Era difícil estimar qué tan lejos o cerca se encontraban, siendo lo único que se escuchaba, fuera de algunos pocos animales, el viento o la lluvia. Pero siempre que lo oía, sentía un escalofrío recorrer mi cuerpo, que me dejaba en claro que era un mal augurio. 

Ni siquiera mis peores temores pudieron haberme preparado para mi primer encuentro con los causantes de semejante caos. Sucedió en una de mis expediciones, de manera inesperada. Al momento que doblé la esquina, empecé a escuchar unas voces a lo lejos, e instintivamente me escondí. Volteé en la dirección de los ruidos, y pude ver claramente a unos adolescentes arrastrando a un anciano quien, aunque a veces parecía querer liberarse, los miraba con resignación. Lentamente, sin decir palabra, lo subieron al asiento del copiloto, uno de ellos se subió al del piloto, y el otro se quedó afuera. El piloto encendió el auto, y un sonido infernal se escuchó. Lo reconocí de inmediato como el sonido que escuchaba a ratos, y ahora sabía que provenía del automóvil. A continuación, pude ver como el auto se compactaba, hasta ser poco más grande que un bote de basura, haciendo un estruendo cada vez mayor, para, después de unos minutos, volver a tomar la forma de un auto, aunque esta vez, uno marginalmente más nuevo. El joven que se había quedado afuera ni siquiera se movió ante semejante espectáculo y una vez el auto estuvo nuevamente en su condición normal, empezó a caminar, moviendo su cabeza para todos lados, como rastreando algo. Para mi sorpresa, el auto arrancó a su lado, como si estuviera guiándolo. 

Por el impacto, yo ni siquiera me había movido, y cuando noté que avanzaban en dirección contraria a la mía, decidí darme vuelta y regresar a mi casa por un camino distinto al que me había llevado ahí. Hice lo posible por no hacer ruido, y logré huir. Antes de dejarlos atrás, eché un último vistazo atrás, y pude ver con claridad que entre el joven y el automóvil había un cable que los conectaba.

De regreso a casa puse especial atención a cualquier ruido a mi alrededor, lo cual era difícil por la fuerza con que latía mi corazón. Una vez estuve seguro que no me seguían, me metí a una tienda, y empecé a revisarlo todo con detenimiento. Abajo de varios de los refrigeradores y aparatos que seguían conectados, se podía observar una especie de fibras, como venas, aparentemente de metal. Algo en mí tenía el impulso de acercarme, de tocarlo, pero logré contenerme y volver a mi casa.

A partir de ese momento me volví más alerta. Agradecí haberme mudado poco tiempo atrás, y no haber priorizado comprar una televisión o algún otro aparato. Incluso agradecí no haber tenido mi celular con batería, consciente que eso pudo haber salvado mi vida. Pero también empecé a notar que no estaba a salvo. Los aparatos eléctricos que tenía, aunque no tuvieran energía, si presentaban esas fibras, y no sé si era mi estrés, pero podía jurar que se movían. 

De una cosa sí estoy seguro: Los ruidos eran cada día más fuertes y más cercanos. Ya no me sentía seguro en mis salidas, pero sobre todo, ya no me sentía tranquilo en mi casa. Me despertaba en las noches a revisar que el refrigerador no se me hubiera acercado, que el celular no hubiera dejado el cajón en que lo dejé desde el día que empezó la crisis. Pero no tenía el valor de buscar otro lugar donde pudiera esconderme, resguardarme y sentirme seguro, entonces no hice nada. Y no lo hubiera hecho si la luz no hubiera regresado.

Estaba fuera de casa cuando pasó. Un estruendo horrible, cuando cientos de televisiones se prendieron simultáneamente. El leve zumbido de los focos, al que ya no estaba acostumbrado, invadía mis oídos, pero sobre todo, el miedo cuando noté que, no bien empezaron los ruidos, todos los aparatos empezaban a expandir sus raíces. Lo que sea que hubieran ideado para detener el avance de la invasión había fracasado. Y con ello, no me quedó más que huir.

Corrí durante horas, a sabiendas que cada pausa que tomaba me podía costar todo. Cada vez que lo hacía, veía como los edificios se cubrían más y más de ese elemento azulado, que los envolvía, expandiéndose cada vez más. Y para mi preocupación, cada vez estaba más cerca de la calle. No podía estar seguro, pero algo en mí sabía que, en cuanto tocara uno de esos cables, todo acabaría para mí, así que seguí corriendo. 

Pero ya no tengo fuerzas. Encontré una banca en algo que solía ser un parque, y colapsé. Puedo escuchar el ruido incesante de las máquinas a mi alrededor. Puedo ver los cables avanzar en mi dirección. Puedo sentir como mi cuerpo me pide rendirme, tomar uno de los cables y dejarme ir. No sé cuanto más pueda resistir. No sé cuanto más pueda escapar.

En mi sueño, veo un rostro en una pantalla, llamándome por mi nombre. No recordaba cuánto extrañaba escuchar una voz. Me pide que me acerque, que sea uno con ellos. Su rostro cambia. Mis padres. Mis amigos. Mis compañeros de trabajo. Todos me piden que me les una. Extiendo mi mano. Veo mi rostro en la pantalla, y siento una corriente eléctrica recorrer todo mi cuerpo.

Instinto Felino

…Ónix afiló sus garras una última vez sobre el cadáver de su dueño.

Era una fría tarde de invierno, época en que los animales buscan un refugio cálido para no morir congelados, pero ese gatito negro caminaba entre la nieve como si no le afectaran las bajas temperaturas del bosque. Se aproximó al poblado y trepó un árbol, tranquilamente se acomodó en una rama y comenzó a limpiar sus patas de los restos de nieve y tierra que pudieran quedar tras su larga caminata. Detenidamente observó la veintena de luces de las casas cercanas, como si pudiera observar todo lo que pasaba dentro de cada una. Dejando su patita a medio aire, fijó sus ojos en la casa más ruidosa y llamativa. Ágilmente bajó el gran árbol y reanudó su caminata hacia el pueblo.

Se movía entre las sombras, evitando a la gente y los carros que se dirigían a sus hogares para terminar el día, la energía de la casa lo guiaba entre el tumulto. Finalmente llegó y rápidamente se acercó a la ventana y observó lo que sucedía. En el interior se veía una familia sentada lista para cenar, sin embargo, se palpaba un aire tenso y casi no hablaban entre ellos.

Sin mayor preámbulo, comenzó una tormenta y el animalito decidió rascar la ventana para hacerse notar por la familia. La adolescente fue la primera en levantar la mirada y no pudo resistir correr a abrirla para meter al pobre minino que estaba empezando a mojarse. Lo tomó con cuidado y se acercó a la chimenea para que el negro y suave pelaje se secara y pudiera entrar un poco en calor, cargándolo intentó convencer a sus padres de permitir que se quedara.

– Al primer destrozo se va a la calle-, fue lo último que dijo su padre.

Emocionada con la respuesta de sus padres, se dirigió a su habitación con el animal y un plato con un poco de agua y algo de comida que supuso no le haría daño. El gato se comportaba inmensamente dócil y cariñoso con la joven, y al llegar la noche se acurrucaron juntos en las cobijas, resguardándose del frío de la tormenta.

Alrededor de la medianoche, la joven comenzó a quejarse y moverse, resultado de una pesadilla. Acto seguido, el negro animal se acercó a su cabeza y comenzó a ronronear para calmarla. Así se acoplaron a una rutina nocturna, si ella tenía pesadillas, el minino subiría a su almohada para ronronear y calmar a su nueva dueña.

Sin embargo, las pesadillas sólo fueron el comienzo, pues cada noche eran más vívidas y atemorizantes, ocasionando que la joven despertara aterrorizada y con pequeñas y desconocidas heridas en sus manos. 

El negro animal llevaba ya cinco días viviendo con la familia, veía que cada día se alejaban más unos de otros, especialmente la joven que lo había adoptado, quien se estaba aislando casi totalmente de los demás. Al mismo tiempo, las heridas en sus manos y piernas aumentaban y se volvían cada vez más profundas pero su origen seguía siendo un misterio para la familia. Apenas y comía, y su piel palidecía de manera alarmante, pero nada delataba la razón de lo que sucedía. A la vez, el pelaje del animal se veía más brilloso y suave, sus amarillos ojos brillaban cada que la joven se acercaba y lo acariciaba.

Una noche, la joven se encontraba cerca de la chimenea cuando comenzó a escuchar un terrible zumbido en los oídos y de pronto se quedó inerte, como si se hubiera apagado. Segundos después, se levantó del mullido cojín sin emitir palabra. Sus ojos estaban desenfocados, actuaba como marioneta mientras se dirigía a la cocina y tomaba el cuchillo más filoso. Sigilosamente, subió hasta la habitación de sus padres, quienes se preparaban para irse a dormir.

Al abrir la puerta, pudo ver a su madre sentada en la cama, poniéndose crema en las manos, tranquilamente caminó hacia ella. Sin darle oportunidad a la mujer de reaccionar, la joven le clavó el cuchillo en el cuello. La sangre salpicó por todas partes, inundando la habitación con su olor metálico. Estoica, ella recuperó el ensangrentado cuchillo, sin inmutarse cuando este hizo un ruido desagradable al salir de la carne de su madre. Se dirigió al baño, donde su padre estaba lavándose los dientes, ajeno a lo que había sucedido. Aprovechando el momento en el que se agachó a enjuagarse, apuntó la punta del cuchillo a su nuca y rápidamente lo clavó en su cuerpo.

Tras admirar un par de minutos ambas sangrientas escenas, se dirigió nuevamente a la cocina, donde el negro minino la observaba con sus grandes ojos amarillos. Se sentó frente al animal y giró su muñeca, direccionando la punta del cuchillo a las costillas, clavándolo lentamente hasta lograr perforar su pulmón. En ese momento algo dentro de ella despertó y sus ojos se llenaron de terror. La joven pudo ver al gato acercarse, con una mirada que no parecía tan inofensiva como cuando permitió que entrara a la casa para resguardarlo de la lluvia, una mirada de gozo ante lo que observaba. Lentamente, la joven fue perdiendo el aire hasta no poder respirar más y quedar inerte en la silla de la cocina.

Ónix afiló sus garras una última vez sobre el cadáver de su dueña, rejuvenecido y más fuerte que nunca, antes de regresar al exterior en búsqueda de su próxima familia.

Las muñecas

La tienda de muñecas había estado cerrada por más de cincuenta años, nadie quería que los terribles sucesos se repitieran. 

Amelia y sus primas estaban de visita en casa de sus abuelos mientras sus padres viajaban, las jóvenes exploraban el pueblo donde sus abuelos habían crecido y la vieja tienda de muñecas les había llamado la atención. Cuando regresaron a casa le pidieron a su abuela que les dijera por qué la tienda estaba cerrada y parecía vacía. La abuela se espantó y les dijo que no se acercaran; cuando el abuelo llegó le preguntaron lo mismo y el abuelo únicamente miró a la abuela.

Al día siguiente, la prima más chica de Amelia salió sin las demás. Karen se acercó a la tienda y se asomó por las polvorientas ventanas queriendo descubrir qué había dentro. De pronto sonó una campanilla y la puerta se abrió un poco. Karen entró llena de curiosidad, dentro de la tienda encontró el viejo mostrador vacío y un rastro de relleno en el piso. Exploró la tienda hasta que el reloj de la catedral tocó sus campanas a mediodía, Karen salió sin cerrar por completo la puerta y corrió a casa de sus abuelos.

Esa tarde las primas se quedaron solas con la abuela, y de nuevo le pidieron que les explicara la razón por la cual la tienda estaba abandonada. La abuela se notaba incómoda y se levantó del sillón para agarrar una manta y sus agujas de tejer. Cuando se sentó de nuevo su mirada se veía lejana, recordando los terribles acontecimientos de su infancia.

– Cuando cumplí 7 años mis padres me regalaron una muñeca de porcelana, era preciosa y había sido la primera muñeca que se había vendido en esa tienda. Los dueños se acababan de establecer y estaban ansiosos por ver el negocio despegar. Yo llevaba mi muñeca a todos lados y mi mamá me compró cambios de ropa para que estuviéramos coordinadas todo el tiempo. Con el paso de las semanas las demás niñas del pueblo obtuvieron sus muñecas, cada una más parecida a las niñas que vivíamos aquí.

«La fabricación de muñecas aumentó en la tienda, el esfuerzo que hacían para que las muñecas se parecieran a las niñas era enorme. Las niñas actuaban como si las muñecas fueran sus amigas y poco a poco se olvidaron de sus verdaderas amigas, las de carne y hueso. Los padres pensaron que era una etapa por ser el juguete de novedad hasta que mi amiga Rosa empezó a actuar de manera extraña en su casa. Casi no salía de su cuarto y en las noches tenía que poner su muñeca en una silla junto a la ventana porque decía que tenía pesadillas si dormía con ella. Sus padres pensaron que había escuchado alguna historia de terror, de esas que contaban los viejos en los parques durante la caída del sol, así que no pusieron mucha atención a las continuas pesadillas de Rosa.

Una noche Rosa despertó gritando, sus padres corrieron a verla y encontraron a la muñeca en el piso, entre la silla donde la ponían al darle las buenas noches a la niña y la cama. Rosa gritaba que había visto moverse a la muñeca, que se había levantado y caminado a la cama; mi amiga estaba aterrorizada. Sus padres tomaron la muñeca y se la llevaron a la sala, donde la dejaron en el sillón para que la niña pudiera dormir. Regresaron a la habitación de Rosa y la arroparon, asegurándole que la muñeca no podía subir escaleras, con lo que ella se quedó tranquila e intentó volver a dormir.

Todo parecía normal al amanecer, por lo que Rosa volvió a jugar con su muñeca pero, entre juego y juego, una parte de un brazo de la muñeca se rompió. La niña corrió a la tienda y les enseñó la muñeca a los dueños, ellos sin dudarlo tomaron a la muñeca y la metieron en una canasta llena de hilos y tela. La dueña abrió una puerta de lo que parecía un armario y sacó otra muñeca, ésta se parecía aún más a Rosa. La niña agradeció el cambio y salió corriendo en dirección al parque para seguir jugando.

Varias muñecas se rompieron y los dueños de la tienda las reponían sin comentario alguno, pero la diferencia entre las muñecas y las niñas iba desapareciendo. Las niñas del pueblo volvieron a jugar entre ellas, pero ahora las muñecas tenían un papel importante en los juegos. Los adultos pensaron que era algo normal, un juego entre niñas que incluía a sus muñecas. Mi mamá no me dejaba salir tanto, así que yo jugaba un poco con mi muñeca y luego la metía en su cajita de cristal.

La mayoría de las niñas comenzaron a actuar diferente, tenían pesadillas recurrentes e intentaban que las muñecas no estuvieran en sus cuartos durante las noches. Cada que algún padre de familia movía las muñecas lejos de las niñas, éstas se rompían y las pequeñas llevaban los pedazos a los dueños, quienes simplemente daban una muñeca nueva, más detallada.

El negocio iba tan bien que no tenían problema en cambiar las muñecas rotas por unas nuevas. La gente venía de pueblos cercanos para llevarse muñecas como regalo para las niñas que los rodeaban. La tienda se iba haciendo famosa y las muñecas eran cada día más bellas. El parecido entre las niñas y las muñecas era tan asombroso que se fueron confundiendo, al grado en que los padres a veces no alcanzaban a distinguir quién estaba en la habitación de la niña. Éstas, mientras tanto, se volvieron temerosas de las muñecas y preferían mantenerse calladas durante el día.

Rosa dejó de salir, casi no comía y su interacción con sus padres iba disminuyendo, al grado en que dejó de bajar y se mantenía en su habitación jugando con su muñeca. Una noche, sus padres entraron a la habitación de Rosa y se dieron cuenta que la niña no estaba, la muñeca dormía tranquilamente en la cama y en el piso había un gran charco rojo. La madre de Rosa salió corriendo de la habitación y bajó rápidamente al teléfono para hablarle a mi madre. Mi mamá le dijo que no había notado nada raro en mí o en la muñeca y que seguramente Rosa había tirado jugo en el piso y se estaba escondiendo para no ser regañada.

Rosa estuvo desaparecida todo el día siguiente y su mamá me pidió que entrara a su cuarto para que saliera y hablara con mi mamá en privado. Cuando entré no vi nada fuera de lo normal, la ventana seguía cerrada y la cama estaba deshecha. Me asomé dentro del armario y no encontré nada, busqué en los baúles y tampoco encontré a mi amiga. La mamá de Rosa abrió la puerta y me dijo que ya saliera, que ella ya había buscado a su hija ahí dentro; antes de salir algo me llamó la atención y temerosa me acerqué a la cama. Debajo de la cama se veían las marcas de una mancha, la cual había sido limpiada pero aún se notaba. Le pedí a la mamá de mi amiga que me prestara algo para alumbrar ahí abajo y se agachó junto a mí.

Es difícil describir lo que vi. Fue espantoso, tengo la imagen en mi mente, pero no existen palabras para describir el horror que presenciamos. Cuando quisimos salir del cuarto vimos a la muñeca en la ventana y rápidamente la agarramos y bajamos a la sala. La mamá de Rosa tiró la muñeca a la chimenea y pudimos oler la piel que se quemaba y de entre los pedazos de muñeca un gruñido de dolor.

Las muñecas no tenían alma al ser creadas, para tener una tenían que asesinar a sus dueñas, por eso las muñecas buscaban generar paz y tranquilidad a su niña, para que una vez que confiaran en ellas pudieran matarla. En todas las casas sucedió lo mismo y así, las muñecas reemplazaron a las niñas de toda la ciudad, dejando tras de sí charcos de sangre inocente. La gente estaba aterrorizada y las madres lloraban desconsoladamente por sus hijas. Los padres se organizaron y buscaron todas las muñecas, las atraían como si fueran niñas y cuando podían las atrapaban para llevarlas a la gran fogata que se hizo en el centro del parque…»

– Mi muñeca fue tirada a la pila de fuego, quemada junto con las pocas que fueron encontradas. Nadie encontró los cuerpos de mis amigas y, de la nada, la tienda cerró pues sus dueños desaparecieron una noche. Muchos dijeron que las muñecas que tenían guardadas los asesinaron por no salvar a las demás y otros cuantos dijeron que cambiaron de ciudad para continuar vendiendo las muñecas-. La abuela de las niñas terminó la historia de la tienda de muñecas, dejando claro que era un misterio sin resolver, pero lo mejor era mantenerse alejados.

Las niñas se quedaron calladas, observando mientras su abuela se limpiaba una lágrima que caía por su mejilla.

– Pero abuela, ¿por qué quemaron todas si la tuya nunca te hizo nada? – Karen era demasiado curiosa y no pudo evitar preguntarse si su abuela estaba ocultando algo.

– No estoy segura, mi muñeca nunca me hizo nada, quizá no jugué lo suficiente con ella o cómo era la primera, no se parecía a mí y no habría podido reemplazarme mientras que todas las víctimas eran parecidas a las muñecas-. La mirada de la abuela regresó a sus nietas y les sonrió dulcemente. – No se acerquen a ese lugar y que nadie las vea por ahí. El pueblo quedó dañado y todos quieren superar lo sucedido.

La abuela se levantó y dejó a las niñas en la sala. Las tres se quedaron pensativas y fue Amelia quien decidió que debían ir por un helado y comenzar a empacar, pues sus padres regresarían a la mañana siguiente. Después de comprar el helado, Karen se separó de ellas, diciendo que quería caminar un poco antes de volver con la abuela. Despidiéndose, se dirigió a la tienda.

Entró rápidamente y siguió explorando el lugar. Vio una puerta, como de armario y decidió abrirla. Ahí dentro había una muñeca, tan hermosa como las que su abuela había descrito. Una vez que se terminó el helado tomó la muñeca y la puso en el mostrador. La muñeca se veía normal, con la manga de su suéter le limpió la cara y pudo ver un brillo extraño en los ojos de cristal. Cuando escuchó las campanas que marcaban las 6 de la tarde, corrió fuera de la tienda, dejando la puerta abierta, en dirección a casa de sus abuelos.  

Las maletas estaban listas cuando sus padres llegaron y las jóvenes se despidieron de sus abuelos, tomaron sus maletas y las guardaron en la camioneta del padre de Amelia. Las niñas se acomodaron en los asientos y cerraron las puertas para comenzar el camino a sus casas. Todos iban platicando tranquilamente sin saber que en una de las mochilas de Karen venía una vieja muñeca, deseosa por salir de ese pueblo tras tantos años de espera.