Las muñecas

La tienda de muñecas había estado cerrada por más de cincuenta años, nadie quería que los terribles sucesos se repitieran. 

Amelia y sus primas estaban de visita en casa de sus abuelos mientras sus padres viajaban, las jóvenes exploraban el pueblo donde sus abuelos habían crecido y la vieja tienda de muñecas les había llamado la atención. Cuando regresaron a casa le pidieron a su abuela que les dijera por qué la tienda estaba cerrada y parecía vacía. La abuela se espantó y les dijo que no se acercaran; cuando el abuelo llegó le preguntaron lo mismo y el abuelo únicamente miró a la abuela.

Al día siguiente, la prima más chica de Amelia salió sin las demás. Karen se acercó a la tienda y se asomó por las polvorientas ventanas queriendo descubrir qué había dentro. De pronto sonó una campanilla y la puerta se abrió un poco. Karen entró llena de curiosidad, dentro de la tienda encontró el viejo mostrador vacío y un rastro de relleno en el piso. Exploró la tienda hasta que el reloj de la catedral tocó sus campanas a mediodía, Karen salió sin cerrar por completo la puerta y corrió a casa de sus abuelos.

Esa tarde las primas se quedaron solas con la abuela, y de nuevo le pidieron que les explicara la razón por la cual la tienda estaba abandonada. La abuela se notaba incómoda y se levantó del sillón para agarrar una manta y sus agujas de tejer. Cuando se sentó de nuevo su mirada se veía lejana, recordando los terribles acontecimientos de su infancia.

– Cuando cumplí 7 años mis padres me regalaron una muñeca de porcelana, era preciosa y había sido la primera muñeca que se había vendido en esa tienda. Los dueños se acababan de establecer y estaban ansiosos por ver el negocio despegar. Yo llevaba mi muñeca a todos lados y mi mamá me compró cambios de ropa para que estuviéramos coordinadas todo el tiempo. Con el paso de las semanas las demás niñas del pueblo obtuvieron sus muñecas, cada una más parecida a las niñas que vivíamos aquí.

«La fabricación de muñecas aumentó en la tienda, el esfuerzo que hacían para que las muñecas se parecieran a las niñas era enorme. Las niñas actuaban como si las muñecas fueran sus amigas y poco a poco se olvidaron de sus verdaderas amigas, las de carne y hueso. Los padres pensaron que era una etapa por ser el juguete de novedad hasta que mi amiga Rosa empezó a actuar de manera extraña en su casa. Casi no salía de su cuarto y en las noches tenía que poner su muñeca en una silla junto a la ventana porque decía que tenía pesadillas si dormía con ella. Sus padres pensaron que había escuchado alguna historia de terror, de esas que contaban los viejos en los parques durante la caída del sol, así que no pusieron mucha atención a las continuas pesadillas de Rosa.

Una noche Rosa despertó gritando, sus padres corrieron a verla y encontraron a la muñeca en el piso, entre la silla donde la ponían al darle las buenas noches a la niña y la cama. Rosa gritaba que había visto moverse a la muñeca, que se había levantado y caminado a la cama; mi amiga estaba aterrorizada. Sus padres tomaron la muñeca y se la llevaron a la sala, donde la dejaron en el sillón para que la niña pudiera dormir. Regresaron a la habitación de Rosa y la arroparon, asegurándole que la muñeca no podía subir escaleras, con lo que ella se quedó tranquila e intentó volver a dormir.

Todo parecía normal al amanecer, por lo que Rosa volvió a jugar con su muñeca pero, entre juego y juego, una parte de un brazo de la muñeca se rompió. La niña corrió a la tienda y les enseñó la muñeca a los dueños, ellos sin dudarlo tomaron a la muñeca y la metieron en una canasta llena de hilos y tela. La dueña abrió una puerta de lo que parecía un armario y sacó otra muñeca, ésta se parecía aún más a Rosa. La niña agradeció el cambio y salió corriendo en dirección al parque para seguir jugando.

Varias muñecas se rompieron y los dueños de la tienda las reponían sin comentario alguno, pero la diferencia entre las muñecas y las niñas iba desapareciendo. Las niñas del pueblo volvieron a jugar entre ellas, pero ahora las muñecas tenían un papel importante en los juegos. Los adultos pensaron que era algo normal, un juego entre niñas que incluía a sus muñecas. Mi mamá no me dejaba salir tanto, así que yo jugaba un poco con mi muñeca y luego la metía en su cajita de cristal.

La mayoría de las niñas comenzaron a actuar diferente, tenían pesadillas recurrentes e intentaban que las muñecas no estuvieran en sus cuartos durante las noches. Cada que algún padre de familia movía las muñecas lejos de las niñas, éstas se rompían y las pequeñas llevaban los pedazos a los dueños, quienes simplemente daban una muñeca nueva, más detallada.

El negocio iba tan bien que no tenían problema en cambiar las muñecas rotas por unas nuevas. La gente venía de pueblos cercanos para llevarse muñecas como regalo para las niñas que los rodeaban. La tienda se iba haciendo famosa y las muñecas eran cada día más bellas. El parecido entre las niñas y las muñecas era tan asombroso que se fueron confundiendo, al grado en que los padres a veces no alcanzaban a distinguir quién estaba en la habitación de la niña. Éstas, mientras tanto, se volvieron temerosas de las muñecas y preferían mantenerse calladas durante el día.

Rosa dejó de salir, casi no comía y su interacción con sus padres iba disminuyendo, al grado en que dejó de bajar y se mantenía en su habitación jugando con su muñeca. Una noche, sus padres entraron a la habitación de Rosa y se dieron cuenta que la niña no estaba, la muñeca dormía tranquilamente en la cama y en el piso había un gran charco rojo. La madre de Rosa salió corriendo de la habitación y bajó rápidamente al teléfono para hablarle a mi madre. Mi mamá le dijo que no había notado nada raro en mí o en la muñeca y que seguramente Rosa había tirado jugo en el piso y se estaba escondiendo para no ser regañada.

Rosa estuvo desaparecida todo el día siguiente y su mamá me pidió que entrara a su cuarto para que saliera y hablara con mi mamá en privado. Cuando entré no vi nada fuera de lo normal, la ventana seguía cerrada y la cama estaba deshecha. Me asomé dentro del armario y no encontré nada, busqué en los baúles y tampoco encontré a mi amiga. La mamá de Rosa abrió la puerta y me dijo que ya saliera, que ella ya había buscado a su hija ahí dentro; antes de salir algo me llamó la atención y temerosa me acerqué a la cama. Debajo de la cama se veían las marcas de una mancha, la cual había sido limpiada pero aún se notaba. Le pedí a la mamá de mi amiga que me prestara algo para alumbrar ahí abajo y se agachó junto a mí.

Es difícil describir lo que vi. Fue espantoso, tengo la imagen en mi mente, pero no existen palabras para describir el horror que presenciamos. Cuando quisimos salir del cuarto vimos a la muñeca en la ventana y rápidamente la agarramos y bajamos a la sala. La mamá de Rosa tiró la muñeca a la chimenea y pudimos oler la piel que se quemaba y de entre los pedazos de muñeca un gruñido de dolor.

Las muñecas no tenían alma al ser creadas, para tener una tenían que asesinar a sus dueñas, por eso las muñecas buscaban generar paz y tranquilidad a su niña, para que una vez que confiaran en ellas pudieran matarla. En todas las casas sucedió lo mismo y así, las muñecas reemplazaron a las niñas de toda la ciudad, dejando tras de sí charcos de sangre inocente. La gente estaba aterrorizada y las madres lloraban desconsoladamente por sus hijas. Los padres se organizaron y buscaron todas las muñecas, las atraían como si fueran niñas y cuando podían las atrapaban para llevarlas a la gran fogata que se hizo en el centro del parque…»

– Mi muñeca fue tirada a la pila de fuego, quemada junto con las pocas que fueron encontradas. Nadie encontró los cuerpos de mis amigas y, de la nada, la tienda cerró pues sus dueños desaparecieron una noche. Muchos dijeron que las muñecas que tenían guardadas los asesinaron por no salvar a las demás y otros cuantos dijeron que cambiaron de ciudad para continuar vendiendo las muñecas-. La abuela de las niñas terminó la historia de la tienda de muñecas, dejando claro que era un misterio sin resolver, pero lo mejor era mantenerse alejados.

Las niñas se quedaron calladas, observando mientras su abuela se limpiaba una lágrima que caía por su mejilla.

– Pero abuela, ¿por qué quemaron todas si la tuya nunca te hizo nada? – Karen era demasiado curiosa y no pudo evitar preguntarse si su abuela estaba ocultando algo.

– No estoy segura, mi muñeca nunca me hizo nada, quizá no jugué lo suficiente con ella o cómo era la primera, no se parecía a mí y no habría podido reemplazarme mientras que todas las víctimas eran parecidas a las muñecas-. La mirada de la abuela regresó a sus nietas y les sonrió dulcemente. – No se acerquen a ese lugar y que nadie las vea por ahí. El pueblo quedó dañado y todos quieren superar lo sucedido.

La abuela se levantó y dejó a las niñas en la sala. Las tres se quedaron pensativas y fue Amelia quien decidió que debían ir por un helado y comenzar a empacar, pues sus padres regresarían a la mañana siguiente. Después de comprar el helado, Karen se separó de ellas, diciendo que quería caminar un poco antes de volver con la abuela. Despidiéndose, se dirigió a la tienda.

Entró rápidamente y siguió explorando el lugar. Vio una puerta, como de armario y decidió abrirla. Ahí dentro había una muñeca, tan hermosa como las que su abuela había descrito. Una vez que se terminó el helado tomó la muñeca y la puso en el mostrador. La muñeca se veía normal, con la manga de su suéter le limpió la cara y pudo ver un brillo extraño en los ojos de cristal. Cuando escuchó las campanas que marcaban las 6 de la tarde, corrió fuera de la tienda, dejando la puerta abierta, en dirección a casa de sus abuelos.  

Las maletas estaban listas cuando sus padres llegaron y las jóvenes se despidieron de sus abuelos, tomaron sus maletas y las guardaron en la camioneta del padre de Amelia. Las niñas se acomodaron en los asientos y cerraron las puertas para comenzar el camino a sus casas. Todos iban platicando tranquilamente sin saber que en una de las mochilas de Karen venía una vieja muñeca, deseosa por salir de ese pueblo tras tantos años de espera.

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