Simples Objetos

Recuerdo perfectamente el día que conocí a Carla. Tenía examen de Cálculo, y necesitaba que me fuera muy bien para poder aspirar a mantener mi beca. Sin embargo, y a pesar de haber estudiado mucho a lo largo del fin de semana, no sentía que había aprendido nada y estaba completamente aterrado. Al llegar a la Universidad, mis nervios eran más que evidentes, por lo que uno de mis amigos de semestres más altos, al notarlo, me dijo: “Pídele ayuda a Carla, ella te ayudará”.

Yo había visto a Carla antes, siempre estaba en el mismo lugar, pero nunca le había hablado. Le dije a mi amigo que no quería ser una molestia, y lo único que me dijo fue “Si estás tan desesperado, y no quieres reprobar, ve con ella. Si no, reprueba”. La dureza de sus palabras fue lo que necesitaba para convencerme.

Apenado, acudí a ella. Estaba trabajando en una computadora, sin hablar con nadie, completamente aislada. Aunque me daba un poco de pena molestarla, el miedo que me producía el examen era demasiado grande que me acerqué a pedirle ayuda en desesperación.

Sin saber cómo presentarme con ella, toqué su hombro y le sonreí. Ella se dio la vuelta en su silla, y sin decirme nada, me dirigió una mirada fría e insensible, analizándome. Debo aceptar que me aterró en un principio. Ni siquiera me preguntó mi nombre, únicamente sobre qué necesitaba, y rápidamente le dije que tenía un problema con Cálculo. De manera automática e inmediata, y sin el menor cambio en su cara, hizo a un lado sus cosas, sacó un cuaderno, y me empezó a explicar.

Una hora le bastó para aclarar absolutamente todas mis dudas. En cuanto empezaba a preguntarle algo, guardaba un silencio absoluto, y en cuanto terminaba comenzaba a explicarme los procedimientos que tenía que seguir. Su razonamiento era tan claro que incluso me hizo sentir mal por haberle hecho perder su tiempo. Pero a ella pareció no importarle, y en cuanto se dio cuenta que yo ya estaba listo, volvió a tomar sus cosas, y continuó trabajando. Horas más tarde, salí de mi examen, seguro de haber dominado todos los temas.

A partir de ese día recurrí a su ayuda con regularidad. A veces me tocaba esperar a que terminara de explicarle a alguien más, pero siempre me recibió. Y no solo eso, ya que no hubo un solo tema con el que yo necesitara ayuda que ella que no dominara, o al menos, del que no fuera capaz de resolver todas y cada una de mis dudas. Su capacidad intelectual era increíble, incluso me atrevería a decir que era abrumadora. Intimidante. Más de una vez aseguré que no volvería a pedirle ayuda, pero inevitablemente pronto tenía algún problema con alguna materia, y tenía que volver a preguntarle. Y ella me recibía, siempre en el mismo lugar.

Un día, después de una ayuda especialmente valiosa, decidí que era tiempo de agradecerle con algo más que un simple “gracias”, y le compré unos chocolates, en una especie de símbolo de agradecimiento por las incontables horas que había pasado explicándome. Esperé todo el día el momento indicado para estar solo con ella, cosa que probó ser muy complicado. Me sorprendí de la cantidad de gente que se acercaba a pedirle ayuda y a los que nunca antes había puesto atención, quienes parecían fluir como cadena de producción buscando su ayuda. Y a pesar de eso, nunca la vi poner una mala cara, negar una ayuda o desconocer un tema.

Sin embargo, y a pesar de la alta demanda de ayuda que recibía, tras varias horas de espera, por fin llegó mi turno sin que hubiera nadie más esperando. Me acerqué como siempre hacía, y la vi repetir la rutina de siempre. Tomó sus cosas, las hizo a un lado, y me preguntó, inexpresiva: “¿Qué necesitas?” Dudé un segundo, pensando en aprovechar esa ocasión para despejar unas dudas, pero me mantuve firme a mi intención de solamente agradecerle, y le entregué los chocolates. Ella los vio, inexpresiva, y me dijo, sin sentimiento alguno: -¿Qué se supone que haga yo con esto?-

-Nada, nada. Es un regalo- le respondí. Ella lo vio, me miró, y cuando se dio cuenta que no le pediría ayuda, tomó sus cosas, y siguió trabajando.
Tardé unos segundos en analizar lo que había pasado, frío. No sabía bien cómo reaccionar ante eso. No estaba preparado para que los ignorara sin más. -¿Acaso no te gustan los chocolates?- Le pregunté, en una reacción casi natural.
-Qué me gusta y qué no me gusta no debería preocuparte en absoluto.
-Pero… te lo estoy preguntando para saber qué te gustaría que te regalara la próxima vez-
-Regalarme algo es completamente innecesario.
-Pero… Quiero agradecerte por todo lo que me has ayudado…
-Innecesario. Irrelevante. Inútil.
-¿Por qué lo dices? ¿Acaso no hubieras podido usar ese tiempo en algo mejor?
-No. Soy un objeto, a los objetos no se les cuestiona. Solamente se les usa.- No hizo ninguna inflexión de voz. No trastabilló. Pude estar seguro de que lo decía en serio. Y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
-¿Disculpa?
-Me oíste bien. No te veo agradeciéndole a tu lápiz por escribir, ni a tu mochila por guardar tus cosas. Yo también soy un simple objeto, ¿por qué entonces me agradeces a mí?
 -¿Por…? ¡Porque tú eres un ser humano! ¡Puedes elegir qué hacer y qué no hacer!
-Falso. Tú me has usado más de una vez. Has dispuesto de mí. Y llegará el momento en que a mí me toque usarlos a ustedes.- Me hundí en el vacío de sus ojos, y pude reconocer que verdaderamente pensaba en ella misma como una máquina.

No dije más. Sabía que no podía ganar. Que no podría hacerla cambiar de opinión. Me di la vuelta y me fui, para no volver a recurrir a ella. A alejarme para siempre del lugar donde ella estaba, y que se había vuelto tan familiar para mí.

Muchas veces a lo largo de mi carrera necesité su ayuda. Muchas veces me recomendaron que la viera, para hacer alguna otra cosa en lugar de estudiar. Pero recordaba sus palabras y no me quedaba de otra sino contenerme. Me enorgullezco de nunca volver a pedirle ayuda. De nunca darle el gusto de “volver a usarla”.

A pesar de ya no verla, no había día que no recordara sus palabras, sus ojos vacíos de vida, su voz inflexible… Era una pesadilla recurrente, y también, una motivación para seguir adelante. Y seguir sin ella. Debo admitir que era muy difícil, mucho más que con su ayuda, pero era lo mejor para mí. Tenía suficiente con mis pesadillas como para hacerlas realidad.

Más lento de lo que me hubiera gustado, me gradué, y eventualmente entré a trabajar. Con cada día que pasaba, su recuerdo se hacía más lejano, y poco a poco fui superando la sensación que me traía. Al menos, hasta que mis amigos de la universidad empezaron a hablarme de “una compañera de trabajo”. Uno a uno, todos y cada uno de ellos, lentamente, me hablaban para preguntarme si recordaba a Carla. Me contaban de ella, y más de uno me comentó que ahora era su nueva jefa. Pronto se volvió una figura recurrente en las revistas de negocios, en los programas de finanzas, incluso en las pláticas de sobremesa, muy a mi pesar. Su crecimiento empresarial era excepcional, y parecía que estaba construyendo un imperio al cual ninguna empresa se podía resistir, sin importar su giro o su tamaño.

Esos mismos amigos, uno por uno, venían a mí para hablar de ella, quejarse de las prácticas despóticas que tenía, de lo difícil que se había vuelto su trabajo a raíz de su nombramiento como encargada, jefa, dueña. De cómo se sentían usados, simples objetos a su disposición. Y yo temía, como cuando me dijo su pensamiento, hace ya muchos años. Era la hora de su venganza, y nosotros éramos tareas pendientes.

Por más que trataba de huir de ella, parecía perseguirme. Sentía que yo sería el próximo, y no quería ni verla. Las pesadillas volvieron. Y fue solo cuestión de tiempo para que comprara mi empresa también. Y una vez que lo hizo, inevitablemente, llegó el día en que tendría que volver a verla, después de tantos años. Un día que había empezado como uno más, me llegó un citatorio para verla en su oficina. Y no había ninguna manera de decirle que no a una cita con la dueña. Ninguna.

Llegué puntualmente a verla. La secretaria me dijo que ya me esperaba, me abrió la puerta, y entré a su oficina. Clara no había cambiado nada desde la última vez que la vi. En cuanto me senté, y sin siquiera mirarme, tomó sus cosas, las hizo a un lado, y sacó una libreta, una rutina que me fue muy familiar -Hace muchos años, hablé contigo, y desde entonces no te volví a ver. Lo recuerdas.
-Así es, lo recuerdo…
-No era pregunta.- Su voz reflejaba la misma inflexibilidad que recordaba, y me daba los mismos escalofríos.
-¿Qué necesita de mí?
-Insistes en tratarme como si fuera un superior. Pensé que hace años había quedado claro que yo…
-Sí, pero yo sigo resistiéndome a verla como un objeto.- No dijo nada, pero por un instante, creo que sonrió.
-Veo que tú tampoco has cambiado. Por eso estás aquí. Desde que compré tu empresa, he recibido una cantidad inconmensurable de quejas a mi forma de hacer negocios. de tratar al personal, y en general de mi manera de trabajar. Simultáneamente, he escuchado una cantidad casi equivalente de comparaciones con tu manera de trabajar, todas ellas positivas en tu favor. Es por ello, y tras un análisis concienzudo, que he tomado la decisión de heredarte todos mis negocios a partir del día de mi muerte.- Me extendió una especie de contrato y una pluma. -Una vez firmes, será todo tuyo.

La noticia me tomó por sorpresa. No hubiera podido suponer nada así previo a esa cita, y aún ahora me costaba trabajo asimilarlo.
-No entiendo… ¿Por qué hacer este tipo de planes? ¿Por qué elegirme a mí?
-Porque las cosas somos reemplazables, efímeras, destruibles. Los humanos no. Y al único al que considero digno de reemplazarme a mí es al mejor humano que he conocido. Prepárate porque el día que tendrás que tomar mi lugar se acerca con velocidad.
-¿El mejor ser humano? Vamos, estoy seguro de que ha conocido mejores seres humanos que yo.
-Falso. Todos ellos, como te dije en su momento, me usaron hasta cansarse. Hasta no poder más. Sin excepción. Tú fuiste el único que me intentó tratar como si no fuera una máquina. El único que decidió no usarme, aunque hubieras podido seguir haciéndolo sin consecuencias inmediatas. El único que pensó, aunque sea por un momento que era un ser humano, y que mi opinión tenía algún valor. Por eso, cuando se invirtieron los papeles, yo los usé a ellos hasta cansarme. Por eso a ti no. Por eso, te dejo como encargado de mi imperio.

Clavó sus ojos en mí, grises e inexpresivos como siempre, tomé el contrato, y después de firmarlo, me levanté, y en un acto impulsivo, la abracé.
-Muchas gracias por confiar en mí.
Una vez la solté, escuché su voz decirme: -Darme las gracias es un gasto inútil de energía.
-También lo es esperar que no lo haga- dije, sonriendo, al tiempo que salía de su oficina.

Pasé el resto del día leyendo el contrato. Estaba claramente redactado por ella, con toda la claridad con la que antes me hubiera explicado en incontables ocasiones. Estaba seguro de que nadie sabía de su existencia, pero que nadie dudaría tampoco de su autenticidad. Cada clausula tenía un objetivo claro, y mostraba un claro ejemplo de la metódica forma de pensar que ella siempre había demostrado. Al final, poco antes de su pulcra firma, decía: “Contrato vigente a partir del catorce de mayo de 2033”. Me sorprendió un poco que hubiera planeado hasta la fecha exacta para dármelo, pero era de esperar de ella.

Dejé mi oficina muy tarde, cuando ya no había nadie. Supongo que todos pensaron que había recibido una reprimenda por parte de Carla, y, sabiendo lo que eso significaba, me dejaron en paz. No fue sino hasta que llegué a mi casa que me enteré de la noticia más importante del día. Habían encontrado el cadáver de Carla en su casa horas antes, tras una denuncia anónima. Al parecer, fue víctima de un paro cardíaco dado que los policías encargados de la inspección de la escena del supuesto crimen no encontraron nada sospechoso en su casa, ni en su organismo. Lo único que les llamó la atención fue el cuaderno que tenía en su escritorio, el mismo en el que había tomado notas conmigo en la mañana, donde decía, con su letra pulcra: “Fecha de caducidad: 14/05/2033”. Supe que ese mensaje era solamente para mí.

Resulta ser que Carla había escrito en su testamento que yo era el sucesor de su imperio desde tiempo atrás, antes incluso de haber comprado mi compañía, así que nadie creyó que yo hubiera orquestado su asesinato. Eso no detuvo los cuestionamientos, evidentemente, sobre todo de aquellos que sabían que había tenido una reunión con ella ese mismo día. Yo, por mi parte, me vi envuelto en todos los trámites de cesión de derechos, al grado de que me costó trabajo encontrar un momento para organizar su funeral.

Toda la crema y nata de los negocios asistió ahí, a darme el pésame. Socios comerciales, dueños de empresas que ella había comprado, empleados de alto rango…Y a pesar de haber reunido a tantas personas, nadie parecía triste por su pérdida, incluso, más de una persona parecía estar realmente alegre de que “por fin se hubiera ido”. Me quedó claro de inmediato que todas esas personas estaban ahí para impresionarme, para quedar bien conmigo, y no por ningún motivo que estuviera relacionado con Carla. Y por eso no me sorprendió darme cuenta de que fui el único que se quedó todo el tiempo.

Mientras iba de regreso a casa, me puse a pensar en la última conversación que tuvimos. Tal vez no fui el mejor humano que ella conoció. Creo que, en realidad, fui el único.

La falda

Una ambulancia pasa a su derecha por la avenida, con la sirena encendida. Es bastante tarde y ha llovido. Le ofrecieron ride, pero lo rechazó. Pensó que sería bueno caminar un rato, tener un momento a solas para disfrutar el frescor de la noche, y además le apenaba aceptar el favor. A la izquierda las vías del tren corren, paralelas a la banqueta por la que transita. Oye los grillos, el murmullo de la ciudad, lejos, y el gemido de los autos junto a ella.

Se ajusta el vestido, y se abotona el ligero suéter. El paso de los carros agita el viento y la hace tiritar. Se siente, de pronto, demasiado expuesta, con aquella falda holgada a medio muslo. La estira, jalándola por la orilla hacia abajo. Saca la cajetilla de su bolso, pero no encuentra el encendedor. Mientras vuelve a guardar los cigarros ve aquello, por el rabillo del ojo izquierdo, caminando detrás de ella. Endereza el cuello y mira hacia el frente, fingiendo no haberlo visto. Camina una decena de pasos y luego voltea el rostro hacia la avenida, para ver disimuladamente tras de sí, pero no hay nada.

Regresa la mirada adelante y aprieta el paso. Hay que pasar desapercibida, no delatarse, no dar cabida al miedo. Aquello último sería fatal. Tararea una tonadita estúpida, de una canción que detesta, pero es lo único que viene a su mente. Se calla de golpe: un ruido, como el siseo de una serpiente, llega hasta ella, desde atrás. Decide encararlo, pero al tornarse no ve nada. La larga banqueta sigue, sola, su curso recto entre la avenida y las vías del tren. Retoma el camino, intentando convencerse de que ha sido tan solo su imaginación.

Pero apenas un tanto más adelante lo vuelve a ver, ésta vez en la banqueta opuesta, de pie junto a un poste. Gira el rostro para mirarlo bien, pero no está. Saca su celular, piensa en llamar a alguien, mas vuelve a guardarlo cuando comprueba que no le queda batería. Se apresura aún más y vuelve a acomodarse la falda. Otro siseo llega por su izquierda, casi como si le susurraran al oído. “¡¿Qué chingados quieres, pendejo?!”, le grita mientras da un brinco, pero nuevamente la soledad la encara. Siente ganas de llorar, y comienza a correr. 

La avenida se ha quedado vacía. En la banqueta opuesta los locales, cerrados y a oscuras, franquean la calle. Solo se escuchan los grillos y aquél taconeo veloz. Mira de nuevo sobre su hombro: lo detecta apenas, varios metros detrás. Solloza, desesperada. Otro siseo, a su derecha. Ésta vez no voltea, solo intenta correr más rápido. La avenida, de pronto, parece muy larga, exageradamente larga. A la carrera lo vuelve a ver, de reojo, de pie sobre las vías. “¡Ayuda, ayuda por favor!”, grita, sin saber a quién, pues no hay otra alma a la vista. Otro siseo. Siente que la falda le llega a la entrepierna, empujada hacia arriba por los muslos, pero no logra hacerla bajar. Sus piernas la impulsan a largas zancadas, en un acto de equilibrio circense sobre los tacones. 

Ve el puente peatonal, y un poco más allá el semáforo. A la izquierda, cruzando las vías del tren, se interna la calle que la lleva a casa. Lo ve de nuevo, asomado por la baranda del puente, los ojos como dos puntos húmedos que reflejan las luminarias. Se siente acorralada, y vuelve a gritar pidiendo ayuda. Baja por el terraplén, hacia las vías, tratando de acortar el camino hacia el barrio, pero justo entonces el tren hace bramar sus bocinas, atajándola. Quiere ir más rápido, ganarle el paso a la locomotora, mas es imposible. Sus tacones se clavan en la tierra húmeda, y los tobillos se le doblan. En cosa de unos segundos, una larga hilera de vagones se le interpone. 

Un dolor caliente, que casi la hace caer, le nace del tobillo derecho. Llega al cruce y se detiene sobre la plancha de concreto, mirando alrededor suyo. Aquello no se ve por ningún lado. Se acomoda torpemente la falda, una vez más, y se mira el pie derecho. No parece estar hinchado, aún, pero le punza por encima del talón. De pronto, un nuevo siseo la sacude, y ve de soslayo una silueta en medio de la avenida. Grita, despavorida, y se da la vuelta. No hay escapatoria: el tren corre frente a ella, con decenas de vagones de carga, muy largo y pesado, tan largo como la avenida, perdiéndose a cada lado del oscuro horizonte. Siente que algo frío le roza el muslo, por debajo de la falda, algo largo y cubierto de escamas, algo que repta y sisea. 

Grita, pero su grito se pierde bajo el gruñido de los vagones, que corren, pesados, sobre los rieles.

Pesadilla

Las luces lastimaban mis ojos, no podía recordar dónde estaba ni cómo había llegado ahí. Intenté volver a dormir para evitar el ardor en mis ojos e ignorar el dolor que me recorría.

…Íbamos en una carretera, varios coches alrededor, estábamos contando chistes y disfrutando la compañía. Nadie se dio cuenta del accidente que estaba a la vuelta…

Desperté gritando, una mujer vestida de azul intentaba sostenerme en la cama para que no cayera. Decía algo pero yo estaba demasiado alterada y no entendía. Al darse cuenta de que no podría tranquilizarme de esa manera, vi cómo otra persona vestida de azul se acercaba y de pronto todo se tornó borroso.

…Había una pendiente y los coches se destruían en la caída. Nos subíamos a una placa metálica que resbalaba por la pendiente y así evitar rodar y lastimarnos. Había tierra y piedras alrededor de nosotras. Sentía tus brazos en mi cintura para evitar separarnos por la velocidad de la caída…

Podía escuchar a alguien hablando, aparentemente de mí.

– Sus signos vitales están estables. Me preocupa su nerviosismo y las pesadillas pero son reacciones normales ante tales sucesos.

 – ¿Ya puede irse o deberá permanecer más tiempo aquí?

Intenté moverme, en vano. Me dolían las articulaciones, sentía un gran peso en ellas; la cabeza me zumbaba y los ojos me ardían. Quise hablar para que las personas que estaban cerca pudieran oírme, pero no logré más que causarme una molestia en la garganta.

– La mantendremos en observación antes de dar el alta. Fue un trauma muy fuerte y podría necesitar revisión psiquiátrica.

Eso último me asustó, ¿qué pudo pasar para que necesite «revisión psiquiátrica»? ¿O no se refería a mí? Dejé de poner atención a las voces, comenzaban a decir cosas que no entendía y la cabeza me dolía al tratar de comprender.

…Estábamos en una casa de fraternidad. Había personas platicando; habíamos llegado a una fiesta, al parecer. Te estaba ayudando a caminar cuando un par de muchachas se acercaron a nosotras, nos ofrecieron ayuda y entramos a la casa…

Sentí un piquete en el brazo, abrí los ojos y vi a la misma mujer que me sostuvo cuando grité. Estaba sacándome sangre.

– Hola, linda. No te asustes, sólo es un poco para revisar que ya estés bien y puedas ir a casa.

La miré con extrañeza, no sabía dónde estaba y ella estaba demasiado segura de que iría a casa. A menos que estuvieras aquí, no tenía cómo irme. Tú eras quien siempre manejaba. ¿Dónde estabas? Me quedé dormida pensando en ti.

…Pasamos varios días en ese lugar, convivíamos con todos. Un día vi que, ya muy entrada la noche, una chica caminaba hacia el jardín y a la mañana siguiente no apareció. Me dio curiosidad y comencé a prestar más atención a los que me rodeaban…

– Melissa, necesito que despiertes.

Abrí los ojos. Era de noche y la misma mujer que me sacó sangre estaba en mi habitación. Me ayudó a incorporarme en la cama y se sentó en una silla que no había visto.

– Nadie ha venido a decirte dónde estás ni qué está sucediendo, ¿cierto? – Asentí ligeramente para no ocasionarme ninguna molestia -Estás en el hospital, te encontramos en el estacionamiento con varias heridas e inconsciente. Necesitamos que recuerdes lo qué pasó para poder darte de alta.

Mi mente estaba nublada, no recordaba mucho y menos por qué había llegado al hospital. La enfermera salió de la habitación, dejándome pensando, buscando las respuestas a lo que había sucedido.

…Una noche decidí seguir a una chica al jardín, justo a la zona donde desapareció la primera. Lo que encontré detrás de los arbustos fue aterrador, una de las chicas estaba en el pasto, el vaso de alcohol tirado a sus pies, su piel se veía pálida y dura mientras sus ojos estaban abiertos con una expresión de terror. Su garganta tenía una gran herida, al igual que sus muñecas y se veía un poco de sangre seca…

Un grito me despertó, el mío. Estaba sentada en la cama del hospital y había un hombre sentado enfrente con una libreta.

– Melissa, ¿recuerdas qué sucedió?

– No, no exactamente-. Mi voz sonaba ronca y rasposa. El hombre anotó algo en su libreta.

–  ¿Qué recuerdas?

– Recuerdo que había sangre y un par de personas mordiendo a una chica en medio del bosque.

El hombre asintió e hizo alguna anotación, se levantó y llamó a una enfermera, no pude escuchar lo que decían. Salieron de mi habitación y me acosté.

…Días después de encontrar varios cuerpos en las mismas condiciones, llegué a la conclusión de que el alcohol tenía algún tipo de somnífero que impedía que las personas gritaran. Te busqué por la casa, estabas en nuestro cuarto.

Necesito que permanezcas aquí dentro,- abrí el vestidor.

 – Prométeme que no saldrás hasta que yo venga por ti.

¿Por qué? – Tus ojos de duda me observaban, inquietos.

No puedo explicarte ahora, pero debes escucharme y hacer lo que te digo.

Melissa, si algo está pasando debes decirme,- fruncías el ceño y cruzabas los brazos, consciente de que te estaba ocultando algo.

Algo pasa aquí, no sé qué es pero es malo. No quiero que algo te pase, por eso te estoy pidiendo que te quedes.

No me quedaré, iré contigo. Así que, habla.

Eres necia. Ven conmigo pero prométeme que no te alejarás.

Lo prometo, no tienes que preocuparte todo el tiempo por mí- te sentaste junto a mí. Te abrazaba mientras recargabas tu cabeza en mi hombro, el olor de tu cabello me tranquilizaba…

Los ruidos en la ventana me despertaron, estaba en otra habitación. Había altas ventanas con barrotes y no había decoración en las paredes. Una enfermera desconocida entró y revisó mis monitores, sin decir palabra volvió a salir pero pude ver que afuera decía «Pabellón psiquiátrico». A lo lejos podía escuchar gritos y algo dentro de mí se alborotó, poniéndome sumamente nerviosa.

…Estábamos cerca de la barra, ibas tomada de mi mano mientras te dejabas llevar por la música. Todos actuaban normal, enfiestados, gritando y bebiendo.

Deja de estar tan rígida, alguien se dará cuenta que no te estás divirtiendo,- sonreías mientras hablabas, esa sonrisa radiante que más de una vez me ha dejado sin palabras. Te sonreía y te atraía hacia mí, besando ligeramente tu frente. Nos acercábamos a la barra, para ver a las personas que se acercaban a tomar. Me llamaron y me alejé un minuto, pero ese minuto bastó para que alguien te diera un vaso y comenzaras a tomar…

Oía las voces pero no estaba segura de quién hablaba, decían que había empeorado y que tenía que quedarme más tiempo. Después de todo lo que llevaba en el hospital ya no importaba si me quedaba un día más o un mes, mi cabeza estaba llena de preguntas, sobre todo acerca de tu paradero.

…Estabas bailando junto a la alberca, me acercaba y percibía el olor a alcohol en tu aliento.

¿Estás bien? – Ponías tus brazos alrededor de mi cintura y continuabas bailando, dejándote llevar por el ritmo que emitían las grandes bocinas. Dabas un paso atrás y caíamos dentro de la alberca, te reías y disfrutabas del agua, música y alcohol. A lo lejos podía ver cómo dos chicas salían al jardín, con vasos en sus manos y cantando mientras caminaban. Salí de la alberca y corrí tras ellas. Estabas junto a mí, a punto de salir al jardín cuando oímos un grito. Al ver al interior del lugar, había una joven tirada en el suelo con sangre alrededor de su cuello. Hincado junto a ella había un muchacho cuya dentadura se veía modificada, largos y afilados colmillos. Gritabas y todo se salía de control…

Desperté sudando, había poca luz en la habitación y sólo se escuchaban los gritos de los otros pacientes. Miraba a la ventana y te veía, tan hermosa como siempre.

– ¿Eres tú?- Mi voz sonaba ronca y temía estar imaginándote.

– Tranquila- tu voz era dulce y melodiosa, te sentabas en la orilla de mi cama. Acomodabas mi cabello detrás de mi oreja y me mirabas, tu rostro cada vez más cerca de mí, tus ojos brillaban, pude ver tus labios y como al momento de separarlos tenías esa dentadura tan aterradora como la que vi en mi sueño. Grité cuando te abalanzaste a mis venas.

…Cuando abrí los ojos, vi tu cuerpo en el piso de madera de la fraternidad, sangre en tu cuello y muñecas. Miraba alrededor y sólo veía cuerpos y pedazos de terror. Oí tu voz por última vez y me desmayé…

Un último adiós

Veo como todo continúa; vas caminando por la calle, te ves feliz. Espero realmente lo seas y no estés fingiendo para que la gente evite preguntar por tu bienestar. Después de verte regresé a mi departamento, las cajas invadían el lugar, mis maletas estaban listas y Luna, mi perrita, corría entre ellas mientras Venus, mi gatita, dormía sobre la caja más grande. Ya casi llegaba el día, mañana me iría de este lugar. Era un gran paso, algo difícil porque aquí crecí de maneras que creí imposibles a tan corta edad. El boleto de avión descansa sobre los estantes de la cocina. Me senté entre las cajas. 

De pronto sonó mi celular, era Claudia insistiendo que todos nos juntáramos para disfrutar mi última noche en la ciudad. Tomé mi bolsa y salí hacia la dirección que me había dicho, no era desconocida pues normalmente nos reuníamos ahí. Llegué y ya había cervezas y comida en la mesa. Todos me recibieron con abrazos y comenzamos a platicar, varios preguntaban si estaba nerviosa y si ya estaba todo listo en mi ciudad destino. Fue una noche terriblemente amena y dulce, me di cuenta de lo mucho que iba a extrañar a mis amigos. Habían pasado varias horas, casi al final de la noche, cuando sonó el timbre. Entraste a la sala donde estábamos todos reunidos, te acercaste y me saludaste como si fuera cualquier reunión, esa actitud era normal entre nosotros.

Muy entrada la madrugada informé que ya me retiraba, pues salía temprano al aeropuerto. La despedida definitiva había llegado. Abracé a todos y cada uno de los ahí reunidos, dejándote para el último. Ofreciste llevarme a mi casa, tranquilamente acepté. 

Caminamos al carro, me abriste la puerta y después te sentaste tras el volante. Nos quedamos en silencio durante el trayecto a mi casa; una vez ahí apagaste el motor y nos quedamos en silencio por unos minutos. 

– ¿Ya tienes todo? -Tu voz estaba por debajo de lo normal, me di cuenta que temías la respuesta, lo cual me sorprendió.

– Sí, mañana en la noche viene el camión que llevará cosas a la bodega y el resto se enviará a la nueva casa-. Suspiraste ante mi respuesta, tu serenidad de la noche estaba desapareciendo. Giré mi mirada hacia ti, sin saber qué esperaba ver. Tu mirada estaba centrada en el volante, evitando dirigir tus ojos hacia mí. Estiré mi mano y toqué la tuya, que aún descansaba en la palanca. Al sentir el contacto de mi piel volteaste a verme, no podía leer tus ojos pero sabía que querías decirme algo y por primera vez, no te atrevías a hablar. Iba a retirar mi mano cuando la apretaste, jalando mi cuerpo cerca del tuyo, me abrazaste. -Necesito entrar, faltan pocas horas para que tenga que viajar. 

El abrazo duró unos segundos y bajaste del auto, hice lo mismo. Abrí la puerta y entraste conmigo, dejé mi bolsa en la repisa junto a mi boleto. Dirigí mi mirada hacia ti, me miraste con esos ojos que pocas veces me pude resistir. En un arranque desenfrenado, ya sea por mis sentimientos o porque sabía que no te volvería a ver en mucho tiempo, te besé al mismo tiempo que tus brazos me rodeaban. 

Conexión Letal

Muchas generaciones fueron capaces de definir su historia tomando como guía algún momento en específico que todos recordaban: Las guerras mundiales, el hombre llegando a la luna, la caída del muro, el atentado de las torres… momentos que cambiaron la manera en que el mundo funcionaba. Era natural pensar en la siguiente instancia, el siguiente gran momento. Hasta que llegó, y me quedó claro que sería la última vez que se viviría algo así.

Yo estaba en el trabajo, cuando se fue la luz. Mis compañeros y yo esperamos varios minutos a que volviera, hasta que mi jefe salió de su oficina, molesto, y nos dijo que podíamos irnos. Todos se dirigieron al estacionamiento, y aunque me ofrecieron un aventón, me negué, fiel a la idea de que caminar a casa era lo único que me mantenía saludable. Me despedí de todos, y me fui a cambiar, para tener una caminata más cómoda, sin saber que sería la última vez que los vería

La ciudad estaba más ruidosa que de costumbre, pero conforme iba avanzando y me alejaba del centro de la ciudad, la atmósfera se volvió más silenciosa, con apenas algunos ruidos de autos a lo lejos. Algunos negocios ya habían cerrado, antes de la hora habitual, pero no le di importancia. Pero conforme me acercaba a mi casa, la sensación empezaba a alterarme cada vez más. Traté de usar mi celular, pero la pila se la había terminado, y no había podido cargarlo antes del apagón. Pensé que al llegar a mi casa me sentiría más tranquilo, pero cuando noté que aún no había electricidad, perdí la cabeza. Desesperado por saber qué estaba pasando, recordé la vieja radio de baterías que me había quedado de cuando desocupamos la casa de mi abuela y la prendí, como una última esperanza.

Lo que encontré al prender la radio me dejó helado. Una alerta de emergencia nacional, pidiéndole a la gente tener mucho cuidado, no usar aparatos eléctricos y de preferencia no salir de sus casas. Que pronto tendríamos más detalles. El mensaje se repetía cada minuto, sin parar, en todas las estaciones. Escuché ese mensaje al menos una vez al día, con la esperanza de que cambiara, hasta que se volvió ruido de fondo. Para cuando se acabaron las baterías, varios meses después, ya me había hecho a la idea de que las cosas no cambiarían.

Los primeros días acaté las instrucciones a la perfección. La vida sin electricidad hizo que priorizara comer lo que estaba en el refrigerador, pero ni mi mejor esfuerzo podía hacer que durara más de una semana, así que me empecé a hacer a la idea de salir a la tienda, tal vez alguien encontraría a alguien más, que pudiera darme más información.

Nada pudo haberme preparado para la desolación a mi alrededor. El silencio, que antes había buscado con ansias, ahora me parecía desesperante, y el vacío en las calles, sumado a la oscuridad en las ventanas, me hacía sentir en un pueblo fantasma. Las tiendas a mi alrededor mostraban signos de haber sido saqueadas, pero no de una manera ordenada, mucho menos total, y pude agarrar algunas cosas, tanto para ese momento, como para llevar a casa. Poco a poco se volvió parte de mi rutina, buscar nuevas tiendas, con nuevas cosas, y una esperanza cada vez menor.

A veces, sobre todo en las noches, escuchaba ruidos metálicos a la distancia. Era difícil estimar qué tan lejos o cerca se encontraban, siendo lo único que se escuchaba, fuera de algunos pocos animales, el viento o la lluvia. Pero siempre que lo oía, sentía un escalofrío recorrer mi cuerpo, que me dejaba en claro que era un mal augurio. 

Ni siquiera mis peores temores pudieron haberme preparado para mi primer encuentro con los causantes de semejante caos. Sucedió en una de mis expediciones, de manera inesperada. Al momento que doblé la esquina, empecé a escuchar unas voces a lo lejos, e instintivamente me escondí. Volteé en la dirección de los ruidos, y pude ver claramente a unos adolescentes arrastrando a un anciano quien, aunque a veces parecía querer liberarse, los miraba con resignación. Lentamente, sin decir palabra, lo subieron al asiento del copiloto, uno de ellos se subió al del piloto, y el otro se quedó afuera. El piloto encendió el auto, y un sonido infernal se escuchó. Lo reconocí de inmediato como el sonido que escuchaba a ratos, y ahora sabía que provenía del automóvil. A continuación, pude ver como el auto se compactaba, hasta ser poco más grande que un bote de basura, haciendo un estruendo cada vez mayor, para, después de unos minutos, volver a tomar la forma de un auto, aunque esta vez, uno marginalmente más nuevo. El joven que se había quedado afuera ni siquiera se movió ante semejante espectáculo y una vez el auto estuvo nuevamente en su condición normal, empezó a caminar, moviendo su cabeza para todos lados, como rastreando algo. Para mi sorpresa, el auto arrancó a su lado, como si estuviera guiándolo. 

Por el impacto, yo ni siquiera me había movido, y cuando noté que avanzaban en dirección contraria a la mía, decidí darme vuelta y regresar a mi casa por un camino distinto al que me había llevado ahí. Hice lo posible por no hacer ruido, y logré huir. Antes de dejarlos atrás, eché un último vistazo atrás, y pude ver con claridad que entre el joven y el automóvil había un cable que los conectaba.

De regreso a casa puse especial atención a cualquier ruido a mi alrededor, lo cual era difícil por la fuerza con que latía mi corazón. Una vez estuve seguro que no me seguían, me metí a una tienda, y empecé a revisarlo todo con detenimiento. Abajo de varios de los refrigeradores y aparatos que seguían conectados, se podía observar una especie de fibras, como venas, aparentemente de metal. Algo en mí tenía el impulso de acercarme, de tocarlo, pero logré contenerme y volver a mi casa.

A partir de ese momento me volví más alerta. Agradecí haberme mudado poco tiempo atrás, y no haber priorizado comprar una televisión o algún otro aparato. Incluso agradecí no haber tenido mi celular con batería, consciente que eso pudo haber salvado mi vida. Pero también empecé a notar que no estaba a salvo. Los aparatos eléctricos que tenía, aunque no tuvieran energía, si presentaban esas fibras, y no sé si era mi estrés, pero podía jurar que se movían. 

De una cosa sí estoy seguro: Los ruidos eran cada día más fuertes y más cercanos. Ya no me sentía seguro en mis salidas, pero sobre todo, ya no me sentía tranquilo en mi casa. Me despertaba en las noches a revisar que el refrigerador no se me hubiera acercado, que el celular no hubiera dejado el cajón en que lo dejé desde el día que empezó la crisis. Pero no tenía el valor de buscar otro lugar donde pudiera esconderme, resguardarme y sentirme seguro, entonces no hice nada. Y no lo hubiera hecho si la luz no hubiera regresado.

Estaba fuera de casa cuando pasó. Un estruendo horrible, cuando cientos de televisiones se prendieron simultáneamente. El leve zumbido de los focos, al que ya no estaba acostumbrado, invadía mis oídos, pero sobre todo, el miedo cuando noté que, no bien empezaron los ruidos, todos los aparatos empezaban a expandir sus raíces. Lo que sea que hubieran ideado para detener el avance de la invasión había fracasado. Y con ello, no me quedó más que huir.

Corrí durante horas, a sabiendas que cada pausa que tomaba me podía costar todo. Cada vez que lo hacía, veía como los edificios se cubrían más y más de ese elemento azulado, que los envolvía, expandiéndose cada vez más. Y para mi preocupación, cada vez estaba más cerca de la calle. No podía estar seguro, pero algo en mí sabía que, en cuanto tocara uno de esos cables, todo acabaría para mí, así que seguí corriendo. 

Pero ya no tengo fuerzas. Encontré una banca en algo que solía ser un parque, y colapsé. Puedo escuchar el ruido incesante de las máquinas a mi alrededor. Puedo ver los cables avanzar en mi dirección. Puedo sentir como mi cuerpo me pide rendirme, tomar uno de los cables y dejarme ir. No sé cuanto más pueda resistir. No sé cuanto más pueda escapar.

En mi sueño, veo un rostro en una pantalla, llamándome por mi nombre. No recordaba cuánto extrañaba escuchar una voz. Me pide que me acerque, que sea uno con ellos. Su rostro cambia. Mis padres. Mis amigos. Mis compañeros de trabajo. Todos me piden que me les una. Extiendo mi mano. Veo mi rostro en la pantalla, y siento una corriente eléctrica recorrer todo mi cuerpo.

Instinto Felino

…Ónix afiló sus garras una última vez sobre el cadáver de su dueño.

Era una fría tarde de invierno, época en que los animales buscan un refugio cálido para no morir congelados, pero ese gatito negro caminaba entre la nieve como si no le afectaran las bajas temperaturas del bosque. Se aproximó al poblado y trepó un árbol, tranquilamente se acomodó en una rama y comenzó a limpiar sus patas de los restos de nieve y tierra que pudieran quedar tras su larga caminata. Detenidamente observó la veintena de luces de las casas cercanas, como si pudiera observar todo lo que pasaba dentro de cada una. Dejando su patita a medio aire, fijó sus ojos en la casa más ruidosa y llamativa. Ágilmente bajó el gran árbol y reanudó su caminata hacia el pueblo.

Se movía entre las sombras, evitando a la gente y los carros que se dirigían a sus hogares para terminar el día, la energía de la casa lo guiaba entre el tumulto. Finalmente llegó y rápidamente se acercó a la ventana y observó lo que sucedía. En el interior se veía una familia sentada lista para cenar, sin embargo, se palpaba un aire tenso y casi no hablaban entre ellos.

Sin mayor preámbulo, comenzó una tormenta y el animalito decidió rascar la ventana para hacerse notar por la familia. La adolescente fue la primera en levantar la mirada y no pudo resistir correr a abrirla para meter al pobre minino que estaba empezando a mojarse. Lo tomó con cuidado y se acercó a la chimenea para que el negro y suave pelaje se secara y pudiera entrar un poco en calor, cargándolo intentó convencer a sus padres de permitir que se quedara.

– Al primer destrozo se va a la calle-, fue lo último que dijo su padre.

Emocionada con la respuesta de sus padres, se dirigió a su habitación con el animal y un plato con un poco de agua y algo de comida que supuso no le haría daño. El gato se comportaba inmensamente dócil y cariñoso con la joven, y al llegar la noche se acurrucaron juntos en las cobijas, resguardándose del frío de la tormenta.

Alrededor de la medianoche, la joven comenzó a quejarse y moverse, resultado de una pesadilla. Acto seguido, el negro animal se acercó a su cabeza y comenzó a ronronear para calmarla. Así se acoplaron a una rutina nocturna, si ella tenía pesadillas, el minino subiría a su almohada para ronronear y calmar a su nueva dueña.

Sin embargo, las pesadillas sólo fueron el comienzo, pues cada noche eran más vívidas y atemorizantes, ocasionando que la joven despertara aterrorizada y con pequeñas y desconocidas heridas en sus manos. 

El negro animal llevaba ya cinco días viviendo con la familia, veía que cada día se alejaban más unos de otros, especialmente la joven que lo había adoptado, quien se estaba aislando casi totalmente de los demás. Al mismo tiempo, las heridas en sus manos y piernas aumentaban y se volvían cada vez más profundas pero su origen seguía siendo un misterio para la familia. Apenas y comía, y su piel palidecía de manera alarmante, pero nada delataba la razón de lo que sucedía. A la vez, el pelaje del animal se veía más brilloso y suave, sus amarillos ojos brillaban cada que la joven se acercaba y lo acariciaba.

Una noche, la joven se encontraba cerca de la chimenea cuando comenzó a escuchar un terrible zumbido en los oídos y de pronto se quedó inerte, como si se hubiera apagado. Segundos después, se levantó del mullido cojín sin emitir palabra. Sus ojos estaban desenfocados, actuaba como marioneta mientras se dirigía a la cocina y tomaba el cuchillo más filoso. Sigilosamente, subió hasta la habitación de sus padres, quienes se preparaban para irse a dormir.

Al abrir la puerta, pudo ver a su madre sentada en la cama, poniéndose crema en las manos, tranquilamente caminó hacia ella. Sin darle oportunidad a la mujer de reaccionar, la joven le clavó el cuchillo en el cuello. La sangre salpicó por todas partes, inundando la habitación con su olor metálico. Estoica, ella recuperó el ensangrentado cuchillo, sin inmutarse cuando este hizo un ruido desagradable al salir de la carne de su madre. Se dirigió al baño, donde su padre estaba lavándose los dientes, ajeno a lo que había sucedido. Aprovechando el momento en el que se agachó a enjuagarse, apuntó la punta del cuchillo a su nuca y rápidamente lo clavó en su cuerpo.

Tras admirar un par de minutos ambas sangrientas escenas, se dirigió nuevamente a la cocina, donde el negro minino la observaba con sus grandes ojos amarillos. Se sentó frente al animal y giró su muñeca, direccionando la punta del cuchillo a las costillas, clavándolo lentamente hasta lograr perforar su pulmón. En ese momento algo dentro de ella despertó y sus ojos se llenaron de terror. La joven pudo ver al gato acercarse, con una mirada que no parecía tan inofensiva como cuando permitió que entrara a la casa para resguardarlo de la lluvia, una mirada de gozo ante lo que observaba. Lentamente, la joven fue perdiendo el aire hasta no poder respirar más y quedar inerte en la silla de la cocina.

Ónix afiló sus garras una última vez sobre el cadáver de su dueña, rejuvenecido y más fuerte que nunca, antes de regresar al exterior en búsqueda de su próxima familia.

Las muñecas

La tienda de muñecas había estado cerrada por más de cincuenta años, nadie quería que los terribles sucesos se repitieran. 

Amelia y sus primas estaban de visita en casa de sus abuelos mientras sus padres viajaban, las jóvenes exploraban el pueblo donde sus abuelos habían crecido y la vieja tienda de muñecas les había llamado la atención. Cuando regresaron a casa le pidieron a su abuela que les dijera por qué la tienda estaba cerrada y parecía vacía. La abuela se espantó y les dijo que no se acercaran; cuando el abuelo llegó le preguntaron lo mismo y el abuelo únicamente miró a la abuela.

Al día siguiente, la prima más chica de Amelia salió sin las demás. Karen se acercó a la tienda y se asomó por las polvorientas ventanas queriendo descubrir qué había dentro. De pronto sonó una campanilla y la puerta se abrió un poco. Karen entró llena de curiosidad, dentro de la tienda encontró el viejo mostrador vacío y un rastro de relleno en el piso. Exploró la tienda hasta que el reloj de la catedral tocó sus campanas a mediodía, Karen salió sin cerrar por completo la puerta y corrió a casa de sus abuelos.

Esa tarde las primas se quedaron solas con la abuela, y de nuevo le pidieron que les explicara la razón por la cual la tienda estaba abandonada. La abuela se notaba incómoda y se levantó del sillón para agarrar una manta y sus agujas de tejer. Cuando se sentó de nuevo su mirada se veía lejana, recordando los terribles acontecimientos de su infancia.

– Cuando cumplí 7 años mis padres me regalaron una muñeca de porcelana, era preciosa y había sido la primera muñeca que se había vendido en esa tienda. Los dueños se acababan de establecer y estaban ansiosos por ver el negocio despegar. Yo llevaba mi muñeca a todos lados y mi mamá me compró cambios de ropa para que estuviéramos coordinadas todo el tiempo. Con el paso de las semanas las demás niñas del pueblo obtuvieron sus muñecas, cada una más parecida a las niñas que vivíamos aquí.

«La fabricación de muñecas aumentó en la tienda, el esfuerzo que hacían para que las muñecas se parecieran a las niñas era enorme. Las niñas actuaban como si las muñecas fueran sus amigas y poco a poco se olvidaron de sus verdaderas amigas, las de carne y hueso. Los padres pensaron que era una etapa por ser el juguete de novedad hasta que mi amiga Rosa empezó a actuar de manera extraña en su casa. Casi no salía de su cuarto y en las noches tenía que poner su muñeca en una silla junto a la ventana porque decía que tenía pesadillas si dormía con ella. Sus padres pensaron que había escuchado alguna historia de terror, de esas que contaban los viejos en los parques durante la caída del sol, así que no pusieron mucha atención a las continuas pesadillas de Rosa.

Una noche Rosa despertó gritando, sus padres corrieron a verla y encontraron a la muñeca en el piso, entre la silla donde la ponían al darle las buenas noches a la niña y la cama. Rosa gritaba que había visto moverse a la muñeca, que se había levantado y caminado a la cama; mi amiga estaba aterrorizada. Sus padres tomaron la muñeca y se la llevaron a la sala, donde la dejaron en el sillón para que la niña pudiera dormir. Regresaron a la habitación de Rosa y la arroparon, asegurándole que la muñeca no podía subir escaleras, con lo que ella se quedó tranquila e intentó volver a dormir.

Todo parecía normal al amanecer, por lo que Rosa volvió a jugar con su muñeca pero, entre juego y juego, una parte de un brazo de la muñeca se rompió. La niña corrió a la tienda y les enseñó la muñeca a los dueños, ellos sin dudarlo tomaron a la muñeca y la metieron en una canasta llena de hilos y tela. La dueña abrió una puerta de lo que parecía un armario y sacó otra muñeca, ésta se parecía aún más a Rosa. La niña agradeció el cambio y salió corriendo en dirección al parque para seguir jugando.

Varias muñecas se rompieron y los dueños de la tienda las reponían sin comentario alguno, pero la diferencia entre las muñecas y las niñas iba desapareciendo. Las niñas del pueblo volvieron a jugar entre ellas, pero ahora las muñecas tenían un papel importante en los juegos. Los adultos pensaron que era algo normal, un juego entre niñas que incluía a sus muñecas. Mi mamá no me dejaba salir tanto, así que yo jugaba un poco con mi muñeca y luego la metía en su cajita de cristal.

La mayoría de las niñas comenzaron a actuar diferente, tenían pesadillas recurrentes e intentaban que las muñecas no estuvieran en sus cuartos durante las noches. Cada que algún padre de familia movía las muñecas lejos de las niñas, éstas se rompían y las pequeñas llevaban los pedazos a los dueños, quienes simplemente daban una muñeca nueva, más detallada.

El negocio iba tan bien que no tenían problema en cambiar las muñecas rotas por unas nuevas. La gente venía de pueblos cercanos para llevarse muñecas como regalo para las niñas que los rodeaban. La tienda se iba haciendo famosa y las muñecas eran cada día más bellas. El parecido entre las niñas y las muñecas era tan asombroso que se fueron confundiendo, al grado en que los padres a veces no alcanzaban a distinguir quién estaba en la habitación de la niña. Éstas, mientras tanto, se volvieron temerosas de las muñecas y preferían mantenerse calladas durante el día.

Rosa dejó de salir, casi no comía y su interacción con sus padres iba disminuyendo, al grado en que dejó de bajar y se mantenía en su habitación jugando con su muñeca. Una noche, sus padres entraron a la habitación de Rosa y se dieron cuenta que la niña no estaba, la muñeca dormía tranquilamente en la cama y en el piso había un gran charco rojo. La madre de Rosa salió corriendo de la habitación y bajó rápidamente al teléfono para hablarle a mi madre. Mi mamá le dijo que no había notado nada raro en mí o en la muñeca y que seguramente Rosa había tirado jugo en el piso y se estaba escondiendo para no ser regañada.

Rosa estuvo desaparecida todo el día siguiente y su mamá me pidió que entrara a su cuarto para que saliera y hablara con mi mamá en privado. Cuando entré no vi nada fuera de lo normal, la ventana seguía cerrada y la cama estaba deshecha. Me asomé dentro del armario y no encontré nada, busqué en los baúles y tampoco encontré a mi amiga. La mamá de Rosa abrió la puerta y me dijo que ya saliera, que ella ya había buscado a su hija ahí dentro; antes de salir algo me llamó la atención y temerosa me acerqué a la cama. Debajo de la cama se veían las marcas de una mancha, la cual había sido limpiada pero aún se notaba. Le pedí a la mamá de mi amiga que me prestara algo para alumbrar ahí abajo y se agachó junto a mí.

Es difícil describir lo que vi. Fue espantoso, tengo la imagen en mi mente, pero no existen palabras para describir el horror que presenciamos. Cuando quisimos salir del cuarto vimos a la muñeca en la ventana y rápidamente la agarramos y bajamos a la sala. La mamá de Rosa tiró la muñeca a la chimenea y pudimos oler la piel que se quemaba y de entre los pedazos de muñeca un gruñido de dolor.

Las muñecas no tenían alma al ser creadas, para tener una tenían que asesinar a sus dueñas, por eso las muñecas buscaban generar paz y tranquilidad a su niña, para que una vez que confiaran en ellas pudieran matarla. En todas las casas sucedió lo mismo y así, las muñecas reemplazaron a las niñas de toda la ciudad, dejando tras de sí charcos de sangre inocente. La gente estaba aterrorizada y las madres lloraban desconsoladamente por sus hijas. Los padres se organizaron y buscaron todas las muñecas, las atraían como si fueran niñas y cuando podían las atrapaban para llevarlas a la gran fogata que se hizo en el centro del parque…»

– Mi muñeca fue tirada a la pila de fuego, quemada junto con las pocas que fueron encontradas. Nadie encontró los cuerpos de mis amigas y, de la nada, la tienda cerró pues sus dueños desaparecieron una noche. Muchos dijeron que las muñecas que tenían guardadas los asesinaron por no salvar a las demás y otros cuantos dijeron que cambiaron de ciudad para continuar vendiendo las muñecas-. La abuela de las niñas terminó la historia de la tienda de muñecas, dejando claro que era un misterio sin resolver, pero lo mejor era mantenerse alejados.

Las niñas se quedaron calladas, observando mientras su abuela se limpiaba una lágrima que caía por su mejilla.

– Pero abuela, ¿por qué quemaron todas si la tuya nunca te hizo nada? – Karen era demasiado curiosa y no pudo evitar preguntarse si su abuela estaba ocultando algo.

– No estoy segura, mi muñeca nunca me hizo nada, quizá no jugué lo suficiente con ella o cómo era la primera, no se parecía a mí y no habría podido reemplazarme mientras que todas las víctimas eran parecidas a las muñecas-. La mirada de la abuela regresó a sus nietas y les sonrió dulcemente. – No se acerquen a ese lugar y que nadie las vea por ahí. El pueblo quedó dañado y todos quieren superar lo sucedido.

La abuela se levantó y dejó a las niñas en la sala. Las tres se quedaron pensativas y fue Amelia quien decidió que debían ir por un helado y comenzar a empacar, pues sus padres regresarían a la mañana siguiente. Después de comprar el helado, Karen se separó de ellas, diciendo que quería caminar un poco antes de volver con la abuela. Despidiéndose, se dirigió a la tienda.

Entró rápidamente y siguió explorando el lugar. Vio una puerta, como de armario y decidió abrirla. Ahí dentro había una muñeca, tan hermosa como las que su abuela había descrito. Una vez que se terminó el helado tomó la muñeca y la puso en el mostrador. La muñeca se veía normal, con la manga de su suéter le limpió la cara y pudo ver un brillo extraño en los ojos de cristal. Cuando escuchó las campanas que marcaban las 6 de la tarde, corrió fuera de la tienda, dejando la puerta abierta, en dirección a casa de sus abuelos.  

Las maletas estaban listas cuando sus padres llegaron y las jóvenes se despidieron de sus abuelos, tomaron sus maletas y las guardaron en la camioneta del padre de Amelia. Las niñas se acomodaron en los asientos y cerraron las puertas para comenzar el camino a sus casas. Todos iban platicando tranquilamente sin saber que en una de las mochilas de Karen venía una vieja muñeca, deseosa por salir de ese pueblo tras tantos años de espera.

El Protector

La noticia de la mudanza nos tomó por sorpresa a todos. Una tarde estaba haciendo mi tarea, y de repente entra mi papá a la casa, emocionado, diciéndonos que estaba harto de vivir en un espacio tan chico, en una ciudad tan contaminada y ruidosa, y que acababa de comprar una granja. Que ya no pensaba pagar un mes más de renta, y que alistáramos todo lo que necesitábamos para irnos. Por más que yo me quejé de dejar la escuela, a mis amigos, por más quejas que mi mamá pudo tener sobre el dinero, el trabajo… el daño estaba hecho. Al parecer, meses atrás había habido una fuga de gas metano, que acabó con todos los granjeros, y ahora estaban rematando los terrenos, por la necesidad de que alguien trabajara la tierra y ayudara a suplir de alimentos a los pueblos cercanos, y él vio la oportunidad perfecta para dejar su trabajo de administrador, y “trabajar en algo que sí aportara a la sociedad, y no solo a sus jefes”.

Decir que íbamos contra nuestra voluntad era quedarse corto, pero mi mamá, con su infinita paciencia, me convenció de dejar de pelear al respecto, y hacer lo posible para recibir esta nueva aventura con los brazos abiertos, y con la esperanza de que me esperaría algo mejor. Y aunque no estaba tan seguro de ello, sabía que no podía ganar nada.

El viaje fue largo, y para cuando llegamos al terreno comenzaba a atardecer. La casa era mucho más grande de lo que había pensado, y eso sin contar los terrenos, el granero, las caballerizas… tal vez no sería tan mala idea después de todo.

Mientras ellos iban a inspeccionar que todo lo que les habían prometido estuviera en su lugar, yo entré a la casa, dispuesto a elegir mi nuevo cuarto. Subí las escaleras, y vi al fondo del pasillo un cuarto, con un gran ventanal que daba a los sembradíos. Me senté en la cama y admiré el paisaje, tan distinto a todo lo que me había acostumbrado la ciudad. 

Cuando me alistaba para ir a ver los demás cuartos, pude ver que uno de los tablones del piso parecía sobrepuesto y, lleno de curiosidad, decidí acercarme a él y levantarlo. Para mi sorpresa, debajo del tablón encontré un cuaderno. Prendí la luz, regresé a la cama, y me puse a leerlo:

“Uno de los primeros recuerdos que tengo de ayudar en la granja fue cuando construimos por primera vez un espantapájaros. Papá me dejó decorarlo, mientras él y mamá lo construían, lo rellenaban, le daban forma. Siempre será un momento muy especial para mí.

Por eso, cuando dijo por primera vez que los vecinos le estaban sugiriendo comprar uno de los nuevos espantapájaros automatizados, me negué. Y por un tiempo, parecía que me iban a hacer caso. Pero no duró mucho, pronto empezaron a salir cada vez más artículos, que nos leía durante las comidas: Aumentar hasta 60% la cantidad de cosechas recogidas. El espantapájaros robótico tiene más funciones que ser un espantapájaros, pues su movimiento realiza el papel de arado, removiendo tierra y dificultando que las plantas invasoras crezcan. Su programación le permite detectar posibles amenazas a los cultivos, y atacarlas de la mejor manera para que las plantas estén cuidadas de manera óptima. La conversación fue cambiando en casa, con discusiones sobre las horas de trabajo que nos ahorraríamos, el aumento en ganancias, la presión social… todo jugó su papel importante que orilló a mis padres a comprarlo.

Cuando llegó la caja, papá me dijo que los ayudara a armarlo, como la vez pasada. El contacto con el metal me dio escalofríos, y no quise hacerlo. Cuando quitamos al viejo, les pedí que lo guardáramos, como un recuerdo, y tras mucho rogar, permitieron que se quedara en el granero, escondido en una esquina.

Esa primera noche fue aterradora. El sonido del motor mientras recorría los campos no me dejó dormir, sentía que en cualquier momento se acercaría a mi ventana y trataría de hacerme daño. Al día siguiente le dije a mis papás pero no me hicieron caso, diciendo que eran miedos irracionales de un niño chiquito, y que pensara en lo que era mejor para la familia, sin darse cuenta que eso estaba intentando, cuidarnos. Algo dentro mío me gritaba que, en lugar de ayudar, esa máquina iba a destruir todo lo que habíamos construido.

Ellos, por su parte, estaban muy felices con la compra. Y era difícil discutir porque cada vez teníamos que hacer menos cosas para mantener el campo en buen estado. Pero lo que ellos no notaban era que eso también significaba que pasábamos cada día menos tiempo juntos, y cuando quería decirles, no me escuchaban.

Así que un día, molesto y aburrido, me acerqué a la máquina y le dije que nunca podría reemplazar a mi viejo espantapájaros. Como si pudiera escucharme, se giró en mi dirección. Pensé que se movería, y salí corriendo de regreso a la granja. Podría asegurar que todo el camino me siguió con su mirada, pero no le podía decir eso a mis papás.

A la mañana siguiente amanecimos con la noticia de que alguien había entrado al granero y había robado nuestro viejo espantapájaros, mis papás no le dieron importancia. Pero yo sabía qué significaba eso: Me había escuchado, había detectado una amenaza, y la había eliminado, tal y como dictaba su programación. De inmediato, un pensamiento me acechó: ¿Qué evitaba que me viera a mí como una amenaza?

Me daba miedo comentarlo en la escuela, no quería que los demás niños creyeran que era un miedoso, pero cuando uno empezó a comentar sobre cosas raras que habían estado pasando, todos empezamos a decir lo que habíamos sospechado. En una de las granjas había desaparecido un perro, en otra un gallo, en otra un gato… pero lo único que los adultos decían es que seguramente había un ladrón suelto, y que los oficiales no estaban haciendo bien su trabajo.

Los días siguieron pasando y nuestra incomodidad seguía creciendo, aunque ninguno de los adultos parecía prestar atención, por lo que empezamos a dejarlo ir. O al menos, la mayoría lo hicieron, pero otros de nosotros no. En específico, Carlos, uno de los compañeros uno o dos años más grande que yo, decidió que la mejor estrategia era descomponerlos, por lo que consiguió el instructivo, y tras darle algunas vueltas, decidió que iba a atacarlo ese fin de semana, mientras sus papás iban a otro pueblo a comprar herramientas.

Nunca volvimos a ver a Carlos. Cuando sus papás regresaron, su hijo ya no estaba. La máquina, por su parte, parecía haberse averiado un poco, pero seguía funcionando. Todo el pueblo buscó pero no había rastro de Carlos, o del ladrón que había estado acechando las parcelas. Por supuesto que no nos hicieron caso cuando dijimos que se deshicieran de las máquinas, al contrario, se convencieron de que los problemas que había eran por haber tratado de defender el terreno del atacante. 

Una cosa era clara: Los robots cambiaron a partir de ese día. Su movimiento se volvió mucho más errático, y yo estaba seguro que los rondines nocturnos del de mi familia pasaban cada vez más cerca de mi ventana. Mucho. Más de una vez me despertó el ruido mecánico, y la certeza de que, si hubiera volteado, me habría encontrado cara a cara con él, vigilándome.

Hablar de los robots se volvió un tema prohibido en la escuela, sin que ninguno de nosotros se pusiera de acuerdo. Solo… pasó. Poco a poco los silencios se hicieron más prolongados, las risas más ausentes…

Cuando empezó la temporada de lluvias, los problemas aumentaron. Varios de los robots comenzaron a presentar fallas mecánicas por culpa del óxido, y era necesario llamar a técnicos especializados. No creo que ninguno de los demás niños haya querido ver lo que ellos hacían, pero cuando tocó el turno de desarmar al de mi familia, yo quise ver, sin que nadie lo notara. Me escondí en el techo del granero, donde el técnico iba a estar trabajando, y vi como lentamente lo desarmaba. Ver como las piezas iban saliendo del armazón me producía cantidades iguales de estrés y alegría. Misma alegría que se desvaneció cuando, al eliminar la última capa de protección, pude ver en las entrañas de esa máquina la cabeza de mi antiguo espantapájaros, los ojos que yo había dibujado, mirando, deformes, en mi dirección. El técnico la retiró y la lanzó a la basura, atribuyéndole a eso el comportamiento errático, y procediendo a armarlo de nuevo. Cuando terminó, hizo una serie de pruebas de calibramiento, y puedo asegurar que, al terminarlas, volteó a ver los restos de mi espantapájaros, y lentamente, giró su cabeza hacia donde yo me escondía. Sin pensarlo dos veces, salí corriendo y me escondí en mi habitación el resto del día. El día siguiente, cuando quise recuperar la cabeza para intentar presentársela a mis padres como evidencia de que la máquina era la culpable de los extraños acontecimientos en la granja, no la encontré en ninguna parte.

Después de las costosas reparaciones, mis padres estaban aún menos receptivos a mis quejas, argumentando que habían invertido suficiente dinero en esa máquina para no tener que deshacerse nunca de ella. No hubo plegaria, grito o llanto que los hiciera cambiar de opinión. Así que llegó a mi mente un último plan: Intentar huir de la granja, desaparecer unos días, con la esperanza de que eso los hiciera cambiar de opinión.

Esa noche, una vez estuve seguro que se habían dormido, tomé mi mochila, llena de todo lo que encontré en la alacena para comer y salí de mi cuarto por la ventana. Podía escuchar el sonido de las máquinas en las granjas, a lo lejos, y agradecí que esta vez no estuvieran rondando cerca de la casa.

Cuando me acercaba a los límites de nuestra granja, a la barda que nos separaba de las afueras del pueblo, pude escuchar claramente el ruido de una máquina moviéndose en mi dirección. Y luego otra. Y luego otra. Pareciera que todas las máquinas del pueblo se estaban acercando, así que corrí con todas mis fuerzas. Ya estaba subiéndome en la barda cuando sentí un frío apretón en el brazo, con suficiente fuerza para hacerme gritar. Casi al mismo tiempo, sentí un jalón, seguido de un golpe.

A la mañana siguiente, desperté en mi cama, como si nada hubiera pasado. Mi mochila estaba llena de mis útiles escolares, la comida en la alacena. La única cosa que me decía que no había sido un sueño era la marca en mi brazo, donde me habían agarrado, y unas pequeñas marcas en la duela de mi cuarto, de algo que se veía sospechosamente familiar a las piernas de los robots. Por supuesto, nadie me creyó.

Sé que saben que soy peligroso. Cada vez que voy a la escuela, cada vez que salgo a jugar, puedo escuchar como las máquinas se detienen. Puedo sentir que me observan, que me vigilan. Pero también sé que no puedo huir. No tengo a dónde. No puedo siquiera atacarlos, aprendieron su lección después de lo de Carlos. Estoy seguro que están planeando algo. Yo lo sé. Yo lo sé. No estoy loco, les prometo que no. ¿Escuchan eso? Se acercan. Lentamente se acercan. Su último ataque será pronto, y cuando llegue, yo les habré advertido, aunque para entonces, ya será muy tarde.”

Apenas terminé de leerlo, pude escuchar ruidos en las escaleras, por lo que escondí el cuaderno debajo de la almohada y salí a investigar, nervioso. Subiendo, abiertamente emocionada, venía mi mamá. “Ven, te va a encantar lo que encontramos”. La seguí, con las palabras aún dándome vueltas en la cabeza, hasta llegar al granero. Ahí, sonriente, estaba mi papá, recargado en una gran máquina, que fácilmente podría hacer el papel de un espantapájaros, sus ojos mirándome fijamente.

Festín de Nochebuena

Era un frío invierno, la familia se reunió en la sala para que el calor de la chimenea ayudara a todos a entrar en calor. Según las noticias, en todo el mundo había temperaturas extremadamente bajas, incluso en lugares donde se supone en estos meses del año hace calor, nadie sabía exactamente qué sucedía, muchos culpaban al cambio climático, otros a las tormentas solares, y las teorías aumentaban de manera exponencial.

Por fortuna para nosotros, era la época en la que nos reuníamos y pasábamos tiempo juntos, así que tener a tantas personas en casa era una ventaja con fríos tan extremos. Hace un par de días decidimos sellar las puertas y ventanas menos usadas, para evitar que el poco aire tibio que teníamos escapara. En total, 3 puertas de la planta baja y absolutamente todas las ventanas de arriba fueron selladas.

Se acercaba el día de la gran cena navideña, éramos 13 personas en la casa y sólo 7 podíamos estar en la cocina, porque el resto eran mis primos pequeños. Nosotros nos repartimos las tareas de cocinar y hornear. Mantener la estufa encendida y tanta gente reunida haciendo actividades ayudó a que el ambiente se mantuviera agradable y cálido. Esa noche, mis primos comenzaron a cuchichear entre ellos y cuando algún adulto se acercaba, mantenían silencio, como si escondieran algo. La noche siguiente me acerqué a ellos para preguntar qué sucedía, sospechando que era una travesura de la que no querían que los adultos se enteraran.

– Shhh… Te va a escuchar, nos observa desde la chimenea-. Me dijo Pablo, de 6 años, mientras observaba el fuego, convencido que algo o alguien estaba entre las llamas. 

Me senté con ellos, decidida a pasar el rato jugando antes de ir a cenar con el resto de la familia. Por alguna razón, se me erizó el vello de la nuca al voltear hacia el fuego, aunque no logré ver nada. Fingí no estar preocupada y me concentré en armar figuras y colorear, mientras permanecíamos cerca de la mayor fuente de calor de la sala, atenta a cualquier sonido extraño.

Nos llamaron a cenar y ayudé a los más pequeños a levantar y limpiarse antes de ir a la mesa, poco a poco olvidándome del tema por completo. La cena fue sencilla y tibia, pues estábamos guardando el gran banquete para Nochebuena. 

Era cerca de medianoche cuando un suave ruido me despertó, como lejanos murmullos que no lograba entender. Intrigada, salí de entre las cobijas y silenciosamente bajé las escaleras, siguiendo el origen del sonido. Podía observar mi respiración frente a mi rostro con cada paso que daba hacia la sala, donde logré ver que Pablo estaba sentado frente a la chimenea, sus pequeñas manos manchadas con ceniza, al igual que sus rodillas, la poca luz proveniente del exterior no me permitió descubrir lo que se encontraba al interior del agujero donde horas antes estaban las llamas, pero el pequeño parecía estar hablando con alguien.

– Toda la comida que cocinaron mis tíos es para mañana, no puedes comer ahorita. 

– Mañana seguro se acabarán todo y no podré probar nada de las delicias que me dijiste cocinaron.- La voz sonaba rasposa, me recordaba a la voz del tío Pepe días antes de su muerte, pero había algo en esa voz que me daba escalofríos.

– Te guardaré tantito, pero no lastimes a nadie, promételo por la garrita-, pude ver que Pablo levantaba su manita y estiraba su dedo meñique, esperando que la voz hiciera lo mismo. A la vez, desde la chimenea salió una mano extremadamente delgada, casi huesuda y oscura, con largas uñas y tomó el pequeño dedo de Pablo.

Miré horrorizada y sentí mi corazón palpitar cada vez más rápido, temiendo por la seguridad de mi primo. Di un paso para acercarme y de pronto me encontré paralizada de miedo. Levanté la mirada y frente a mi había unos espeluznantes ojos amarillos que brillaban tanto como estrellas, pero que transmitían una sensación de peligro tan fuerte que mi cuerpo no podía moverse.

– ¡No! Déjala, ella es buena.- Pablo corrió y se puso entre la figura y mi cuerpo, sus pequeños brazos intentando abrazar mis piernas. 

Logré cerrar los ojos y colocar mis manos en los hombros del niño, aterrorizada por nuestra seguridad y de pronto, el aire a mi alrededor se comenzó a sentir más cálido, y los brazos de Pablo se relajaron alrededor de mis piernas.

– No le digas a nadie, o no volverá.- El niño no me miró en ningún momento y una vez que me soltó, corrió a acostarse nuevamente.

Regresé a mi cama, confundida y aún con miedo, no logré entrar en calor esa noche y cada que comenzaba a quedarme profundamente dormida veía esos enormes y amarillos ojos frente a mí. 

Al día siguiente, las cosas estaban tan normales como siempre, los niños jugando en la sala mientras los adultos terminábamos de cocinar o adornar la casa, preocupados, ya que al parecer ese día haría más frío, así que reforzamos los sellos que pusimos en las ventanas, y las puertas restantes se terminaron de cerrar para evitar congelarnos durante la noche. Durante el día observé a Pablo y nada delató lo sucedido la noche anterior, así que conforme pasaron las horas me relajé un poco. Cerca del atardecer, todos comenzamos a salir de la cocina y la sala para arreglarnos, pues pronto cenaríamos. Una vez que terminé de peinarme, me dirigí a la cocina para ayudar con los últimos detalles pero al entrar a la sala me encontré a Pablo completamente solo frente a la chimenea. 

Me acerqué y sentí el fuerte calor proveniente del fuego, pero ahora entre las llamas pude ver esos aterradores ojos amarillos, Pablo no parpadeaba y asentía con la cabeza. Puse mi mano sobre su cabeza y súbitamente dejó de mirar la chimenea para verme a mí, con cara de terror. Fijó su mirada en mis ojos y pude ver que sus pequeñas y negras pupilas no terminaban de enfocar, como si estuviera viendo el vacío. Lo tomé de la mano y caminamos a la cocina.

– Tienes que ponerte zapatos para que podamos sentarnos a la mesa, ¿acaso no quieres cenar? – Le di un vaso con agua para intentar distraer su aparente trance y caminamos a buscar sus zapatos.

– Lala…- Me sorprendió que usara el apodo por el que me llamaba cuando empezó a hablar, me sorprendió aún más que lo recordara pues tenía cerca de 3 años que no me decía así, sin embargo, no pude terminar de pensar en eso porque su voz sonaba llena de miedo, era casi un murmullo lleno de temor por lo que sea que haya pasado frente a la chimenea en esta ocasión. Sus ojos poco a poco regresaron a la normalidad y me sonrió-. ¿Te sentarás conmigo? 

La pregunta me hizo reír, siempre me sentaba con él cuando la familia se reunía, asentí y lo ayudé a ponerse los zapatos para que pudiéramos ir a cenar con el resto. La casa ya olía a múltiples platillos y se me hacía agua la boca de sólo recordar lo que mis tías habían cocinado. Pablo y yo bajamos más animados y nos acercamos a los demás, poco a poco se iban acomodando en las sillas para comenzar a cenar.

– No, lejos de la chimenea. Acá-. Pablo susurró y me jaló hacia el lado opuesto del fuego. Lo seguí y nos sentamos donde él podía ver el fuego sin tenerlo cerca. 

La cena transcurrió como suelen hacerlo las cenas familiares, había risas y pláticas, todos opinaban de la comida y disfrutaban del maravilloso banquete que se había cocinado. Rápidamente dejé atrás lo sucedido con la chimenea, Pablo y la figura de ojos amarillos. Decididos a ignorar las inclemencias del clima, disfrutamos la compañía familiar y el festín de la mesa. El momento de partir el pavo llegó y los niños se acomodaron junto al abuelo, sólo Pablo se quedó a mi lado, se le veía ligeramente nervioso, pero nadie le dio importancia porque seguía comiendo pasta verde, ignorando a los demás. 

El abuelo clavó el trinche en el pavo y comenzó a cortar poco a poco la carne, los niños gritaban de emoción “¡yo quiero el pedazo más grande!”, “yo quiero el pedazo más jugoso”, poco a poco las tías fueron acercando los platos para comenzar a servir y que todos tuviéramos una porción. Una vez que todos los platos estuvieron servidos, el abuelo y los niños se sentaron en sus lugares y comenzamos a comer, felicitando a aquellos que se encargaron de marinar y preparar ese platillo. Después vino el postre y sabíamos que había pastel de manzana, de chocolate y galletas de jengibre, nuestras bocas estaban inundadas de distintos sabores y poco a poco la familia se fue dispersando a la sala para acomodarse alrededor del árbol y la chimenea.

– Lejos de la chimenea -, murmuró Pablo antes de que nos levantáramos para unirnos al resto.

Asentí y dejé que tomara mi mano para guiarme al lugar donde quería que nos quedáramos. 

Era cerca de la medianoche cuando comencé a escuchar rasguños y ligeros golpes en las ventanas, parecía que nadie los escuchaba así que culpé al viento y la nieve de semejantes ruidos y continué platicando con mis primas más grandes, con Pablo a mi lado, sin dejarme un segundo. Los demás niños comenzaron a bostezar y mamá los mandó a la cama con la amenaza de que no habría regalos bajo el árbol si no se iban a dormir, a lo que todos hicieron caso, menos el pequeño junto a mí. 

El resto de la familia se quedó platicando, pero los ruidos en las ventanas comenzaron a hacerse más notorios y la temperatura comenzó a descender. Pablo me abrazó, acercándose más pero sin dejar de ver la chimenea, me di cuenta que también había ruidos que provenían de ese oscuro y caliente túnel. Entre las llamas logré ver un par de ojos amarillos, pero decidí ignorarlo y concentrarme en la conversación, diciéndome a mí misma que era un juego de mi mente. 

Al sonar las campanadas de las 12, pude sentir el aire tornarse frío a nuestro alrededor, el calor del fuego se dejó de sentir y pude ver nuestra respiración cada que hablábamos, miré a Pablo, que me apretaba fuertemente con sus brazos y escondía su rostro. Los rasguños se volvieron más insistentes y de pronto las luces se apagaron. Todo estaba en completo silencio pues todos estaban sorprendidos. Rápidamente papá culpó al frío de haber ocasionado el corte de luz, sin embargo, ese frío era terriblemente familiar para mí, y sospechaba que también para Pablo. Me levanté, a pesar de las protestas del niño y lo atraje hacia mí, direccionándonos a un pequeño rincón entre una vieja mecedora y el gran mueble donde mamá tenía las fotos familiares. 

– Shh… ¿Él está aquí, verdad?- Pablo sólo asintió y cubrió su rostro con sus manos, visiblemente asustado.

Miré hacia la chimenea y pude ver que el fuego comenzaba a extinguirse y un humo oscuro entraba a la sala. En medio de la sala se formó una sombra negra, en la cual sólo podían verse claramente un par de grandes y escalofriantes ojos amarillos. La abuela ahogó un grito al ver la figura y el resto sólo se intentó alejar, pero el miedo en sus rostros era prueba suficiente de la imposibilidad de moverse, como ya me había pasado. 

Mi cuerpo se paralizó pero Pablo y yo permanecimos escondidos mientras la criatura de humo y ojos amarillos observaba a la familia, su mirada se detuvo en el abuelo y con un espantoso ruido de rasguños de sus garras contra el piso se acercó a él y lentamente levantó lo que parecía un brazo. Pude ver nuevamente esas negras y largas garras acercarse al rostro del abuelo. Logré tapar los ojos de Pablo que permanecía acuclillado a mi lado, para evitar que viera el momento en que las largas garras de la criatura se clavaban en la piel del abuelo y la sangre comenzaba a brotar. Mis tías comenzaron a gritar, en pánico. Una mirada de esos grandes ojos amarillos bastó para que dejaran de hacerlo y comenzaran a implorar que no les hiciera daño. De pronto, una oscura bruma inundó el lugar y los rasguños que había escuchado en las ventanas aumentaron de volumen, pues el origen del ruido era la criatura y ahora el ruido se había trasladado al interior de la casa. Poco a poco pude observar cómo los cuerpos de mis tíos tenían rasguños en la piel y sangre brotaba de cada herida. El ambiente se llenó de olor a humo y ese sabor metálico de la sangre inundó el lugar.

La criatura no tenía clemencia con nadie en ese lugar, uno a uno los fue matando y sus cuerpos quedaron como cascarones vacíos en el piso de madera de la sala. Una vez que todos los ahí reunidos habían muerto, la criatura levantó sus espectrales brazos y sus garras se cerraron en puños, como si estuviera estirándose y disfrutando de los últimos respiros de cada uno de los cuerpos. 

– Tienen suerte que esté terriblemente lleno después de semejante festín-. La voz sonaba aterradora y gélida. 

La criatura volteó hacia donde estábamos y pude ver una macabra sonrisa en lo que parecía ser su rostro. Poco a poco se desvaneció de nuevo dentro de la chimenea, dejándonos rodeados de muerte y sangre. Pablo comenzó a llorar a mi lado y sólo pude abrazarlo, rogando que los niños que estaban arriba estuvieran a salvo y dormidos, decidí que lo mejor era asegurarme de eso, así que cargué a Pablo y subimos. Así como abrí la puerta la cerré, evitando que aquel en mis brazos viera la masacre dentro de la habitación, los cuerpos de mis primos pequeños se encontraban tendidos sobre sus camas, con los ojos abiertos y mirando aterrorizados a la nada, con múltiples heridas en su piel. 

Corrí a la cocina y tomé el teléfono, llamé al 911 y en menos de 10 minutos llegó la policía. Para mi fortuna, el oficial que se acercó a hablar conmigo era un viejo amigo y después de escucharme, decidió que la familia había sufrido una intoxicación que ocasionó que se mataran unos a otros, pero al no haber comido tanto como el resto, Pablo y yo habíamos sobrevivido.

Y así fue cerrado el caso de la masacre en nuestra casa, con sólo dos sobrevivientes, Pablo y yo, con un aterrador secreto y una nota que decía “Vivan y disfruten, nos veremos pronto” con tinta roja, la cual yo siempre he sospechado es sangre. 

Pablo tiene 15 años y no hemos vuelto a hablar de la figura de ojos amarillos que arruinó nuestra cena navideña. Pero, yo temo que ese “pronto” se esté acercando… Me imagino que él también. 

Sólo un sueño

Sentí como me sujetaban del cuello, seguido de una fuerte presión en el pecho, me estaban aplastando. Abrí los ojos, esperando ver a mi agresor, pero mi habitación estaba vacía. Me encontraba acostada en mi cama, veía mi habitación en la penumbra. Nada estaba fuera de su lugar pero había algo extraño en el aire, algo que había interrumpido mi sueño. ¿Qué era? 

Podía sentir algo anormal en el ambiente. Decidí acomodar las cobijas que tenía encima pero fue en vano, algo impedía el movimiento de mis brazos. Intenté patear las cobijas, otro intento fallido. Mi cuerpo estaba atrapado por alguna fuerza ajena a mí, impidiéndome cualquier movimiento en la cama. Miré a mi alrededor, no vi nada fuera de lo común hasta que mis ojos se dirigieron al lado izquierdo de la habitación. Por el rabillo del ojo pude observar una sombra, no logré distinguir exactamente qué era pero estaba ahí. 

Traté de mover mi cabeza, buscando lo que había visto. Nada. Nuevamente intenté mover mi cuerpo para levantarme. En ese último intento pude ver que la sombra se movía de donde estaba originalmente, se dirigía al frente de mi cama. Pude verlo mejor, no podía ver los detalles pero era una figura alta, de brazos y piernas largas, su cabeza era ovalada y alargada. Se colocó frente a la cama, podía sentir su mirada sobre mí. Observé cómo movía uno de sus brazos en mi dirección, su mano se acercaba lentamente a mi cuerpo, pude sentir sus fríos dedos alrededor de mi cuello, era la misma sensación que me había despertado. Intenté gritar pero mi voz quedó prisionera en mi garganta, era incapaz de pedir ayuda. Mi corazón comenzó a latir muy rápido, podía escuchar mi respiración entrecortada y se podía oír un ligero murmullo proveniente de lo que sea que estuviera frente a mí. Mi cuerpo comenzó a temblar, perdí sensibilidad en mis extremidades, sólo podía observar la figura que me tenía sujeta por el cuello. Sentir sus fríos dedos contra mi  piel. 

De pronto pude respirar y vi cómo se alejaba de la cama, se acercó a una de mis repisas y tomó una botella de perfume, le quitó la tapa y disparó, dejando la habitación con un aroma dulce. Antes de desaparecer pude ver que la colocaba sobre el tocador, cerca de mi maquillaje. 

Sonó mi alarma, abrí los ojos y parpadeé varias veces hasta lograr enfocar mi mirada. Lentamente me senté en la cama, estirándome. Miré a mi alrededor, como todas las mañanas y pude notar algo diferente en mi tocador.

Y un olor dulce en la habitación.