Una ambulancia pasa a su derecha por la avenida, con la sirena encendida. Es bastante tarde y ha llovido. Le ofrecieron ride, pero lo rechazó. Pensó que sería bueno caminar un rato, tener un momento a solas para disfrutar el frescor de la noche, y además le apenaba aceptar el favor. A la izquierda las vías del tren corren, paralelas a la banqueta por la que transita. Oye los grillos, el murmullo de la ciudad, lejos, y el gemido de los autos junto a ella.
Se ajusta el vestido, y se abotona el ligero suéter. El paso de los carros agita el viento y la hace tiritar. Se siente, de pronto, demasiado expuesta, con aquella falda holgada a medio muslo. La estira, jalándola por la orilla hacia abajo. Saca la cajetilla de su bolso, pero no encuentra el encendedor. Mientras vuelve a guardar los cigarros ve aquello, por el rabillo del ojo izquierdo, caminando detrás de ella. Endereza el cuello y mira hacia el frente, fingiendo no haberlo visto. Camina una decena de pasos y luego voltea el rostro hacia la avenida, para ver disimuladamente tras de sí, pero no hay nada.
Regresa la mirada adelante y aprieta el paso. Hay que pasar desapercibida, no delatarse, no dar cabida al miedo. Aquello último sería fatal. Tararea una tonadita estúpida, de una canción que detesta, pero es lo único que viene a su mente. Se calla de golpe: un ruido, como el siseo de una serpiente, llega hasta ella, desde atrás. Decide encararlo, pero al tornarse no ve nada. La larga banqueta sigue, sola, su curso recto entre la avenida y las vías del tren. Retoma el camino, intentando convencerse de que ha sido tan solo su imaginación.
Pero apenas un tanto más adelante lo vuelve a ver, ésta vez en la banqueta opuesta, de pie junto a un poste. Gira el rostro para mirarlo bien, pero no está. Saca su celular, piensa en llamar a alguien, mas vuelve a guardarlo cuando comprueba que no le queda batería. Se apresura aún más y vuelve a acomodarse la falda. Otro siseo llega por su izquierda, casi como si le susurraran al oído. “¡¿Qué chingados quieres, pendejo?!”, le grita mientras da un brinco, pero nuevamente la soledad la encara. Siente ganas de llorar, y comienza a correr.
La avenida se ha quedado vacía. En la banqueta opuesta los locales, cerrados y a oscuras, franquean la calle. Solo se escuchan los grillos y aquél taconeo veloz. Mira de nuevo sobre su hombro: lo detecta apenas, varios metros detrás. Solloza, desesperada. Otro siseo, a su derecha. Ésta vez no voltea, solo intenta correr más rápido. La avenida, de pronto, parece muy larga, exageradamente larga. A la carrera lo vuelve a ver, de reojo, de pie sobre las vías. “¡Ayuda, ayuda por favor!”, grita, sin saber a quién, pues no hay otra alma a la vista. Otro siseo. Siente que la falda le llega a la entrepierna, empujada hacia arriba por los muslos, pero no logra hacerla bajar. Sus piernas la impulsan a largas zancadas, en un acto de equilibrio circense sobre los tacones.
Ve el puente peatonal, y un poco más allá el semáforo. A la izquierda, cruzando las vías del tren, se interna la calle que la lleva a casa. Lo ve de nuevo, asomado por la baranda del puente, los ojos como dos puntos húmedos que reflejan las luminarias. Se siente acorralada, y vuelve a gritar pidiendo ayuda. Baja por el terraplén, hacia las vías, tratando de acortar el camino hacia el barrio, pero justo entonces el tren hace bramar sus bocinas, atajándola. Quiere ir más rápido, ganarle el paso a la locomotora, mas es imposible. Sus tacones se clavan en la tierra húmeda, y los tobillos se le doblan. En cosa de unos segundos, una larga hilera de vagones se le interpone.
Un dolor caliente, que casi la hace caer, le nace del tobillo derecho. Llega al cruce y se detiene sobre la plancha de concreto, mirando alrededor suyo. Aquello no se ve por ningún lado. Se acomoda torpemente la falda, una vez más, y se mira el pie derecho. No parece estar hinchado, aún, pero le punza por encima del talón. De pronto, un nuevo siseo la sacude, y ve de soslayo una silueta en medio de la avenida. Grita, despavorida, y se da la vuelta. No hay escapatoria: el tren corre frente a ella, con decenas de vagones de carga, muy largo y pesado, tan largo como la avenida, perdiéndose a cada lado del oscuro horizonte. Siente que algo frío le roza el muslo, por debajo de la falda, algo largo y cubierto de escamas, algo que repta y sisea.
Grita, pero su grito se pierde bajo el gruñido de los vagones, que corren, pesados, sobre los rieles.