Simples Objetos

Recuerdo perfectamente el día que conocí a Carla. Tenía examen de Cálculo, y necesitaba que me fuera muy bien para poder aspirar a mantener mi beca. Sin embargo, y a pesar de haber estudiado mucho a lo largo del fin de semana, no sentía que había aprendido nada y estaba completamente aterrado. Al llegar a la Universidad, mis nervios eran más que evidentes, por lo que uno de mis amigos de semestres más altos, al notarlo, me dijo: “Pídele ayuda a Carla, ella te ayudará”.

Yo había visto a Carla antes, siempre estaba en el mismo lugar, pero nunca le había hablado. Le dije a mi amigo que no quería ser una molestia, y lo único que me dijo fue “Si estás tan desesperado, y no quieres reprobar, ve con ella. Si no, reprueba”. La dureza de sus palabras fue lo que necesitaba para convencerme.

Apenado, acudí a ella. Estaba trabajando en una computadora, sin hablar con nadie, completamente aislada. Aunque me daba un poco de pena molestarla, el miedo que me producía el examen era demasiado grande que me acerqué a pedirle ayuda en desesperación.

Sin saber cómo presentarme con ella, toqué su hombro y le sonreí. Ella se dio la vuelta en su silla, y sin decirme nada, me dirigió una mirada fría e insensible, analizándome. Debo aceptar que me aterró en un principio. Ni siquiera me preguntó mi nombre, únicamente sobre qué necesitaba, y rápidamente le dije que tenía un problema con Cálculo. De manera automática e inmediata, y sin el menor cambio en su cara, hizo a un lado sus cosas, sacó un cuaderno, y me empezó a explicar.

Una hora le bastó para aclarar absolutamente todas mis dudas. En cuanto empezaba a preguntarle algo, guardaba un silencio absoluto, y en cuanto terminaba comenzaba a explicarme los procedimientos que tenía que seguir. Su razonamiento era tan claro que incluso me hizo sentir mal por haberle hecho perder su tiempo. Pero a ella pareció no importarle, y en cuanto se dio cuenta que yo ya estaba listo, volvió a tomar sus cosas, y continuó trabajando. Horas más tarde, salí de mi examen, seguro de haber dominado todos los temas.

A partir de ese día recurrí a su ayuda con regularidad. A veces me tocaba esperar a que terminara de explicarle a alguien más, pero siempre me recibió. Y no solo eso, ya que no hubo un solo tema con el que yo necesitara ayuda que ella que no dominara, o al menos, del que no fuera capaz de resolver todas y cada una de mis dudas. Su capacidad intelectual era increíble, incluso me atrevería a decir que era abrumadora. Intimidante. Más de una vez aseguré que no volvería a pedirle ayuda, pero inevitablemente pronto tenía algún problema con alguna materia, y tenía que volver a preguntarle. Y ella me recibía, siempre en el mismo lugar.

Un día, después de una ayuda especialmente valiosa, decidí que era tiempo de agradecerle con algo más que un simple “gracias”, y le compré unos chocolates, en una especie de símbolo de agradecimiento por las incontables horas que había pasado explicándome. Esperé todo el día el momento indicado para estar solo con ella, cosa que probó ser muy complicado. Me sorprendí de la cantidad de gente que se acercaba a pedirle ayuda y a los que nunca antes había puesto atención, quienes parecían fluir como cadena de producción buscando su ayuda. Y a pesar de eso, nunca la vi poner una mala cara, negar una ayuda o desconocer un tema.

Sin embargo, y a pesar de la alta demanda de ayuda que recibía, tras varias horas de espera, por fin llegó mi turno sin que hubiera nadie más esperando. Me acerqué como siempre hacía, y la vi repetir la rutina de siempre. Tomó sus cosas, las hizo a un lado, y me preguntó, inexpresiva: “¿Qué necesitas?” Dudé un segundo, pensando en aprovechar esa ocasión para despejar unas dudas, pero me mantuve firme a mi intención de solamente agradecerle, y le entregué los chocolates. Ella los vio, inexpresiva, y me dijo, sin sentimiento alguno: -¿Qué se supone que haga yo con esto?-

-Nada, nada. Es un regalo- le respondí. Ella lo vio, me miró, y cuando se dio cuenta que no le pediría ayuda, tomó sus cosas, y siguió trabajando.
Tardé unos segundos en analizar lo que había pasado, frío. No sabía bien cómo reaccionar ante eso. No estaba preparado para que los ignorara sin más. -¿Acaso no te gustan los chocolates?- Le pregunté, en una reacción casi natural.
-Qué me gusta y qué no me gusta no debería preocuparte en absoluto.
-Pero… te lo estoy preguntando para saber qué te gustaría que te regalara la próxima vez-
-Regalarme algo es completamente innecesario.
-Pero… Quiero agradecerte por todo lo que me has ayudado…
-Innecesario. Irrelevante. Inútil.
-¿Por qué lo dices? ¿Acaso no hubieras podido usar ese tiempo en algo mejor?
-No. Soy un objeto, a los objetos no se les cuestiona. Solamente se les usa.- No hizo ninguna inflexión de voz. No trastabilló. Pude estar seguro de que lo decía en serio. Y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
-¿Disculpa?
-Me oíste bien. No te veo agradeciéndole a tu lápiz por escribir, ni a tu mochila por guardar tus cosas. Yo también soy un simple objeto, ¿por qué entonces me agradeces a mí?
 -¿Por…? ¡Porque tú eres un ser humano! ¡Puedes elegir qué hacer y qué no hacer!
-Falso. Tú me has usado más de una vez. Has dispuesto de mí. Y llegará el momento en que a mí me toque usarlos a ustedes.- Me hundí en el vacío de sus ojos, y pude reconocer que verdaderamente pensaba en ella misma como una máquina.

No dije más. Sabía que no podía ganar. Que no podría hacerla cambiar de opinión. Me di la vuelta y me fui, para no volver a recurrir a ella. A alejarme para siempre del lugar donde ella estaba, y que se había vuelto tan familiar para mí.

Muchas veces a lo largo de mi carrera necesité su ayuda. Muchas veces me recomendaron que la viera, para hacer alguna otra cosa en lugar de estudiar. Pero recordaba sus palabras y no me quedaba de otra sino contenerme. Me enorgullezco de nunca volver a pedirle ayuda. De nunca darle el gusto de “volver a usarla”.

A pesar de ya no verla, no había día que no recordara sus palabras, sus ojos vacíos de vida, su voz inflexible… Era una pesadilla recurrente, y también, una motivación para seguir adelante. Y seguir sin ella. Debo admitir que era muy difícil, mucho más que con su ayuda, pero era lo mejor para mí. Tenía suficiente con mis pesadillas como para hacerlas realidad.

Más lento de lo que me hubiera gustado, me gradué, y eventualmente entré a trabajar. Con cada día que pasaba, su recuerdo se hacía más lejano, y poco a poco fui superando la sensación que me traía. Al menos, hasta que mis amigos de la universidad empezaron a hablarme de “una compañera de trabajo”. Uno a uno, todos y cada uno de ellos, lentamente, me hablaban para preguntarme si recordaba a Carla. Me contaban de ella, y más de uno me comentó que ahora era su nueva jefa. Pronto se volvió una figura recurrente en las revistas de negocios, en los programas de finanzas, incluso en las pláticas de sobremesa, muy a mi pesar. Su crecimiento empresarial era excepcional, y parecía que estaba construyendo un imperio al cual ninguna empresa se podía resistir, sin importar su giro o su tamaño.

Esos mismos amigos, uno por uno, venían a mí para hablar de ella, quejarse de las prácticas despóticas que tenía, de lo difícil que se había vuelto su trabajo a raíz de su nombramiento como encargada, jefa, dueña. De cómo se sentían usados, simples objetos a su disposición. Y yo temía, como cuando me dijo su pensamiento, hace ya muchos años. Era la hora de su venganza, y nosotros éramos tareas pendientes.

Por más que trataba de huir de ella, parecía perseguirme. Sentía que yo sería el próximo, y no quería ni verla. Las pesadillas volvieron. Y fue solo cuestión de tiempo para que comprara mi empresa también. Y una vez que lo hizo, inevitablemente, llegó el día en que tendría que volver a verla, después de tantos años. Un día que había empezado como uno más, me llegó un citatorio para verla en su oficina. Y no había ninguna manera de decirle que no a una cita con la dueña. Ninguna.

Llegué puntualmente a verla. La secretaria me dijo que ya me esperaba, me abrió la puerta, y entré a su oficina. Clara no había cambiado nada desde la última vez que la vi. En cuanto me senté, y sin siquiera mirarme, tomó sus cosas, las hizo a un lado, y sacó una libreta, una rutina que me fue muy familiar -Hace muchos años, hablé contigo, y desde entonces no te volví a ver. Lo recuerdas.
-Así es, lo recuerdo…
-No era pregunta.- Su voz reflejaba la misma inflexibilidad que recordaba, y me daba los mismos escalofríos.
-¿Qué necesita de mí?
-Insistes en tratarme como si fuera un superior. Pensé que hace años había quedado claro que yo…
-Sí, pero yo sigo resistiéndome a verla como un objeto.- No dijo nada, pero por un instante, creo que sonrió.
-Veo que tú tampoco has cambiado. Por eso estás aquí. Desde que compré tu empresa, he recibido una cantidad inconmensurable de quejas a mi forma de hacer negocios. de tratar al personal, y en general de mi manera de trabajar. Simultáneamente, he escuchado una cantidad casi equivalente de comparaciones con tu manera de trabajar, todas ellas positivas en tu favor. Es por ello, y tras un análisis concienzudo, que he tomado la decisión de heredarte todos mis negocios a partir del día de mi muerte.- Me extendió una especie de contrato y una pluma. -Una vez firmes, será todo tuyo.

La noticia me tomó por sorpresa. No hubiera podido suponer nada así previo a esa cita, y aún ahora me costaba trabajo asimilarlo.
-No entiendo… ¿Por qué hacer este tipo de planes? ¿Por qué elegirme a mí?
-Porque las cosas somos reemplazables, efímeras, destruibles. Los humanos no. Y al único al que considero digno de reemplazarme a mí es al mejor humano que he conocido. Prepárate porque el día que tendrás que tomar mi lugar se acerca con velocidad.
-¿El mejor ser humano? Vamos, estoy seguro de que ha conocido mejores seres humanos que yo.
-Falso. Todos ellos, como te dije en su momento, me usaron hasta cansarse. Hasta no poder más. Sin excepción. Tú fuiste el único que me intentó tratar como si no fuera una máquina. El único que decidió no usarme, aunque hubieras podido seguir haciéndolo sin consecuencias inmediatas. El único que pensó, aunque sea por un momento que era un ser humano, y que mi opinión tenía algún valor. Por eso, cuando se invirtieron los papeles, yo los usé a ellos hasta cansarme. Por eso a ti no. Por eso, te dejo como encargado de mi imperio.

Clavó sus ojos en mí, grises e inexpresivos como siempre, tomé el contrato, y después de firmarlo, me levanté, y en un acto impulsivo, la abracé.
-Muchas gracias por confiar en mí.
Una vez la solté, escuché su voz decirme: -Darme las gracias es un gasto inútil de energía.
-También lo es esperar que no lo haga- dije, sonriendo, al tiempo que salía de su oficina.

Pasé el resto del día leyendo el contrato. Estaba claramente redactado por ella, con toda la claridad con la que antes me hubiera explicado en incontables ocasiones. Estaba seguro de que nadie sabía de su existencia, pero que nadie dudaría tampoco de su autenticidad. Cada clausula tenía un objetivo claro, y mostraba un claro ejemplo de la metódica forma de pensar que ella siempre había demostrado. Al final, poco antes de su pulcra firma, decía: “Contrato vigente a partir del catorce de mayo de 2033”. Me sorprendió un poco que hubiera planeado hasta la fecha exacta para dármelo, pero era de esperar de ella.

Dejé mi oficina muy tarde, cuando ya no había nadie. Supongo que todos pensaron que había recibido una reprimenda por parte de Carla, y, sabiendo lo que eso significaba, me dejaron en paz. No fue sino hasta que llegué a mi casa que me enteré de la noticia más importante del día. Habían encontrado el cadáver de Carla en su casa horas antes, tras una denuncia anónima. Al parecer, fue víctima de un paro cardíaco dado que los policías encargados de la inspección de la escena del supuesto crimen no encontraron nada sospechoso en su casa, ni en su organismo. Lo único que les llamó la atención fue el cuaderno que tenía en su escritorio, el mismo en el que había tomado notas conmigo en la mañana, donde decía, con su letra pulcra: “Fecha de caducidad: 14/05/2033”. Supe que ese mensaje era solamente para mí.

Resulta ser que Carla había escrito en su testamento que yo era el sucesor de su imperio desde tiempo atrás, antes incluso de haber comprado mi compañía, así que nadie creyó que yo hubiera orquestado su asesinato. Eso no detuvo los cuestionamientos, evidentemente, sobre todo de aquellos que sabían que había tenido una reunión con ella ese mismo día. Yo, por mi parte, me vi envuelto en todos los trámites de cesión de derechos, al grado de que me costó trabajo encontrar un momento para organizar su funeral.

Toda la crema y nata de los negocios asistió ahí, a darme el pésame. Socios comerciales, dueños de empresas que ella había comprado, empleados de alto rango…Y a pesar de haber reunido a tantas personas, nadie parecía triste por su pérdida, incluso, más de una persona parecía estar realmente alegre de que “por fin se hubiera ido”. Me quedó claro de inmediato que todas esas personas estaban ahí para impresionarme, para quedar bien conmigo, y no por ningún motivo que estuviera relacionado con Carla. Y por eso no me sorprendió darme cuenta de que fui el único que se quedó todo el tiempo.

Mientras iba de regreso a casa, me puse a pensar en la última conversación que tuvimos. Tal vez no fui el mejor humano que ella conoció. Creo que, en realidad, fui el único.

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