Conexión Letal

Muchas generaciones fueron capaces de definir su historia tomando como guía algún momento en específico que todos recordaban: Las guerras mundiales, el hombre llegando a la luna, la caída del muro, el atentado de las torres… momentos que cambiaron la manera en que el mundo funcionaba. Era natural pensar en la siguiente instancia, el siguiente gran momento. Hasta que llegó, y me quedó claro que sería la última vez que se viviría algo así.

Yo estaba en el trabajo, cuando se fue la luz. Mis compañeros y yo esperamos varios minutos a que volviera, hasta que mi jefe salió de su oficina, molesto, y nos dijo que podíamos irnos. Todos se dirigieron al estacionamiento, y aunque me ofrecieron un aventón, me negué, fiel a la idea de que caminar a casa era lo único que me mantenía saludable. Me despedí de todos, y me fui a cambiar, para tener una caminata más cómoda, sin saber que sería la última vez que los vería

La ciudad estaba más ruidosa que de costumbre, pero conforme iba avanzando y me alejaba del centro de la ciudad, la atmósfera se volvió más silenciosa, con apenas algunos ruidos de autos a lo lejos. Algunos negocios ya habían cerrado, antes de la hora habitual, pero no le di importancia. Pero conforme me acercaba a mi casa, la sensación empezaba a alterarme cada vez más. Traté de usar mi celular, pero la pila se la había terminado, y no había podido cargarlo antes del apagón. Pensé que al llegar a mi casa me sentiría más tranquilo, pero cuando noté que aún no había electricidad, perdí la cabeza. Desesperado por saber qué estaba pasando, recordé la vieja radio de baterías que me había quedado de cuando desocupamos la casa de mi abuela y la prendí, como una última esperanza.

Lo que encontré al prender la radio me dejó helado. Una alerta de emergencia nacional, pidiéndole a la gente tener mucho cuidado, no usar aparatos eléctricos y de preferencia no salir de sus casas. Que pronto tendríamos más detalles. El mensaje se repetía cada minuto, sin parar, en todas las estaciones. Escuché ese mensaje al menos una vez al día, con la esperanza de que cambiara, hasta que se volvió ruido de fondo. Para cuando se acabaron las baterías, varios meses después, ya me había hecho a la idea de que las cosas no cambiarían.

Los primeros días acaté las instrucciones a la perfección. La vida sin electricidad hizo que priorizara comer lo que estaba en el refrigerador, pero ni mi mejor esfuerzo podía hacer que durara más de una semana, así que me empecé a hacer a la idea de salir a la tienda, tal vez alguien encontraría a alguien más, que pudiera darme más información.

Nada pudo haberme preparado para la desolación a mi alrededor. El silencio, que antes había buscado con ansias, ahora me parecía desesperante, y el vacío en las calles, sumado a la oscuridad en las ventanas, me hacía sentir en un pueblo fantasma. Las tiendas a mi alrededor mostraban signos de haber sido saqueadas, pero no de una manera ordenada, mucho menos total, y pude agarrar algunas cosas, tanto para ese momento, como para llevar a casa. Poco a poco se volvió parte de mi rutina, buscar nuevas tiendas, con nuevas cosas, y una esperanza cada vez menor.

A veces, sobre todo en las noches, escuchaba ruidos metálicos a la distancia. Era difícil estimar qué tan lejos o cerca se encontraban, siendo lo único que se escuchaba, fuera de algunos pocos animales, el viento o la lluvia. Pero siempre que lo oía, sentía un escalofrío recorrer mi cuerpo, que me dejaba en claro que era un mal augurio. 

Ni siquiera mis peores temores pudieron haberme preparado para mi primer encuentro con los causantes de semejante caos. Sucedió en una de mis expediciones, de manera inesperada. Al momento que doblé la esquina, empecé a escuchar unas voces a lo lejos, e instintivamente me escondí. Volteé en la dirección de los ruidos, y pude ver claramente a unos adolescentes arrastrando a un anciano quien, aunque a veces parecía querer liberarse, los miraba con resignación. Lentamente, sin decir palabra, lo subieron al asiento del copiloto, uno de ellos se subió al del piloto, y el otro se quedó afuera. El piloto encendió el auto, y un sonido infernal se escuchó. Lo reconocí de inmediato como el sonido que escuchaba a ratos, y ahora sabía que provenía del automóvil. A continuación, pude ver como el auto se compactaba, hasta ser poco más grande que un bote de basura, haciendo un estruendo cada vez mayor, para, después de unos minutos, volver a tomar la forma de un auto, aunque esta vez, uno marginalmente más nuevo. El joven que se había quedado afuera ni siquiera se movió ante semejante espectáculo y una vez el auto estuvo nuevamente en su condición normal, empezó a caminar, moviendo su cabeza para todos lados, como rastreando algo. Para mi sorpresa, el auto arrancó a su lado, como si estuviera guiándolo. 

Por el impacto, yo ni siquiera me había movido, y cuando noté que avanzaban en dirección contraria a la mía, decidí darme vuelta y regresar a mi casa por un camino distinto al que me había llevado ahí. Hice lo posible por no hacer ruido, y logré huir. Antes de dejarlos atrás, eché un último vistazo atrás, y pude ver con claridad que entre el joven y el automóvil había un cable que los conectaba.

De regreso a casa puse especial atención a cualquier ruido a mi alrededor, lo cual era difícil por la fuerza con que latía mi corazón. Una vez estuve seguro que no me seguían, me metí a una tienda, y empecé a revisarlo todo con detenimiento. Abajo de varios de los refrigeradores y aparatos que seguían conectados, se podía observar una especie de fibras, como venas, aparentemente de metal. Algo en mí tenía el impulso de acercarme, de tocarlo, pero logré contenerme y volver a mi casa.

A partir de ese momento me volví más alerta. Agradecí haberme mudado poco tiempo atrás, y no haber priorizado comprar una televisión o algún otro aparato. Incluso agradecí no haber tenido mi celular con batería, consciente que eso pudo haber salvado mi vida. Pero también empecé a notar que no estaba a salvo. Los aparatos eléctricos que tenía, aunque no tuvieran energía, si presentaban esas fibras, y no sé si era mi estrés, pero podía jurar que se movían. 

De una cosa sí estoy seguro: Los ruidos eran cada día más fuertes y más cercanos. Ya no me sentía seguro en mis salidas, pero sobre todo, ya no me sentía tranquilo en mi casa. Me despertaba en las noches a revisar que el refrigerador no se me hubiera acercado, que el celular no hubiera dejado el cajón en que lo dejé desde el día que empezó la crisis. Pero no tenía el valor de buscar otro lugar donde pudiera esconderme, resguardarme y sentirme seguro, entonces no hice nada. Y no lo hubiera hecho si la luz no hubiera regresado.

Estaba fuera de casa cuando pasó. Un estruendo horrible, cuando cientos de televisiones se prendieron simultáneamente. El leve zumbido de los focos, al que ya no estaba acostumbrado, invadía mis oídos, pero sobre todo, el miedo cuando noté que, no bien empezaron los ruidos, todos los aparatos empezaban a expandir sus raíces. Lo que sea que hubieran ideado para detener el avance de la invasión había fracasado. Y con ello, no me quedó más que huir.

Corrí durante horas, a sabiendas que cada pausa que tomaba me podía costar todo. Cada vez que lo hacía, veía como los edificios se cubrían más y más de ese elemento azulado, que los envolvía, expandiéndose cada vez más. Y para mi preocupación, cada vez estaba más cerca de la calle. No podía estar seguro, pero algo en mí sabía que, en cuanto tocara uno de esos cables, todo acabaría para mí, así que seguí corriendo. 

Pero ya no tengo fuerzas. Encontré una banca en algo que solía ser un parque, y colapsé. Puedo escuchar el ruido incesante de las máquinas a mi alrededor. Puedo ver los cables avanzar en mi dirección. Puedo sentir como mi cuerpo me pide rendirme, tomar uno de los cables y dejarme ir. No sé cuanto más pueda resistir. No sé cuanto más pueda escapar.

En mi sueño, veo un rostro en una pantalla, llamándome por mi nombre. No recordaba cuánto extrañaba escuchar una voz. Me pide que me acerque, que sea uno con ellos. Su rostro cambia. Mis padres. Mis amigos. Mis compañeros de trabajo. Todos me piden que me les una. Extiendo mi mano. Veo mi rostro en la pantalla, y siento una corriente eléctrica recorrer todo mi cuerpo.

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